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Prólogo y ya veremos.

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1 Prólogo y ya veremos. el Miér 16 Feb 2011 - 13:32

Igneo

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Moderador
Prólogo

El aire frio penetró duramente en sus pulmones. Sin embargo, aquel tacto invisible que descendía por su garganta hasta inundarle el pecho le hacía sentirse vivo. Inspiró nuevamente, esta vez más fuerte. Quería absorver el aroma a tierra húmeda que anunciaba tormenta.

Permaneció inmovil sobre la roca contemplando la urbe que se extendía a sus pies, compuesta por edificios negros, perfilados por la luz anaranjada de las farolas. El Alcázar y la catedral, sin embargo, quedaban sumidos en una penumbra azulada, casi fantasmal, como gritando a todo aquel que quisiese escuchar que estaban llenos de misterios y leyendas.

Encendió un cigarrillo con parsimonia, mantuvo el humo de la primera calada en la boca y, finalmente, lo expulsó de golpe mientras comprobaba que el cigarro había prendido bien. Con un suave golpe de pulgar, tiró las cenizas al suelo mientras regresaba a su contemplación. Escuchó pasos a su espalda, pero no necesitó volverse para saber de quién se trataba. Un chico, algunos años más joven que él, se situó a su lado y permaneció callado durante unos segundos. Finalmente habló:

-Entonces estás decidido, ¿no? -preguntó con una nota de disgusto. Su compañero le miró con las cejas arqueadas y los ojos ligeramente entornados. Asintió con movimientos cortos y rápidos y volvió a girar la cabeza hacia la ciudad- ¿Al menos tienes algo pensado?
-No -expulsó una bocanada de humo que desapareció arrastrada por el viento que soplaba cada vez más fuerte- Improvisaré.
-Claro... improvisar... -murmuró- ¿Te has detenido a pensar en la de gente que puede morir si...?
-¡Basta ya, Luis, por Dios! -interrumpió su compañero molesto- ¡Sí, sí lo se! ¡Lo he pensado mucho más de lo que todos os podais imaginar, ¿sabes?! Creí que estaba claro y por eso venías conmigo.

Luis contempló a su amigo con preocupación sintiendo una fuerte presión en el pecho. No supo si era miedo, pena o una mezcla de ambas. Ante él tenía a su amigo Sergio, con el que tantas cosas había compartido, y apenas le reconocía. Ya no era el muchacho alegre y jovial que bromeaba incluso en los momentos menos indicados. Ahora era un chico delgado, casi consumido. Durante los últimos meses había sido extraño verle sonreir y mantenía el ceño generalmente fruncido. Continuaba bromeando, pero su humor se había vuelto excesivamente negro y macabro. Incluso había comenzado a fumar, cosa que nunca había hecho y afirmaba detestar.

-No vengo contigo por eso... -respondió con frialdad. Sergio le miró con atención mientras mantenía el cigarro levantado camino de una calada que no llegaría- Vengo para asegurarme de que estás bien y de que no te pasa nada.
-¿Y por qué piensas que necesito que me protejas? -preguntó con desdén
-No vengo a protegerte, sino a ayudarte.
-No necesito ayuda, Luis. Vuelve con el resto y ponte a salvo.
-No te dejaré solo -insistió- Recuerda que ahora eres mi hermano mayor -dijo enseñándole el dorso de la mano donde resaltaba el signo del grupo. Un semicírculo negro bocabajo- Debemos estar juntos.
-Hermandad... -murmuró Sergio con una sonrisa irónica y aun el cigarro alzado- fraternidad -rió con acidez- ¿Y dónde están el resto de nuestros hermanos ahora? -preguntó
-Eh...
-Lejos -prosiguió- Muy lejos de aqui. Poniéndose a salvo en algún agujero bajo tierra... cuando estamos tan cerca.
-No es tan sencillo. Además, no se han rendido. Solo buscan otra manera de...
-¡¿De qué?! -interrumpió de nuevo- ¡¿De darle tiempo a los guardianes para perpararse?! ¡¿De ponerle las cosas más fáciles a Raúl y compañía?! -gritó señalando la ciudad- ¡No hay otra manera! ¡Es el último sello por cerrar y no van a jugársela a protegerlo con enigmas, acertijos o centinelas como los anteriores! ¡Es la ultima oportunidad que tienen de quitarnos de en medio y saben que nos negaríamos a arriesgar tan a la ligera la vida de la ciudad entera!
-¡Pero...!
-¡Pero nada! -prosiguió exaltado- ¡Es lo que quieren! -volvió a señalar la ciudad y esta vez el cigarro salió volando de su mano y se perdió en la oscuridad. No le importó- Si no recuperamos el último sello, conseguirán reponer lo que destruímos y echarán por la borda nuestro trabajo!
-Lo se, pero...
-¡No me he separado de mi familia, ni me he recorrido medio mundo, ni he visto morir a amigos para rendirme en la última puerta! ¡No señor! ¡Y si tú piensas que hay otra manera, lárgate con el resto y ponte a salvo!... -guardó silencio mientras respiraba agitadamente. Jamás le había gritado así a ninguno de sus amigos. Se tranquilizó un poco al ver que Luis no hacía ademán de gritarle o golpearle, pero le entristeció su mirada llena de lástima y miedo -Lo siento... -se disculpó- pero estoy decidido y no quiero que nos enfrentemos, así que, por favor, vete.
-Escucha un momento... -pero era tarde. Sergio había desaparecido ante sus ojos- ¡Se que estás ahí! -gritó a la noche- ¡Aunque no pueda verte, se que me escuchas y entérate de una vez: Soy tu hermano menor y voy a ayudarte!

Aguardó en silencio alguna respuesta, pero no llegó. Seguramente Sergio ya se encontrase a varios metros de distancia. El viento agitaba violentamente las ramas de los árboles con un aullido ensordecedor. Permaneció unos instantes contemplando, quizás por última vez, la ciudad medieval que se alzaba al otro lado del río. A lo lejos, un rayo señalaba el comienzo de la tormenta, como presagiando la agitación que tendría lugar durante las próximas horas

-¡Y que lo sepas! -gritó de nuevo al vacío -¡Odio cuando te haces invisible!


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Si os gusta continuaré la historia. Si no, pues aquí se queda.


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Sal de frutas
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2 Re: Prólogo y ya veremos. el Jue 17 Feb 2011 - 12:04

por lo general odio la novela de fantasía
pero, maldito cabrón, me has dejado con mucha intriga

Javi vota que quiere más.


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Rien n'est imposible pour le Desideraísme
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3 Re: Prólogo y ya veremos. el Jue 17 Feb 2011 - 12:18

pericapalotes

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Yo también quiero más!!!!!!

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4 Re: Prólogo y ya veremos. el Jue 17 Feb 2011 - 12:22

tell me more!!! ^^

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5 Re: Prólogo y ya veremos. el Jue 17 Feb 2011 - 16:39

Igneo

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Moderador
CAPÍTULO I


[Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. [...] No se había llamado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá [...] ha venido para abrir el libro y desatar sus siete sellos]
Apocalipsis (5, 1-5)

Sergio


Abrió los ojos de golpe sintiendo su cuerpo invadido por una extraña e incómoda sensación. Una sacudida desde lo más profundo de su ser que le indicaba que algo no iba bien, como si se hubiese roto el equilibrio universal.

Sin embargo, no hicieron falta ni tres segundos para confirmar que aquel repentino despertar, acompañado por la incomodidad anímica se debía a los gritos que provenían de la cocina.
Con un suspiro de resignación miró la hora en su teléfono movil y bufó molesto: las diez de la mañana. Buena forma de empezar el fin de semana.
Se incorporó con pesadez escuchando los gritos de su madre. Seguramente su hermano hubiese hecho algo sin importancia, pero aquello era suficiente para enfadar a la mujer, principalmente si era sábado por la mañana.

Avanzó arrastrando los pies por el pasillo mientras los gritos se iban haciendo comprensibles. Cuando llegó a la cocina se encontró a su madre con unos pantalones en la mano y a su hermano Héctor, mayor que él, intentando desayunar con cara de pocos amigos.
-¿Tenéis que gritar desde tan pronto? -protestó restregándose un ojo mientras se encaminaba a la nevera
-Aprovechamos el día, no como otros -le recriminó su madre- ¿A qué hora pensabas levantarte?
-Mamá, es sábado. No se por qué debería madrugar si ya lo hago el resto de la semana... Solo he dormido un par de horas.
-Para mi también es sábado, ¿sabes? Y también madrugo todos los santos días para ir a trabajar. Y si has dormido un par de horas -le dijo dándole golpecitos con el dedo- No haber estado anoche por ahí hasta las tantas.
-Mamá -intervino Héctor- Nos pasamos la semana en clase y por la tarde aqui preparando deberes para el instituto. Tu sales de trabajar y puedes hacer lo que te plazca.
-No, señorito no -protestó su madre con teatralidad- Yo salgo del trabajo y vengo aqui a manteneros. Porque ¿quién prepara la comida?
-Papá -respondió Sergio al instante
-¿Y la cena? -se volvió hacia él
-La última semana: yo -afirmó Hector
-Bueno, la última semana -ironizó- Se pare el mundo, que preparó un par de cenas. Pero luego soy yo la que lava, la que plancha y la que se deja el dinero en ropa para que luego os la cargueis en dos días -gritó paseando los pantalones agujereados delante de Héctor.

Sergio sabía, por costumbre, que aquello iría para largo. Pasarían de las responsabilidades del hogar a los estudios, de los estudios a las pintas, de las pintas a las amistades y ahí finalizaría el asunto, cuando su padre, cansado de disputas le diese la razón a ambos y les mandase callar.

Aun así, conociéndose el guión, desayunó deprisa y huyó a su cuarto, donde se vistió con la misma ropa del día anterior y, tras intentar colocarse el pelo en un vano intento frente al espejo del baño, cogió la mochila y salió de casa afirmando ir a la biblioteca.

