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"Los vampiros no juegan a los bolos"

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1 "Los vampiros no juegan a los bolos" el Miér 15 Feb 2012 - 2:24

Aquí tenéis la introducción y parte del segundo capítulo de algo más largo que pretendo sea una especie de crítica social narrada en primera persona desde la mente de alguien que no entiende el por qué de las cosas. En cuanto al título...ni yo tengo idea de por qué se llama así XD
Se aceptan críticas y opiniones, ya iré subiendo según escriba ^^



CAPÍTULO I: A MODO DE INTRODUCCIÓN

Supongo que siempre he sido la rara. No en el término exacto de la palabra, claro. Quizá denominarme diferente sea más correcto. Vale, seguro que hay quien piensa que soy una antisocial, algún tipo de sociópata con ganas de automarginarse…pero nada más lejos de la realidad. Siempre me ha gustado ser auténtica, nada más, así que cambiar para encajar en una sociedad en la que todo el mundo se comporta como si fuese una ovejita no está entre mis prioridades.
Es verdad lo que digo, paraos un segundo y mirad a vuestro alrededor. ¿No os ponéis nerviosos? Toda la gente andando cabizbaja, con prisa, sin pensar nada más que en su rutina. Madrugar, al trabajo, comer, más trabajo y a dormir, y quizá algún que otro fin de semana se quite trabajo y se incluya un cine o alguna otra diversión. Sinceramente…qué stress. Qué pena.
¿No os dais cuenta? Vivimos en un mundo muy comunicado con los demás, y que en realidad nos hace estar más incomunicados que nunca. Ya podría morirse alguien a nuestro lado que si vamos pensando en nuestras cosas no nos daremos cuenta. Y es que yo tengo la sensación de que aunque está programado para amar y relacionarse, el ser humano es un animal que por inercia siente odio y frialdad, que por inercia tiende a aislarse. Mirad el transporte público, ahí tenéis un ejemplo muy claro. A no ser que valla con alguien dentro de su círculo de conocidos, cada persona se sienta sola, llegando incluso a mirar con malos ojos a aquel desconocido que tímidamente ocupe el sitio contiguo.
Siempre me resultaron curiosos esos pequeños detalles…




CAPÍTULO II: DE LA COMUNICACIÓN Y LA TECNOLOGÍA

Sigamos con ese pequeño y a la vez gran apartado de nuestras vidas que es la relación con aquello y aquellos que están fuera de nuestra burbuja. Me hace mucha gracia ver como dos personas que se conocen se cruzan por la calle y o bien no se saludan o bien se cambian de lado para no tener que hacerlo, sea porque el aprecio mutuo es nulo o simplemente porque no tienen ganas. Lo único que me fastidia de este asunto es que luego tachan de bordes y desagradables a personas que, como yo, no nos acercamos a entablar conversación porque no nos hemos dado cuenta de que teníamos a un conocido cerca o simplemente porque de lejos no vemos un pimiento.
Aunque por otra parte, cabe la opción de que la gente no se muestre receptiva por miedo a “quedar mal”. Y es que seguro que todos nos hemos cruzado alguna vez con alguien que nos ha saludado y cuya cara “nos sonaba”, nos ha preguntado por nuestra vida, le hemos preguntado por la suya y nos hemos despedido deseándole lo mejor, para después pensar mientras la persona en cuestión se alejaba de nosotros “¿de qué coño le conozco?”.



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2 Re: "Los vampiros no juegan a los bolos" el Miér 15 Feb 2012 - 5:01

Igneo

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Moderador
Un gran texto. Es más, las últimas líneas describen a la perfección un encuentro que tuve el sábado pasado por la mañana.

Creo que tememos quedar mal. No se por qué, nos da vergüenza hablar con otras personas, más o menos conocidas, por el hecho de no sentirnos estúpidos. A cada día que pasa, perdemos más confianza en nosotros mismos y, si no confiamos ni en nuestra propia persona; ¿en quién podemos hacerlo?

Un aplauso por tu aporte y gracias por intentar mantener vivo el foro.


_________________

Sal de frutas
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3 Re: "Los vampiros no juegan a los bolos" el Jue 1 Mar 2012 - 3:15

Seguro que salvo a algunos famosillos y gente en particular a nadie le gusta pasar vergüenza, ni siquiera ajena. Y digo a gente en particular porque parece ser que hay personas que se meten en nuestra vida sólo para hacernos pasar un mal (aunque a veces divertido) rato.