Realmente no tenía ninguna gana de ir, pero tenía aun menos ganas de quedarse en el campo de batalla sabiendo que tenía las de perder sí o sí. Y es que, a pesar de que en esos momentos le crispase, sabía que su madre, al fin y al cabo, era como la mayoría de las madres. Al día siguiente se le pasaría y el lunes volvería a ir acumulando estres hasta estallar el próximo sábado por la mañana.

Caminó ligeramente desorientado, más por el repentino despertar que por otra cosa. En sus planes de fin de semana no aparecía ir a la biblioteca, pero ese mismo día descubriría que, de no ser por este tipo de contratiempos, la vida carecería de encanto.
Y de esta forma fue cuando, sin saber muy bien como ni por qué, se descubrió a sí mismo un par de horas después corriendo por los callejones de Toledo con un pesado libro fuertemente abrazado contra su pecho.

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Luis


Ascendió enfadado la empinada cuesta adoquinada mientras murmuraba contra la malicia de sus profesores al ponerle tantos deberes para el fin de semana. Estaba cansado de ver como Don Tomás sonreía mientras enumeraba una lista interminable de aburridos ejercicios de historia, o Charo, la de matemáticas, dictaba estúpidos problemas surrealistas que a nadie interesaban.
¿Qué le importaba a él el área de la finca de Don Julian o si Magallanes murió dando la vuelta al mundo? ¡Que uno se preocupe de cuidar la finca, que mida más o mida menos le dará trabajo, y el otro no haberse aventurado sabiendo que, de 200 hombres, quizás no regresase ninguno!

Y por si no tuviese bastante, aquella tarde le tocaba recibir a la Tia Montse. Realmente no era su tía. De hecho no tenían ningún parentesco familiar, gracias a Dios, pero desde pequeño le habían enseñado a referirse a ella como tal.
La Tia Montse, en realidad, era una vecina suya que se había instalado en el edificio justo el mismo día que sus padres. El hecho de dormir con los colchones en el suelo y esperar juntos los muebles o hacer reformas, había creado un fuerte lazo entre ella y su madre hasta el punto de considerarla como de la familia. Solterona, cotilla y maruja, vivía de una pensión de minusvalía, una cojera que Luis siempre vió exagerada cuando a la mujer le convenía, y de sus tierras en un pueblecito de Ciudad Real.

Hasta hacía poco la había aceptado como a una tia más, pero en los últimos años nació hacia ella un sentimiento de rechazo cuando se enteró de que todo lo que él hacía con sus amigos en el parque que había junto a su casa, se lo contaba a su madre. Y no es que hiciese nada malo, pero no le gustaba el hecho de sentirse contínuamente observado. Y aquella tarde, tras una gloriosa temporada de paz y libertad para él, Tia Montse volvía de su pueblo y decía que quería ver a sus niños.

Andaba tan sumido en sus pensamientos, que no se percató del muchacho que bajaba corriendo como alma que lleva el diablo. Cuando quiso darse cuenta, estaba tirado en el suelo con un fuerte dolor en el abdomen.
Se incorporó viendo como un par de hojas amarillentas terminaban de posarse en el suelo y un chico se llevaba la mano al labio ensangrentado.
-¡Eh, mira por donde vas! -protestó irritado. Esperó un insulto, queja o protesta, pero no fue así. El chico musitó una leve disculpa y comenzó a recoger rápidamente los papeles caidos- Eh... ¿Estás bien?
-¡Corre! -se limitó a responder volviendo a ponerse a la carrera ignorando su labio sangrante.
-¿Qué?... -miró hacia lo alto de la cuesta en busca de algo que le indicase que estaba ocurriendo- ¡Espera! -gritó recogiendo uno de los papeles del suelo- ¡Te has dejado uno!

El chico había desaparecido de su vista y solo quedaba el eco de sus veloces pasos perdiéndose calle abajo. Se encogió de hombros sin ninguna disposición a correr detrás y examinó el papel. Tenía un tacto suave, a pesar de su aspecto apergaminado. En la superfice amarillenta había dibujada una silueta humana, similar a las que le ponían a él en primaria para que señalase las principales partes del cuerpo.
La cabeza carecía de rasgos faciales y cabello, no tenía un sexo definido y de su espalda salían dos alas plegadas cuyas puntas le llegaban hasta la altura de las rodillas. Le llamó la atención que estas si contaban con detalles, como las plumas que parecían haber sido dibujadas una a una.

Volvió a mirar a ambos lados de la calle para ver si el chico regresaba o veía de qué o quien huía, pero estaba el solo en medio del silencio roto, únicamente, por el murmullo lejano de la ciudad y algún coche que pasaba por las calles cercanas.
No supo muy bien por qué, pero se sentía incómodo. ¿Qué era aquello que hacía huir a aquel muchacho protegiendo un libro tan frágil? ¿Y de quién huía?
"Seguramente" se dijo a sí mismo "Lo haya robado y le han descubierto en el último momento... pero ¿por qué habría de robarse un libro tan extraño?... Bueno... a ti te parece extraño porque solo tienes una hoja. Puede que se trate de un manual de dibujo. Una guía que explique como dibujar un ángel o las alas de este. Sí, debe ser eso..."

Aun así, a pesar de buscar un razonamiento lógico, algo le decía que no se trataba de un libro corriente y, peor aun, ese mismo sentimiento le gritaba a voces que él mismo corría peligro.

Asustado, sin saber de qué, corrió tomando la misma dirección que aquel extraño muchacho. Quizás si le devolviese la hoja extraviada se sentiría a salvo y luego se reiría en casa de lo estúpido que había sido. Sin embargo, en ese momento, el papel le ardía en la mano y necesitaba librarse de él.
Pero era tarde. Había tardado demasiado en reaccionar y eran decenas de caminos los que podía haber tomado el chico. ¿Qué debía hacer entonces? ¿Guardarlo? Era posible que conservándolo se convenciese a sí mismo de que realmente no pasaba nada. No... no, tenía que librarse de él. A más lo contemplaba, más siniestro le parecía aquel ángel sin rasgos. ¿Tirarlo? Corrió hasta una papelera situada a escasos metros de él y depositó la hoja en su interior. Se alejó pero no se sentía agusto. Parecía que el papel le atraía y, no sabía por qué, le daba miedo que pudiese encontrarlo otra persona. ¿Quién iba a ir mirando por las papeleras? Nadie, realmente, pero no se sentía bien dejándolo allí.

Regresó para recuperarlo y lo miró agobiado. Destruirlo sería la mejor opción, no había duda.
Tomó el papel con decisión y lo rasgó por la mitad sintiendo un alivio similar a cuando salía de hacer un examen y le había ido bien. Puso una mitad de la hoja sobre la otra y repitió el proceso volviendo a romper por el centro.
Redujo el papel a pequeños trozos que comenzaron a volarse empujados por el viento estival. Cuando no pudo hacer los pedazos más pequeños, los echó al aire como una lluvia de confeti y cerró los ojos satisfecho.

Algo suave y ligero le rozó la mejilla y se posó en su hombro. Abrió los ojos para retirarse los restos de papel, pero vio que no eran trocitos de la hoja lo que llovía sobre él, si no una nube de plumas blancas. Se sacudió violentamente con una expresión de terror en el rostro. ¡¿Cómo era posible?! ¿Los trozos se habían convertido en plumas? No tenía sentido. Observó como las últimas caían con suavidad al empedrado de la calle y entonces, un par de metros a su izquierda vio algo que le aterraría aun más.

El dibujo estaba de nuevo completo, intacto. Como si jamás hubiese recibido ningún daño. Sin embargo, sí presentaba una alteración. La silueta había perdido las alas y ahora sí tenía rasgos: concretamente, los suyos.

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Paciencia



Última edición por Igneo el Sáb 19 Feb 2011 - 8:20, editado 2 veces


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6 Re: Prólogo y ya veremos. el Vie 18 Feb 2011 - 1:26

pericapalotes

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ooh oohh pero ponme maas!!
qe qiero saber mas!!!!!

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7 Re: Prólogo y ya veremos. el Vie 18 Feb 2011 - 3:51

Que siiiiiga, que siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiga :3

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8 Re: Prólogo y ya veremos. el Sáb 19 Feb 2011 - 8:19

Igneo

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Moderador
CAPÍTULO II


[Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono [...] y su número eran millones de millones]
Apocalipsis (5, 11-12)

Permaneció inmovil en medio de la cuesta mientras sostenía el papel entre sus manos. Sus ojos, abiertos como platos, no podían apartar la mirada del dibujo, que reproducía con fidelidad sus rasgos. Estaba tan absorto que no se fijó en los tres chicos que se acercaban hacia él.

Uno de ellos, de espalda ancha y pelo castaño ligeramente largo, hizo un reconocimiento rápido del lugar. Observó las plumas que comenzaban a dispersarse a voluntad del viento y seguidamente a la figura inmovil de Luis. No necesitaba nada más para confirmar que había roto una de las hojas. Suspiró decepcionado y se dirigió a él con suavidad.
-Bonito dibujo ¿lo has hecho tú? -preguntó poniéndose a su lado.

Las otras dos personas, un chico alto, delgado y de ojos claros y una chica de mediana estatura y de pelo castaño largo y rizado, aguardaron en silencio. El chico de ojos claros parecía impaciente.
Luis observó a los tres y dudó entre huir o demostrar su inocencia. Se decidió por la última ya que algo en su conducta le decía que no iban a hacerle daño y porque, además, sus piernas no le respondían.
-No... -consiguió articular finalmente- Un chico bajó corriendo, se le cayó al suelo...
-¿Le conocías? -preguntó la chica
-No
-¿Y sin conocerle se le cayó un dibujo en el que apareces tú?
-No... a ver... -titubeó- Cuando se le cayó el dibujo no era así... era... eh... distinto yo... lo rompí y se cambió... -lo contase como lo contase, no le conseguiría dar sentido a aquella historia surrealista.

Mientras hablaba, el muchacho alto había cogido una de las plumas del suelo y la contemplaba al trasluz.
-¿Y bien, Diego? -preguntó el muchacho de pelo castaño
-No miente -respondió girando lentamente la pluma ante sus ojos- Continúa impecable. Diría que no le ha dado tiempo para actuar ni bien ni mal hasta ahora.
-¿Cuándo ha pasado eso que nos has dicho? -preguntó la chica
-No lo se... un minuto, quizás dos -¿por qué creían su historia?- ¿Qué está pasando? ¿Qué es? ¿qué significa esa pluma?
-¿Sabrías decirnos por donde se ha ido ese chico? -preguntó el primero. Luis observaba como Diego guardaba la pluma en una bolsita de plástico- Mírame -ordenó- ¿por dónde se ha ido?

Luis fue a contestar, pero el chico de pelo castaño habló antes:
-Ha bajado por esta cuesta y luego le ha perdido el rastro -indicó a los demás- Va a ser difícil dar con él...
-¿Qué sugieres, Óscar? -preguntó Diego
-Ahora sabemos también qué aspecto tiene -indicó mirando aun a Luis a los ojos- Moreno, pelo largo pero sin melena, rostro fino. Viste con una camisa negra sobre camiseta roja, pantalones vaqueros y zapatillas deportivas negras y grises -describió- Le sangra el labio, así que es posible que haya dejado un pequeño rastro... y lleva una mochila marrón.
-Algo es algo... -suspiró la chica- Voy bajando en busca del rastro.
-¿Por qué le sangra el labio? -preguntó Diego
-Se hizo una herida al chocar conmigo -dijo Luis atónito tras la descripción de Óscar- ¿Cómo has...?
-Vamos -dijo Diego interrumpiendo la pregunta- No podemos perder más tiempo.
-Bueno, pues... Adiós -se despidió Luis decepcionado por quedarse sin respuestas.
-¿Cómo que adiós? ¡Tú vienes con nosotros!
-¿A dónde? -preguntó dando un paso hacia atrás
-A donde sea.
-No. No os conozco de nada y no se a dónde queréis llevarme ni para qué.
-Haberlo pensado antes de romper el dibujo
-¿Realmente es necesario, Diego? -preguntó Óscar
-Hasta que encontremos el libro sí. Luego Mateo verá que hacer con él.
-¡Que no voy a ir a ninguna parte!

Al menos voluntariamente no lo hizo, pues lo último que vio fue a Óscar pasándole la mano por la cara antes de caer dormido.

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Abrió los ojos al escuchar el sonido de una puerta cerrándose no lejos de allí. Parpadeó desorientado. Se encontraba en una sala de planta alargada. En el centro se extendía una larga mesa de madera reluciente. Esta, a su vez, estaba rodeada por grandes sillones, en uno de los cuales se encontraba él. A lo largo y alto de las paredes se extendían estanterías llenas de libros, salvo en seis puntos, donde unas vidrieras coloreaban los rayos de luz que penetraban por ellas. Del techo, colgaban tres grandes lámparas de aspecto gótico que sostenían unas velas claramente falsas.

No hacia falta ser un lumbreras para darse cuenta de que su huida con el libro no había tenido éxito y ahora sus captores le tendrían retenido, pero no sabía el motivo por el que, a su derecha, había otro chico dormido. Cuando se fijó en él pudo reconocerle como el muchacho con el que se había chocado en la calle. ¿Por qué le habrían cogido a él también?

Luis abrió los ojos al mismo momento que se abría la puerta que había al otro lado de la estancia, dejando pasar a cerca de una veintena de personas que, en silencio, se fueron sentando en torno a la mesa. Sergio les observó temeroso, pero parecían ignorarles. Los más jóvenes deberían rondar los cincuenta años, a excepción de tres chicos, uno de ellos la chica que le había atrapado, que permanecían de pie tras la mesa.

A la cabeza se sentó un hombre de aspecto fuerte. Tenía el pelo grisáceo, bien peinado. Vestía un conjunto de pantalón beige, camisa blanca y americana marrón oscuro. Sus ojos oscuros parecían ver más allá de lo físico y las arrugas de su rostro parecían rígidas, manteniendo un gesto de preocupación y cansancio.

-Señores -dijo con voz ronca y potente- Lamento haberles sacado de sus trabajos, quehaceres y disfrute de tiempo libre, pero así son los imprevistos. Han intentado robar el Libro de los Ángeles -Un murmullo de sorpresa, temor e indignación invadió la sala. El hombre indicó con las manos que guardasen silencio- No se preocupen, ha sido recuperado a los pocos minutos.
-¡Aun así es indignante! -protestó un hombre gordo y con un poblado bigote blanco
-Pero si el libro ya ha sido recuperado -intervino una mujer rubia- ¿para qué nos ha reunido de emergencia?
-Al robar el libro, el ladrón desconocía el poder de este y no lo trató con el cuidado y las precauciones convenientes, María.
-¡Lo ha roto! -se alarmó alguien al final de la mesa
-¡Lo ha destruído! -aventuró otro casi al instante

De nuevo el murmullo y la agitación volvieron a la estancia. Cuando volvió a imponerse silencio, el hombre habló:
-El libro está en perfectas condiciones, a excepción de algunas páginas que se soltaron, al parecer, por un fuerte golpe -Sergio se llevó involuntariamente la mano al labio dolorido- ¡Todas han sido recuperadas! -dijo antes de que el pánico volviese entre los presentes- A excepción de dos que fueron destruidas. Señores, les he convocado para comunicarles que contamos con la presencia de dos nuevos ángeles.


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9 Re: Prólogo y ya veremos. el Dom 20 Feb 2011 - 13:30

mmm........me gusta ^^
te has planteado la opcion de hacerlo tipo comic o de realizar unas ilustraciones que acompañasen este relato?? por cierto.......quiero saber maaaaaaaaaas!! ^^

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10 Re: Prólogo y ya veremos. el Lun 21 Feb 2011 - 13:47

Igneo

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CAPÍTULO III


Todos los presentes se fijaron en los dos chicos a los que aquel hombre señalaba con la mano ligeramente extendida. Sergio no pudo reprimir una exclamación de sorpresa.
-¡¿Qué?! -preguntó incrédulo
-Uf, que alivio... -murmuró Luis a su lado dejándose caer en el sillón- Solo es un sueño...
-¿Y estos quienes son? -preguntó furioso un hombre alto y pelirrojo. De no ser por su impecable castellano, Sergio hubiese jurado que era irlandés.
-El moreno que tienes más cerca es el ladrón del libro que, accidentalmente, rompió una de las hojas al intentar huir de Silvia -explicó el hombre que presidía la mesa con parsimonia- El chico que está a su lado tuvo la mala fortuna de toparse con él -señaló de nuevo a Sergio- y tomar una de las hojas que se cayeron, según parece, cuando ambos chocaron. Según tengo entendido, parece ser que sintió el poder de la hoja e intentó destruirla.

Un suspiro ahogado se apoderó de los presentes cuando supieron que uno de ellos era el propio ladrón del libro.
-¡Insultante! -gritó alguien al fondo de la mesa
-¡Obviamente su hoja será destruida, ¿verdad?! -coreó una mujer a la izquierda de Sergio.
-¡No podemos dejar que un... un... ¡ratero! -escupió un hombre gordo que estaba rojo de ira- sea uno de los nuestros! ¡Quiero destruir su hoja personalmente y de gracias que los años de ejecución quedan muy atrás!
Todos aplaudieron aquellas furiosas palabras mientras el hombre que parecía ser el líder aguardaba con paciencia a que se calmasen.

-Me temo que eso no va a ser posible, Tadeo -murmuró con tranquilidad- Al menos no por ahora.
Tendió una mano hacia los muchachos que permanecían de pie apartados de la mesa. Uno de ellos, a quien Luis reconoció como Diego, le entregó una bolsa de plástico que contenía un dibujo y una pluma blanca.
-Señores, quiero que vean esto -dijo extrayendo ambos del envoltorio- Como pueden comprobar -alzó el dibujo en el que se veía un perfecto retrato de Sergio. El chico se estremeció al ver aquello, pues no sabía que le habian retratado- es efectivamente el muchacho que se encuentra entre nosotros, al que se reconoció como el ladrón de el Libro de los Ángeles. Y si se fijan ahora verán una cosa muy curiosa... -extrajo la pluma blanca y la alzó a la altura de los ojos de los presentes mientras la giraba con las yemas de los dedos.

La luz se las vidrieras se reflejaba en ella provocando un efecto similar a que la pluma emitiese luz propia.
-¿Qué tiene de especial? -preguntó finalmente Tadeo irritado
-Está impecable
-¡Mateo, así están todas la plumas de los nuevos! -protestó
-Efectivamente... -murmuró acercándola a sus propios ojos entornados- Por lo que me dijo la señorita Silvia, la hoja se rompió cuando él se vio perseguido y echó a correr. Pisó una de las hojas sueltas caidas y, al arrastrarla por el suelo, se rasgó con la consecuente lluvia de plumas.
De nuevo un gesto, esta vez de dolor, apareció en los rostros de los presentes. Al parecer, dedujo Sergio, aquella no era una forma muy noble de romper una de sus hojas.
-El hecho de como se rompa la hoja no afecta a la pureza de la pluma inicial -expusó una mujer de pelo castaño y rostro enjuto- Es la conducta del individuo la que la modifica desde el momento de la rotura.
-Ahí quería llegar, Paloma. -susurró embelesado- El chico no fue consciente de que había roto nada. Simplemente salió corriendo con el libro entre sus brazos.
-¿Podría ir al grano, Mateo?
-¿Cómo es posible que la pluma de un ángel esté de un blanco tan impecable, cuando intentaba robar el libro sagrado aun después de haber sido convertido? -preguntó.
Ninguno de los presentes supo qué responder. Lo normal sería, como había sucedido en casos anteriores de traición, que la pluma del ladrón se hubiese vuelto negra y marchita al instante en que tomaba el Libro de los Ángeles y huía con él.