Primero tenemos al típico amigo con complejo de relaciones públicas. Ese que aunque te apoye y te ofrezca un hombro en el que llorar es capaz de gritar como un verdulero o meterse en líos si con eso va a ayudarte en algo. Es ese amigo que no tiene ningún problema en hacer locuras, como ejercer de “Celestina” o dedicarse en las discotecas y lugares públicos a hacer el imbécil para convertirte a ti en alguien más normal y maduro. Es ese ilustre personaje el que siempre se emborracha más, y el que comete mayor numero de estupideces por ello. Es, resumiendo, una persona sin pelos en la lengua a la que no le importa el concepto que los demás tengan de él. Si le apetece hacer algo, lo hace. Y aunque haya quien los tache de caraduras e impresentables luego son las personas más encantadoras del mundo, ya que tienen un “algo” que las hace especiales. Vale que cada vez que vean a alguien feo por la calle digan “mira, tu pareja”, pero luego son los que primero se ofrecen a hacer lo que ningún otro amigo, como pedir indicaciones si os habéis perdido o afrontar los problemas y sus consecuencias con la cabeza bien alta.

En segundo lugar tenemos a los padres. Nuestro modelo a seguir en la mayoría de casos, y en otros tantos la cosa más inoportuna. En la niñez hay momentos en los que querríamos estar con ellos pero no podemos porque nos dejan libertad para crecer; durante la adolescencia y la juventud queremos deshacernos de ellos y de sus incómodas preguntas y obligaciones, que siempre están encima de nosotros porque una parte de nosotros se niega a reconocer que el tiempo haya pasado tan pronto, que ya hayamos crecido; y cuando somos mayores buscamos sus consejos sobre las experiencias de la vida aún a riesgo de escuchar otras batallas que no vienen al tema pero que disfrutan narrándonos. Son las personas a las que más odiamos y a las que más queremos. Y pensad en esos momentos divertidos y embarazosos que no tendríamos sin ellos: las risas con los amigos tras el fallido intento de un padre por parecer moderno, las tardes de compras con tu madre, las clases de cocina entre familiares…luego cuando no están se les echa mucho de menos.

Y en último lugar tenemos un sujeto que incluye a dos figuras vitales pero adoradas u odiadas en nuestra vida según el caso: el profesor y el jefe. Siempre mandándonos trabajo, enseñándonos día tras día cosas que, aunque sepamos, ellos creen que conocen mejor por el simple hecho de estar de una forma determinada por encima de nosotros. Tan pronto nos elogian como nos echan en cara nuestros errores por minúsculos que sean; tan pronto exclaman “¡vacaciones!” como te mandan de nuevo al empleo. Parece ser que les encanta jugar con nuestro estado de nervios, y muchos los consideran personas psicológicamente inestables (a veces con razón). Pero si hay algo en común por lo que tanto estudiantes como trabajadores odian a sus correspondientes superiores es por las exposiciones orales, cursos y similares. Ese momento solo ante el peligro en el que tu comportamiento puede servir para que te admiren de forma insospechada o para hundir tu carrera; un momento en el que los nervios que exteriorices suelen ir de forma proporcional a los que sientas y de forma contraria a los que quieras sentir. Siempre habrá quien nos de consejos del tipo “tranquilízate, seguro que alguien lo hace peor que tú” o “imagínatelos desnudos, que si te ríes de ellos, ellos no se pueden reír de ti”. Pero da igual; da igual porque para nosotros una exposición oral es una inquietud añadida a la multitud de pequeños detalles que conlleva.

Primero y ante todo aquello de lo que vayas a hablar. Como se dice mal y pronto, no te puedes permitir cagarla. Tienes que tener bien ordenado en la cabeza el tema a tratar, poniendo especial cuidado en el ritmo y la pronunciación mientras vas analizando conforme vas hablando las preguntas que pueden surgir entre tu público para tener preparada una respuesta. Me imagino que de ahí la cara de concentración, el monótono ritmo de voz y la mirada perdida de algunas personas cuando se expresan.

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4 Re: "Los vampiros no juegan a los bolos" el Jue 30 Ene 2014 - 0:35

Quizá te interesaría estudiar (que no leer, aunque sí tenerlo y echarlo un vistazo): "Las Olas", de Virginia Woolf y "El Sonido y la Furia" de Faulkner.

Ambos en primera persona, el primero 6 monólogos interiores de las percepciones de los personajes acerca de la realidad a través de sus sentidos y del resto de personajes, en 9 capítulos. El segundo cuatro capítulos, el primero narrado desde la mente de un enfermo con síndrome de Asperger, otros dos por dos hermanos y el último por el propio autor.

Un abrazo telekinético

S. Alexander

PD: Adelante con ello, ¡va genial! (en 2012 al menos)

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