-La respuesta es clara, señores. No quería robar el libro para él, si no para salvarlo.
-¿Salvarlo? ¡¿salvarlo de quién?!
-Eso creo que será mejor que nos lo cuente nuestro amigo... -invitó Mateo.

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Un par de horas antes

Descendió del autobús con paso presuroso, pues odiaba el tapón que se formaba siempre a la salida de la última parada. No comprendía el por qué de esa prisa de la gente por bajar del vehículo cuanto antes hasta el punto de formar tapones llenos de bufidos nerviosos y algún empujón.

Una vez fuera y con espacio suficiente, se estiró discretamente para desperezarse y comenzó a subir la cuesta del Alcázar camino de una apasionante e irónica mañana de biblioteca. Sin embargo, no sabría jamás si por casualidad o destino, cambió de opinión en el último momento y varió su rumbo para dirigirse, bajando por la Plaza de la Magdalena, hacia San Pedro.

Recorrió las típicas callejuelas toledanas de suelo empedrado y casas de muros de aspecto desigual, con sus ventanas y balcones pintados con colores apagados y barnices fuertes, un curioso contraste. Serpenteó con los callejones atravesando el casco histórico de la ciudad atiborrado de grupos de turistas que iban de acá para allá con la cabeza ligeramente levantada mirando, desde diferentes perspectivas, la punta de la torre de la catedral que asomaba entre las casas.

Al pasar frente a la fachada de los Jesuítas, desafiante en reto perdido a la altura de la catedral, algo llamó su atención. Una chica subía hacia la plaza de San Román cargando con una gran mochila. Esto no le habría resultado extraño de no ser porque no dejaba de mirar nerviosa hacia todas partes mientras dos chicos, de los cuales no parecía haberse percatado, la seguían escondiéndose y asomándose en las esquinas.

Seguramente la chica llevaba algo de valor en esa mochila y los otros dos, seguramente, querían robarle. Sigilosamente se agazapó tras dos contenedores cercanos y, aguantando la respiración por el terrible hedor, aguardó.
Definitivamente aquel no debía ser el día de suerte de la pobre muchacha, pues de pronto, Sergio no supo muy bien de donde, le salieron al paso dos hombres que se abalanzaron sobre ella sin ningún miramiento al tiempo que los dos chicos también saltaban hacia ella.

Uno de estos últimos, el más alto y delgado, tomó la mochila de la chica y se dispuso a salir corriendo con ella, pero uno de los hombres le sujetó y esta cayó al suelo rasgándose por una de sus costuras y dejando asomar su contenido. Sergio pudo ver un grueso tomo encuadernado y de aspecto viejísimo. Como sospechaba, aquel libro debía ser robado y, por lo que veía, tenía un gran valor, pues cuatro ladrones se estaban pegando entre sí al tiempo que atacaban a su víctima.

Consolado por el dicho de "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón", abandonó su escondite y, aprovechando la confusión, tomó el pesado volumen en sus manos cuando pasó a la carrera y huyó con él deseando que los ladrones estuviesen demasiado cansados o magullados para ir tras él.

Corrió sin rumbo fijo, pues el pánico no le dejaba pensar con claridad. Ya lo había hecho: había cogido el libro y ahora huía con él ¿pero a dónde?
"No seas idiota" se reprendió a sí mismo acelerando las zancadas "¿A dónde se llevan los objetos robados?" Miró hacia atrás para asegurarse de que nadie iba tras él, con la mala suerte de que chocó con alguien provocando que ambos cayesen al suelo. Pudo sentir el sabor de la sangre, pero haberse partido el labio no iba a hacer que se detuviese. Prefería un labio morado a una muerte por paliza.

Ignorando al chico que había embestido, recogió las hojas que se soltaron (ya habría tiempo de explicar lo sucedido a la policía), musitó una leve disculpa y retomó la carrera.
La falta de costumbre hizo que aquel parón le provocase flato y su cuerpo gritase pidiendo una tregua hasta que se recuperase un poco.
"Así no voy a llegar hasta la comisaría" pensó agotado "Será mejor que me esconda y les de esquinazo hasta que tome un poco de aire.

Se escondió en un patio abierto, ocultándose en uno de los rincones más oscuros. Tras asegurarse de que nadie se había percatado de su presencia, respiró hondamente e intentó calmarse mientras sentía como su corazón parecía luchar por no salírsele del pecho.
Se limpió la sangre con el dorso de la mano y comprobó, para su disgusto, que era bastante más abundante de lo que creía. Seguramente hubiese goteado algo al suelo, pero no le preocupó. Dudaba mucho que pudiesen seguirle el rastro solo por cuatro gotas de sangre.

Se sentó en el suelo permitiéndole una pequeña tregua a sus piernas que no dejaban de temblar y abrió el libro. No tenía ni una letra, ni un símbolo. Todas las páginas eran iguales: siluetas humanas con alas de ángeles. ¿Por qué un libro tan absurdo tendría tanto valor?
Observó algunas de las hojas sueltas al trasluz, pero no tenían nada grabado ni escrito de forma superficial.
Pensó que, posiblemente, se tratase de algún cuaderno de bocetos de un pintor famoso, pero no terminó de convencerle su propia teoría ya que carecían de firma.

De pronto algo le sobresaltó. Frente a él, impidiendo la salida del patio, se encontraba la chica a la que habían asaltado. ¿Cómo podía ser? ¿Había derrotado a sus cuatro atacantes?
-Aun estás a tiempo de salvarte -jadeó cansada- Dame ese libro.
-No -respondió ligeramente asustado. Si había podido contra cuatro, él no iba a suponerle ningún problema- Este libro debe volver a su lugar de origen.
-Y eso es lo que voy a hacer -afirmó- Dámelo.
-¡Ni hablar!
-No me obligues a quitártelo -advirtió serena- Puedo. Se que estás aterrado.
-¡Eso es mentira!
-Ahora aun más... -sonrió divertida- dame el libro, por favor.

Sergio se puso en pie de un salto dispuesto a salir de nuevo a la carrera. Quizás pudiese ganarle en una pelea, pero corriendo estaba claro que él era más veloz.
No recordaba que tenía las páginas sueltas sobre las piernas cuando se puso en pie y estas cayeron al suelo, haciendo una de ellas, que diese un patinazo cuando la pisó para coger impulso. Por suerte, mantuvo el equilibrió y logró mantenerse en pie mientras comenzaba a correr otra vez.
-¡Mierda! -protestó la chica abalanzándose sobre él.

Consiguió evadirla con un amago de giro y se escurrió agilmente evitando que le agarrase de la mochila.
Salió del patio dispuesto a coger velocidad bajando la cuesta, pero de pronto una mano pasó por delante de sus ojos y todo se volvió negro.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

-...Después desperté aquí y... el resto ya lo saben -relató Sergio bajo la mirada inquisidora de los presentes.
-¡Este idiota podía habernos metido en un gran lio! -vociferó Tadeo dando un golpe en la mesa
-¡Este idiota ha demostrado, aun sin ser un ángel, más coraje del que tú has mostrado en tu vida! -intervino Diego irritado
-¡¿Cómo me hablas en ese tono, niñato?! -parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas
-¡Te recuerdo que, aunque estés en el Consejo, soy un Ángel Guardián igual que tú! -exclamó abandonando su puesto y señalándole con un dedo acusador- ¡Aunque tú solo lo tienes como un rango, puesto que te limitas a hablar mucho y no hacer nada!
-¡Ya basta, Diego! -intervino Mateo
-¡Pero señor...! -protestó
-¡Basta he dicho!
-Si, señor... -masculló ofendido mientras regresaba a su puesto. Óscar apoyó una mano en su hombro.
-Tadeo, te voy a pedir, por favor, que no vuelvas a dejarte llevar así por la ira -dijo Mateo con voz fría.
-Así será -resopló apretando las mandíbulas- Lo siento, Mateo.
-Bueno... volvamos a lo que nos concierne... -los presentes cruzaron miradas entre Diego, que se mantenía de pie en su sitio con el ceño fruncido, y Tadeo, que resoplaba furioso- Ahora que sabemos lo que ha ocurrido, someteremos a votación qué hacer con estos nuevos ángeles.
-No pueden ser guardianes -expuso Paloma- Son accidentes, imprevistos. No están preparados para ser ángeles.
-Pero ¿Quién lo estaba cuando rompió su hoja? -intervino un hombre de pelo rizado y castaño- Todos estábamos muy desorientados y asustados. Y en cuanto a los imprevistos, he de recordar que gracias a ellos hemos logrado salir adelante en muchas ocasiones.

Varios de los presentes asintieron con aprobación. Tras un rato largo de debate, finalmente, por una pequeña minoría, se votó no romper sus hojas.
-Ahora deberán ser ellos mismos quienes decidan si quieren irse o quedarse -expuso Mateo
-¿Y por eso hemos estado discutiendo casi una hora? -preguntó una mujer regordeta y morena que había votado a favor de dejarles.
-Ahora pueden decir que no se quedan y sus hojas se romperían sin problemas, pero sin haber acordado su aceptación, ya podrían rogarnos seguir con nosotros, que no les hubiese servido de nada.
-Sigo sin saber por qué no lo hemos discutido después de hablar con ellos -le susurró la mujer a su compañera, que sonrió divertida.
-¿Y bien? -preguntó Mateo invitándoles a hablar- ¿Qué decís?
-Eh... yo quiero saber más cosas antes de romper nada... -afirmó Sergio.
-¿Y tú? -le preguntó a Luis.

Este se encogió de hombros con indiferencia mientras continuaba mirando a su alrededor. Definitivamente estaba convencido de que aquello no era real y él estaba soñando.


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11 Re: Prólogo y ya veremos. el Mar 22 Feb 2011 - 1:04

pericapalotes

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quiero mas mas mas mas mas!!
(deberias hacer un pequeño libro o algo!^^)

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12 Re: Prólogo y ya veremos. el Mar 22 Feb 2011 - 8:19

Centinela

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¡Bueno, bueno! ¡El que no escribía!

Puf, me está entrando mucha morriña, menos mal que vuelvo a Toledo este jueves. Qué bueno, ¿no, Igneo? Me han entrado ganas de retomar mis proyectos narrativos a medias al leerte. El prinicipio engancha mucho, ten cuidado de que no caiga la tensión narrativa, y sigue así.

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13 Re: Prólogo y ya veremos. el Mar 22 Feb 2011 - 15:27

Igneo

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CAPÍTULO IV

-Esa puerta de ahí lleva al comedor -prosiguió explicando Diego mientras caminaban por el claustro que rodeaba al patio- Y esa de más adelante a la cafetería, que está comunicada con él por dentro.
Caminaban a paso ligero por todo el edificio, que resultó ser una serie de casas adosadas y unidas entre sí hasta crear una gran mansión que contaba con cuatro patios interiores y varias dependencias que eran utilizadas como aulas, salas de estudio, de relax o dormitorios.
Diego iba abriendo la marcha mientras señalaba las puertas por las que se accedía a las diferentes zonas de la instalación, seguido por Sergio y Luis que miraban todo con atención intentando no olvidar por dónde habían llegado. Este último aun tenía la camiseta empapada de cuando había ido al baño para lavarse la cara y confirmar que estaba realmente despierto. Finalmente, vigilando las espaldas y movimientos de los novatos, iban Óscar y Silvia añadiendo pequeñas anotaciones al guía.

Finalmente se detuvieron ante la puerta que daba a la sala de reuniones, en la que habían despertado.
-La puerta se encuentra cerrada, por lo que aun no han terminado de deliberar -explicó Diego- Ya os he enseñado el lugar, así que si teneis alguna pregunta que podamos responder...
A pesar de la cortesía y la amabilidad que mostraba con ellos, se notaba una acidez y frialdad que impedía que se sintiesen relajados.
-¿Qué se supone que hacéis aquí? -preguntó Luis- Antes dijiste que erais ángeles guardianes ¿Qué guardáis? Y quiero que me expliques mejor eso de ser un ángel. ¿Se supone que somos buenos? ¿con alitas y corona?

Sergio, anonadado, se giró hacia el chico que tenía a su lado. Aparentaba serenidad, pero temblaba ligeramente. Óscar reprimió una risotada y Diego, tras un gesto de asombro, miró a Silvia, que asintió con una sonrisa bondadosa.
-Recibimos el nombre de ángeles por la tradición histórica y la mitología. Como has visto, nosotros al romper una página del Libro ganamos unas alas. Estas son metafóricas, obviamente. Realmente lo que adquiere una persona que se convierte en ángel es una habilidad física o mental de acuerdo con su condición. ¿Hasta aquí todo bien?
-No -dijo Sergio un poco perdido- Quiero decir, sí, pero no del todo. ¿Qué es eso de una habilidad física o mental de acuerdo a la condición?
-Explícaselo poniéndonos a nosotros como ejemplo -propuso Óscar situándose junto a su amigo
-Sí, mejor -aceptó Diego- Yo soy un chico muy activo. Inquieto, nervioso. Necesito movimiento y actividad o empiezo a dar la lata, hablando en plata. Al ganar mis alas, mi agilidad creció de forma considerable. Puedo recorrer cualquier distancia en la mitad de tiempo que cualquier persona normal y con la mitad de esfuerzo. Y eso solo por ahora -sonrió con orgullo
-Óscar, sin embargo -explicó Silvia apoyada en el muro que tenían detrás- recibió la habilidad de leer la mente de quien le mira a los ojos. Así fue como supimos definitivamente que aspecto tenías, Sergio, cuando miró en la mente de Luis.

Instintivamente ambos bajaron los ojos hacia el suelo. Aquello no pasó desapercibido para Óscar que rió divertido.
-No os preocupéis, no leo la mente sin motivo... además, se que más adelante no solo podré leerla si no controlarla.
-¿Sí? ¿Cómo lo sabes?
-Porque hoy lo he hecho con vosotros. Os pido mil disculpas -dijo cuando los chicos abrieron molestos la boca dispuestos a protestar- pero mi prioridad era recuperar el libro y traeros hasta Mateo para que él decidiese que hacer.
-Realmente lo que ha hecho ha sido bloquearos la razón -explicó Silvia de nuevo- Habéis venido hasta aquí andando por vuestro propio pie, pero sin ser conscientes de ello.
-¿Y tú qué sabes hacer? -preguntó Luis volviéndose hacia ella
-Mi habilidad también es mental -explicó- puedo ver la esencia de las personas. Se si mientes, si tienes miedo, si estás nervioso, tranquilo, enfermo o, incluso, si te ronda la muerte.
-¿Y ahora como estoy?
-Flipándolo en colores -rió. Incluso Sergio dejó salir la carcajada- Fue gracias a esto que pude seguir a Sergio por su rastro de sangre. De no ser por la herida del labio, no se si le habríamos encontrado.
-¿Ves la esencia en la sangre?
-Si es muy reciente sí -explicó con total naturalidad, como quien acaba de negarse a revelar un truco con naipes- Mientras conserve el calor de tu cuerpo, aun tiene esencia para mi.
-¿Y qué podemos hacer nosotros? -preguntó Sergio. Los tres le miraron arqueando una ceja- Quierdo decir... rompimos la hoja, ¿no? somos... ángeles.
-Eso es lo que veremos ahora -indicó Diego señalando con la cabeza la puerta que tenía tras él- Están preparando la prueba.
-Que no os asuste el nombre de "prueba" -les tranquilizó Óscar- Solo os someterán a una serie de estímulos para ver como reaccionais hasta que deis una muestra de habilidad ante uno de ellos.

Continuaron hablando durante un par de minutos sobre las habilidades de otros ángeles. Las más llamativas, al menos para Sergio, fueron las de un ángel del s. XVIII capaz de estar en dos sitios al mismo tiempo y la de otro, contemporáneo suyo que vivia en Ucrania, capaz de rejuvenecer o envejecer a voluntad. Estaban tan inmersos en la conversación, que se habían olvidado de las dudas que Luis había expuesto tan friamente al terminar la visita.
La puerta de la sala de reuniones se abrió permitiendo que asomase la cabeza de Mateo.
-Veo que el paseo se os ha quedado corto -saludó- Bien, bien... Luis, pasa tú primero que eres más joven, por favor -Luis miró nervioso al resto de los chicos mientras penetraba en la habitación- Chicos, ya sabéis que esto puede ir para largo. Podéis ir a otro sitio si queréis, ya enviaría yo a alguien a buscaros, pero no salgáis del edificio -y cerró la puerta tras él.
-Ya has oido -dijo Silvia tras unos segundos de silencio- ¿Quieres ir a otra parte?
-No, aquí estoy bien -respondó mirando la puerta cerrada- Gracias.
-No te preocupes, no van a hacerle nada malo. Ni a ti tampoco... -le dijo Óscar
-Deja de mirarme a los ojos -protestó
-No es necesario leerte la mente. Se ve tu preocupación a la legua.
-¿Y qué es lo que decís que guardáis? -retomó el hilo
-Nosotros, concretamente, nada -Diego se encogió de hombros- Antiguamente a un ángel se le asignaban una serie de personas a las que cuidar y proteger. De ahí viene todo eso del ángel de la guardia y demás.
-¿Y por qué ya no se hace?
-Cada vez quedan menos páginas en el libro... -murmuró preocupado- Por tanto hay menos ángeles y más personas a las que proteger.
-En alguna ocasión se nos ha dicho que vigilemos a alguien -explicó Óscar- pero durante un breve periodo de tiempo. Hoy, por ejemplo, Diego y yo protegíamos a Silvia para que el Libro de los Ángeles llegase a salvo hasta aquí.
-¿Y dónde estaba?
-Eso es secreto, al igual que donde se esconde ahora.

Aquello le recordó a Sergio los dos hombre que les habían atacado. Preguntó por ellos.
-No serán demonios...
Por respuesta obtuvo una carcajada de los tres chicos. Diego se tuvo que poner en cuclillas mientras se apretaba la tripa y Óscar lloraba de la risa.
-¿Qué pasa? Me parecía lógico -se excusó- los rivales de los ángeles son los demonios
-Pero te lo he dicho antes -recordó Diego tomando aire con una amplia sonrisa en la boca- Nos llamamos ángeles por la tradición histórica, no porque seamos los seres descritos por las escrituras. Un ángel de los nuestros, solo es un humano con habilidades sobrenaturales.
-Entonces los otros...
-Ángeles también -expuso Silvia- Como ha dicho Diego, las páginas de los libros de ángeles escasean y muchas familias de ángeles, a pesar de haber sido toda la historia aliadas, se atacan entre ellas para robarse los libros y conseguir más páginas que garanticen nuevas generaciones.
-Entonces ¿sois parientes?
-No biologicamente, pero estamos unidos como hermanos.
-Eso me ha sonado a secta hasta a mi -rió Óscar apoyado en la columna aun con ligeros espasmos de risa -demonios dice... -murmuró para sí.

Sergio empezaba a encajar piezas en su cabeza dando forma a un puzzle que, poco a poco, iba adquiriendo una forma definida. Ahora comprendía por qué les había ofendido tanto que él perdiese dos páginas de su libro, así como el gran disgusto que habían mostrado al enterarse de que este había sido robado.
Se sintió, irremediablemente, culpable, pues dos personas destinadas a pertenecer a aquel grupo de ángeles jamás podrían serlo por su culpa e intromisión.
-No se que te ronda por la cabeza -le dijo Silvia- pero deja de preocuparte y sentirte culpable. Tienes un color de aura horrible.

Pocos minutos después de entrar, Luis salió radiante de la sala y completamente excitado.
-¡Ha sido genial! -excamaba con los ojos como platos- ¡Primero me han tirado eso encima pero yo ¡bang! lo mandé a la otra punta y luego...!
-Sergio, te toca -le llamó Mateo sin salir al pasillo.
Sergio entró acompañado por el nerviosismo de Luis que explicaba lo sucedido a sus nuevos compañeros.

Una vez cruzó la puerta, Mateo la cerró envolviéndoles a ambos en un silencio sepulcral roto por el murmurllo de Luis al otro lado del muro. Los sillones que rodeaban la mesa estaban libres. Eran las únicas personas que había en la sala.
-Por aquí -indicó Mateo dirigiéndose hacia el extremo opuesto
Caminaron a lo largo de la estancia dejando atrás estantes y vidrieras, hasta una pequeña puerta semi oculta en la penumbra. Sergio no se había percatado de ella al despertar ni durante la reunión.
-Entra por aquí y aguarda a que se abra la otra puerta. Cuando se abra, pasa a la sala y espera a que vayamos haciendo las pruebas. Ante todo, relájate y no tengas ningún miedo, pues no va a pasarte nada. ¿Alguna duda?
-¿Qué tengo que hacer?
-Sigue las indicaciones que te he dado y confía en mi -indicó abriendo la puerta.

Sergio apareció en una pequeña sala de estar de aspecto recogido y agradable. Había un sillón en uno de los rincones, junto a un revistero con algo de lectura ligera. Varios marcos colgaban de las paredes con fotografías de paisajes como grandes cascadas, atardeceres en la costa o un bosque nevado.
Se acercó temeroso a la pequeña puerta tenía justo enfrente y giró el pomo. Estaba cerrada.
-Aun no -dijo una voz por un altavoz- Espera a que se abra sola y luego crúzala. Estate tranquilo.

Se sentó en el sillón y aguardó unos segundos que se le hicieron horas mientras agitaba el pie con nerviosismo. ¿Qué iban a hacerle? Luis decía que le habían tirado cosas... ¿pelotas? ¿cojines? había salido riendose y emocionado, así que tenía que ser algo divertido. También era posible que fuese así porque sabían que la habilidad del chico era física. Podía ser que pensasen que la suya era mental, pues su cuerpo delgado y débil no parecía haber cambiado en nada, y se dedicasen a hacerle complicadas preguntas. ¿Sabría responderlas? ¿Y si, por robar el libro, sus alas carecían de poder? No quería hacer el ridículo de aquella forma y pensó en regresar a la sala de reuniones cuando la puerta se abrió. Solo quería desaparecer.
Aguardó unos segundos esperando a que algo saliese por la puerta, pero no pasó nada. Todo estaba en silencio.
-Sergio, cruza la puerta, por favor -dijo la voz de Mateo

Asustado y nervioso, se acercó a la puerta abierta y se asomó al otro lado. Parecía un gran tatami de gimnasio. Una sala muy amplia, de techo alto y lleno de tubos fluorescentes. Las paredes estaban cubiertas completamente por espejos y el suelo por colchonetas verdes.
Salió lentamente, esperando ver cualquier objeto que saliese lanzado de cualquier parte. No pasó nada.
-Sergio, entra en la sala. No pasará nada, créeme -repitió la voz.
-Estoy en la sala -dijo confuso- Listo para la prueba.

Esperó unos segundos a que Mateo le contestase, pero todo permaneció en silencio. De pronto las luces se apagaron y el pudo ver, al otro lado de los espejos, a un grupo de personas que le observaban. Algunos miraban a través de un monitor. Sergio pudo observar que Mateo se acercaba al micrófono.
-Silvia, ven un momento a la sala de pruebas, por favor.
Poco después, Silvia apareció en el tatami y miró en todas direcciones hasta fijarse en él. Se acercó al chico y le señaló sonriente.
-¿Qué pasa? -preguntó- ¿por qué no me hacen la prueba? ¿Algo va mal?
-La prueba ya ha terminado. Has utilizado tu habilidad antes de que empezase. Eres completamente invisible.

Sergio se fijó por primera vez en los espejos y comprobó, ciertamente, que no se reflejaba en ellos.


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14 Re: Prólogo y ya veremos. el Miér 23 Feb 2011 - 3:20

pericapalotes

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joee la de veces que habre soñado ser invisible! XD
yo quiero sabeeeeeer mas!

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15 Re: Prólogo y ya veremos. el Lun 28 Feb 2011 - 15:09

Igneo

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CAPÍTULO V


Los últimos meses transcurrieron, dentro de lo que cabe, con normalidad. Realmente, o al menos bajo el punto de vista de Sergio, ser un ángel no variaba en gran medida la vida de una persona. Él seguía viviendo con su familia, yendo al instituto y saliendo los fines de semana con los chicos del barrio.

Había aprendido a controlar su don gracias a las prácticas y entrenamientos que realizaba con Silvia, Óscar y Diego todas las tardes, junto con otros ángeles adultos que, a su vez, entrenaban a estos jóvenes. Al principio le costó bastante aparecerse y desaparecerse a voluntad, pero finalmente le fue cogiendo el truco y, aparte, el gustillo al hecho de poder desaparecerse cuando le viniese en gana. Era tal la práctica que había cogido y la facilidad con la que lo hacía que Mateo se había visto obligado a ponerle a Silvia como vigilante, ya que era la única de Caelestis, así es como llamaban a la casa, capaz de percibir su presencia a través del aura aunque el chico fuese invisible.

No tardaron en ganarse la simpatía de muchos de los ángeles que frecuentaban Caelestis, al igual que la enemistad y rivalidad de otros que seguían considerándolos intrusos que habían desperdiciado dos hojas de su preciado libro. Incluso les llamaban "accidentes" cada vez que se cruzaban con ellos y a Silvia, Óscar y Diego "fracasados" por haber dejado el libro en manos de hombres corrientes.
-Ignoradles -les dijo Silvia un día que Sergio y Luis se encararon a dos que les acababan de insultar- No merece manchar la pluma por culpa de ignorantes.

Al principio no entendieron muy bien qué era aquello de manchar la pluma, al igual que tampoco comprendieron la gravedad de ser borrado, pena impuesta a los mayores delitos como asesinar, robar o uso fraudulento y con fines lucrativos del don. Estas dudas se las resolvió Mateo, quien se encargaba de pasear con ellos por Caelestis mostrándoles el funcionamiento del grupo al que todos llamaban familia.
Les condujo hasta una gran puerta que jamás habían cruzado. Introdujo en ella una pequeña llave y la abrió permitiéndoles el paso a una sala muy amplia carente de cualquier mueble. El techo, situado a gran altura, se cerraba en una bóveda. El suelo, brillante, reflejaba la luz que parecía emanar de las paredes, cubiertas a lo alto y largo por grandes vitrinas de cristal que contenían, en perfecto orden, centenares de hojas cada una con una pluma a sus pies.
Estas hojas permanecían estiradas mostrando dibujos similares a los que surgieron en las hojas que rompieron ellos, a excepción de algunas que estaban enrolladas con su pluma al lado.
-¿Por qué estas no están estiradas? -preguntó Sergio temiendo la respuesta
-Son de ángeles caidos -respondió Mateo confirmando su sospecha- Conservamos las de los ángeles que hicieron grandes cosas por esta familia.
-¿Y los que no hicieron nada?
-Se guardan en otro lugar. La leyenda dice que el libro se repondrá, cuando se agoten sus páginas, con esas hojas de los caídos.
-Y si las páginas del libro se reponen: ¿Por qué hay enfrentamientos entre familias? -preguntó Luis
-Es solo una leyenda. Dudo que una hoja usada pueda transmitir un don a un nuevo ángel... aunque no lo se, nunca se ha comprobado y temo que moriré sin saberlo.

Sergio continuó observando las vitrinas en busca de su pluma. Finalmente la encontró entre la de Diego y Luis. Ya no estaba tan blanca como la primera vez que la vio en las manos de Mateo.
-Se está poniendo mustia... -murmuró al comprobar que tenía algunas líneas pardas
-No, no está mustia -sonrió Mateo observándola tras él- Es imposible mantener una pluma de un blanco impecable. La pluma de un ángel refleja si este obra bien o mal y, no lo olvides, ante todo somos humanos y cometemos errores. Esas líneas son algunas travesuras que hayas podido hacer...

Se sintió enrojecer, pero esperó que no lo hubiesen percibido en aquella sala casi en penumbra. Era cierto que, aprovechando su nueva habilidad, se había colado en los vestuarios de las chicas de su instituto, pero dudaba mucho que Mateo estuviese al corriente de aquello.
-Sin embargo -prosiguió- No debes preocuparte por el color de la pluma de un ángel a no ser que empiece a ponerse negra o mellada. Un ala blanca y mellada es de un ángel peor que el que tenga su pluma negra y completa.
-¿Por qué?
-Una mancha se puede limpiar, pero no puedes recuperar una parte del cuerpo perdida... Hay que hacer algo muy serio para mellar la pluma.
-¿Y en qué consiste el borrado que tanto se teme? -preguntó Luis mientras se aseguraba de que su pluma estaba completa al otro lado de la vitrina
-Es destruir el dibujo de un ángel. Un ángel cuyo dibujo ha sido destruido, pierde automáticamente su don. Se vuelve un hombre normal y corriente. Por eso tenemos aqui los dibujos a buen recaudo y solo se rompen en ejecuciones... por suerte no hemos tenido que llevar a cabo ninguna en los últimos doscientos años.


Pocos días después de haber recibido aquella lección con Luis en la Galería de ángeles, o así la llamó Mateo, Sergio procuró no hacer nada malo o con malas intenciones, pero era muy difícil resistirse a hacer alguna que otra trastada, como copiar en algun exámen, volver al vestuario o fastidiar a transeúntes despistados.
Sin embargo, aquella vida placentera y relajada llegaría a su fin aquel mismo día y, sin necesidad de que nadie se lo confirmase, lo supo.

Mateo les había encomendado a Luis y a él la prueba para ascender a ángeles guardianes. De hacerlo bien, tendrían la misma posición que sus nuevos compañeros y, si fallaban, continuarían con su aprendizaje.
"¿Pero qué aprendizaje?" pensó Sergio con fastidio apoyado en el muro de piedra "Ya se hacerme invisible y conozco las normas ¿Qué más quieren?"
-Me aburro -protestó Luis a su lado- ¿Falta mucho?
-Un poco -respondió Óscar- Y deja de quejarte.
-¡Es que esta prueba es un coñazo! ¡Vigilar a una niña que sale del colegio, pues vaya!
-Sinceramente -añadió Sergio a favor de Luis- Yo os tenía sobrevalorados, pero si esto es lo que hay que hacer para convertirse en ángel guardian...
-¿Qué os encargaron a vosotros: comprar el pan y llevar bien el cambio? -Luis y Sergio rieron con ganas
-Nos mandaron custodiar el Libro de los Ángeles en uno de sus traslados -respondió Diego con seriedad y orgullo- Si Mateo os ha puesto a vigilar a una niña es porque no os cree capaces de más.
-Diego, no te pases -le reprendió Silvia- solo bromeaban.
-Y si Mateo cree que esta es una prueba para ascender a guardian, será por algo, ¿no? -añadió Óscar- A ver, decidme. Exactamente: ¿Qué os ha dicho?

Luis recordó el primer día que se encontró con ellos, así que se dirigió frente a Óscar, abrió mucho los ojos y evitó pestañear. Su comañero comprendió sus intenciones y fijó su mirada en él.
-Mucho más fácil... -murmuró disponiéndose a leer la mente de Luis- Veamos...

Óscar comenzó a narrar la citación de Sergio y Luis al despacho de Mateo.
-No se levanta del escritorio...
-Estaría cansado -propuso Sergio
-Les dice: "Id al colegio Divina Pastora, esperad a que salga Natalia de la Fuente" le da una foto a él -señaló a Sergio que extrajo la fotografía y se la pasó a Diego quien la examinó con el ceño fruncido- "Aseguraos de que llega bien a casa y no se queda sola dentro. Que no os vea" se levanta y les acompaña en la salida. Le da una palmada en la espalda a Sergio y les invita a salir -desvió su mirada de la de Luis- Ha sido una reunión muy breve...
-Más que en la espalda me dio la palmada en la mochila. Le temblaba un poco la mano.
-La niña de la fotografía es su nieta -informó Diego pasándole la imagen a Silvia que asentía confirmandolo- ¿por qué vuestra prueba es escoltarla del colegio a casa?
-No tengo la menor idea -respondió Sergio encogiéndose de hombros.
-Ha dado las órdenes muy breves... -razonó Silvia- Ya sabéis lo que le gusta irse por las ramas. Sin embargo parace que, en esta ocasión, no tenía ni un segundo que perder.
-Esto no me da buena espina... -murmuró Diego- ¿Por qué una prueba tan de golpe, sin avisar y tan absurda? No es propio de Mateo.
-No es propio de la lógica -afirmó Silvia
-Voy a Caelestis -anunció Diego tajante- Vosotros podéis controlar si lo hacen bien o mal. Yo pediré ayuda a alguien que ronde por allí y quiera ayudarme a ver si hay algún peligro.
-¿Peligro? -preguntó Luis
-No es normal que envíe a tres guardianes y dos aspirantes a vigilar a su nieta. Quizás piense que entre todos podamos pero, no os ofendáis, vosotros estorbaríais más que ayudaríais.
-¡Eh! -protestaron ofendidos

Pero no hubo respuesta, pues Diego había echado a correr cuesta arriba desapareciendo de su vista en un instante.
Se miraban dudando si acompañarle o permanecer allí cuando empezaron a salir los primeros niños del colegio.
Finalmente, vieron a la niña que salía cargando con una mochila amarilla que ocupaba más que ella y hablando con otra que, seguramente, sería su compañera de clase.

Ambas ascendieron por la cuesta empedrada en dirección hacia Santo Tomé, deteniéndose en el camino para comprarse unas chucherías. Los chicos las seguían a varios metros de distancia para asegurarse de que no se percataban de que las vigilaban, pero Sergio se sentía intranquilo yendo tan separado. ¿Y si, de pronto, salía alguien de la nada y atacaba como habían hecho el día que Silvia llevaba el libro?

Arriesgándose a ser visto, se escondió entre dos coches y se volvió invisible. Una vez se desapareció, corrió hasta situarse junto a las niñas y caminó con los ojos muy abiertos.
Cuando llegaron a la Plaza de San Marcos, las amigas se despidieron tomando rumbos diferentes. Natalia se dirigió hacia la catedral, hasta llegar a la Calle de la Ciudad, donde se detuvo frente a una puerta que golpeó con su pequeña mano.

Sergio aguardó conteniendo el aliento a que alguien saliese a recibirla y la dejase entrar a la seguridad del hogar. Segundos después, una mujer, que rondaba el final de la treintena, abrió la puerta invitándola a pasar.
-¡Hola, tía Cuca! -escuchó Sergio que decía la niña al otro lado.
Tras asegurarse de que nadie le vería, se apareció e indicó a sus compañeros con el pulgar que todo había salido bien.

Se encaminó hacia ellos al tiempo que escuchaba la melodía del teléfono móvil de Óscar.
-Es Diego -dijo mirando la pantalla. Descolgó- No avises a nadie, la niña ya está en casa.
-Teneis que venir... esto es... ¡joder! -exclamó al otro lado
-A ver, cálmate ¿Qué sucede? -puso el teléfono en altavoz y lo situó en el centro del grupo que se cerró en un corro
-...Un desastre... no se como... mierda, mierda ¡¡MIERDA!! -pudieron oir un ruido semejante a un objeto que salía disparado por una patada.
-Diego, por favor, tranquilízate -pidió Silvia- dime lo que ves
-Escombros por todas partes... humo, polvo... sangre... hay mucha sangre... tenéis que venir... están todos muertos.



BSO:


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16 Re: Prólogo y ya veremos. el Lun 28 Feb 2011 - 19:20

Interesante explicación Very Happy

Me da rabia no reconocer la foto T___T

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17 Re: Prólogo y ya veremos. el Mar 1 Mar 2011 - 13:40

Igneo

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CAPÍTULO VI


[Y vi como el Cordero abrió uno de los siete sellos
[...] Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer.]
Apocalipsis (6. 1, 2-3)

Desde fuera no parecía que nada hubiese perturbado la calma habitual en Caelestis, salvo por el hecho de que el portón principal, que daba al recibidor, estaba entreabierto.
Apresuraron sus pasos fatigados cuando vieron la fachada principal y penetraron en el edificio sin detenerse a comprobar si alguien les esperaba.

Fueron recibidos por decenas de cuerpos caidos en el suelo, algunos apilados, como si hubiesen muerto juntos. Por todas partes se esparcían escombros, polvo, astillas, cristales y sangre.
Luis dió un paso hacia atrás con un ligero temblor en sus labios crispados por el pánico. Óscar y Silvia se apresuraron a comprobar si alguno de los cuerpos continuaba con vida mientras Sergio se limitó a caminar lentamente mirándolo todo estupefacto, como si la respuesta a aquella situación estuviese oculta en alguno de los rincones del patio.
-Joder... -murmuró Óscar tras confirmar que todos estaban muertos- No entiendo nada...
-Óscar -dijo Silvia con firmeza. Había tanta frialdad en su voz que no parecía ella- Ayúdale -ordenó señalándole a Luis con la cabeza.

El chico parecía una estatua. Estaba quieto frente a la puerta, con los ojos desorbitados y la boca ligeramente abierta. Óscar se situó frente a él y le pasó la mano frente a los ojos. Inmediatamente, Luis se relajó y siguió a su compañero con la mirada perdida.
-Será mejor que busquemos a Diego -propuso mientras miraba a Sergio de arriba a abajo que continuaba paseando por el lugar- ¿Le hipnotizo también a él?
-No, solo agítale suavemente. Es consciente de sus actos, pero no sabe como reaccionar.

-Sergio ¿estás bien? -le preguntó poniéndole una mano en su hombro. Luis, aun con la mirada vacía, puso su mano en el hombro de Óscar- Tengo que aprender a dar órdenes independientes... -murmuró para sí.
-Sí... creo que sí... es solo que... ¿Quién...?
-No lo sabemos, pero lo averiguaremos pronto. Ahora necesito que seas fuerte y nos ayudes a buscar supervivientes, ¿vale?

Se encaminaron por los patios, pasillos, salas y diferentes pisos de Caelestis tomando el pulso de todos los cuerpos que se repartían aquí y allí.
-Es muy extraño -murmuró Sergio irguiéndose tras su última comprobación- Todos las víctimas pertenecen a Caelestis... no hay ningún extraño.
-Sí -corroboró Silvia caminando por los escombros- Es como... si se hubiesen matado entre ellos.
-¡Eso es absurdo! -descartó Óscar seguido muy de cerca por Luis, que repitió el movimiento de la mano del primero- ¿Por qué iban a hacer eso?

Pero parecía que así era. Muchos presentaban cuchilladas y heridas bastante feas, otros permanecían aferrados al cuerpo de su víctima mientras presentaban varias puñaladas en la espalda. El caso que más les sorprendió fue el de ver a un matrimonio que se habían ahorcado mutuamente, pues todavía cada uno sujetaba en sus manos la soga del otro.

Estaban explorando la zona de la biblioteca, cuando escucharon a Diego gritar en el piso de arriba. Fue un grito desgarrador, surgido de lo más profundo de su ser, tan potente, que apenas tenía voz. A todos, salvo a Luis, se les pusieron los pelos de punta y sintieron como un sudor helado les recorría toda la espalda.
-¡¡MATEOOOO!! -repitió la voz sobre sus cabezas- ¡¡ALÉJATE DE ÉL, HIJO DE PUTA!!

Corrieron lo más rápido posible, pues el temblor de sus piernas les impedía dar zancadas firmes y tropezaron en varias ocasiones al subir las escaleras hacia el lugar de donde provenían los gritos. Diego debía encontrarse cerca de la Galería de Ángeles y así lo confirmaron cuando llegaron hasta allí corriendo por el piso superior del claustro que rodeaba el patio mayor.

Diego forcejeaba con Tadeo que, rojo de ira, empuñaba una de las espadas que colgaban de la sala de reuniones. Tras ellos, caído frente a la puerta de la galería, yacía Mateo que se arrastraba por el suelo intentando alejarse de la hoja brillante que bailaba peligrosamente cortando el aire.

Los chicos corrieron hasta Mateo, tirando de él para ayudarle a ponerse a salvo mientras Diego intentaba inmovilizar a Tadeo sujetándole por la espalda y rodeandole el cuello con los brazos, pero el hombre era demasiado grande para Diego, que bailaba razandeándose colgado de él.
Sergio, viendo que su compañero necesitaba ayuda, tomó una piedra, se hizo invisible y se acercó rezando con todas sus fuerzas para que no le diese ninguna de las estocadas inciertas.
Una vez estuvo cerca, golpeó la mano de Tadeo con la piedra. El hombre gritó de dolor y soló el arma que cayó al suelo ruidosamente. Tras alejarla con el pie, pues Tadeo se inclinaba para recuperarla, le asestó un golpe en la cabeza con todas sus fuerzas, dejándole fuera de combate y con una herida muy fea de la que comenzó a brotar sangre copiosamente.

Diego permaneció sujetando a Tadeo para asegurarse de que no volvía a ponerse en pie. Tras varios segundos en los que el cuerpo permaneció inerte, se levantó jadeando.
-¿Le has matado? -preguntó mirando la piedra ensangrentada.
-No lo sé... -respondió Sergio que había vuelto a aparecerse. Sentía que el corazón le latía con violencia.
-Si lo has hecho, no te preocupes... Se lo merecía...
-Nadie merece morir. Yo... -se excusó
-Este hijo de perra sí... -escupió conteniendo las lágrimas sin mucho éxito- Este... ¡cabrón! -le dio una patada al cuerpo caido- Siempre ha querido el puesto de Mateo hasta el punto de provocar una revuelta el muy... ¡dame la piedra! -ordenó tendiéndole la mano
-No, ya ha recibido bastante...
-¡DAME LA PIEDRA!
-¡Que no! -respondió tirándola al patio, donde rebotó resonando por todo el edificio silencioso- ¡No merece la pena que ahora te ensañes a pedradas con él!

Diego bufó y se alejó de allí dando grandes zancadas. Por un momento Sergio pensó que iba a por otra piedra, pero se relajó al ver que se inclinaba sobre Mateo, que yacía con la cabeza apoyada en las piernas de Óscar. Le acompañó.
-Señor -preguntó Silvia en un susurro- ¿Qué ha pasado? ¿Qué es todo esto?
-Ellos... lo han abierto... lo vi... -le costaba respirar. Sergio se fijó que tenía varias heridas y la ropa empapada en sangre- Avisad al resto... -jadeó- poneos a salvo... los ángeles... corren... peligro...
-¡No, ya no! -dijo Diego- ¡Hemos derrotado a Tadeo! -pero Mateo negó con la cabeza
-Tadeo... solo... solo es una de las primeras víctimas... como todos... los demás... -tomó aire con dificultad- Oidme bien... teneis que huir de aqui... Coged vuestros dibujos y plumas. Aquí ya no están a salvo... encontrad el Libro de los Ángeles y...
-¿A dónde lo llevamos? ¿Qué hacemos con él? -preguntó Silvia
-Destruidlo... -ordenó. Ninguno dio crédito a lo que oían
-Pero señor, ¡no podemos! -discutió Diego- ¡Aun hay cientos de páginas por cubrir, cientos de ángeles por crear!
-El tiempo de los ángeles... toca a su fin... -suspiró- Ya no importan las diferencias entre familias, pues todo somos víctimas de un mismo fin... Se ha roto el primer sello... salvaos... -miró a los cinco chicos he hizo una mueca similar a una sonrisa. El orgullo brilló por última vez en sus ojos- Mis guardianes...

Óscar sintió como el cuerpo de Mateo se relajaba en sus piernas indicando que había agotado sus últimas gotas de vida. Con delicadeza, retiró la cabeza del hombre y la apoyó en el suelo. Después se puso en pie, caminó hasta el poyete que daba el patio y sollozó con fuerza. Luis a su lado imitaba sus movimientos derramando lágrimas silenciosas.
-¡Despierta ya, imbécil! -exclamó Óscar dándole una colleja.
Luis dio un respingo y miró confuso a su alrededor. Tras orientarse, vio el cuerpo muerto de Mateo rodeado por Diego Silvia y Sergio que lloraban en silencio.
-¿Qué ha...? ¿Cuándo...? -esta vez las lágrimas brotaron de unos ojos que gritaban pena.

Perdiendo la fuerza en las piernas, cayó de rodillas y lloró amargamente junto a sus compañeros.

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Abrir la puerta de la Galería de Ángeles les fue más o menos sencillo, pues el don de Luis era endurecer su cuerpo hasta límites insospechados y solo tuvo que embestir un par de veces el portón de madera, que cedió ante las violentas sacudidas. Parecía que Luis volcaba todo su dolor en cada golpe que le asestaba a la madera.

Una vez dentro, comprobaron con tristeza que la mayoría de las hojas se habían enrrollado, quedando, únicamente, un par de dibujos extendidos aparte de los suyos.
Luis repitió el proceso con la vitrina, la cual rompió ruidosamente permitiéndoles coger sus dibujos y plumas.
Estaban recuperando los últimos cuando una sombra les habló desde la puerta.
-¡Vaya! -exclamó sorprendido- Después de todo este jaleo... ¿Queda gente viva por aquí?
-¿Quién eres tú? -preguntó Diego desafiante- ¡¿Qué haces aquí?!
-Mi nombre es Víctor -se presentó caminando lentamente hacia ellos- Y yo, amigo mío, soy la causa de que tú estés ahora rompiendo estás vitrinas.

Contemplaron al hombre que caminaba hacia ellos con parsimonia. Era bastante alto, delgado y con un rostro de facciones bien marcadas. Su pelo era una larga melena plateada, recogida por una diadema de oro blanco. Vestía con lo que parecía ser una armadura hecha a base de cuero remachado. De su espalda colgaban, cruzados, un arco blanco y plateado y un carcaj con flechas rematadas por plumas negras.
-¡Lárgate! ¡Ya no tienes nada que hacer aquí! -exclamó Luis poniéndose ante el grupo.
Aunque no se podía percibir a través de la vista, todos supieron que había adquirido su máxima dureza esperando cualquier golpe.
-Me haceis gracia -continuó Víctor sin inmutarse- Dadme las hojas y no me veré en la necesidad de mataros.
-¡Ni hablar!
-Que lástima... -se encogió de hombros- Yo quería hacerlo fácil...

Descolgó su arco y puso una flecha en la cuerda. Los chicos contuvieron la respiración.
-Aun estáis a tiempo...
-¡Que te largues! -vociferó Luis con los dientes apretados. Esperaba que su dureza resistiese el impacto del proyectil.
-Niño insolente... -murmuró tensando la cuerda y apuntándole al pecho.

Pero no llegó a disparar. Desde el piso de abajo llegó el rumor de varias personas que corrían y exclamaban. Al parecer, no todos estaban muertos.
Pudieron ver un reflejo de sorpresa en el rostro de Víctor, que corrió hacia la puerta para comprobar de donde provenía el jaleo. Presuroso, volvió a tensar el arco, apuntó y disparó. El proyectil silbó cortando el aire e impactó justo en el pecho de Luis, que cayó hacia atrás con un grito ahogado.
Antes de que los demás pudiesen reaccionar, cargó otra flecha, apuntó de nuevo y disparó. Esta vez el proyectil iba dirigido a Diego, pero este pudo mantener la cabeza fria y se retiró a tiempo de ver como la flecha de quebraba al chocar contra la pared.
Luis se puso en pie restregándose el pecho y tosiendo con violencia. Asustado, se palpó el punto donde había impactado el disparo, pero no tenía herida. Habia resistido y eso le daba fuerzas para volver a enfrentarse a él.
-¡Vamos! -le provocó- ¡Tendrás que probar con otra cosa!

Tras escupir al suelo, Víctor se giró y salió corriendo por el patio. Corrieron tras él, pero al salir fue con un grupo de ángeles con quienes se encontraron.
-¡Aquí hay más supervivientes! -gritó uno asomándose al patio

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Los vigilantes del cementerio, así como la prensa, la funeraria y la policía, nunca habían visto un entierro tan multitudinario en Toledo.
Centenares de personas se congregaban en torno a diferentes fosos abiertos en la tierra para darles un último adiós a sus familiares y seres queridos.

Sergio, Óscar, Silvia, Diego y Luis permanecían un poco alejados del entierro de Mateo. Había sido una ceremonia breve y sencilla. Tras varios enfrentamientos, habían conseguido que la prensa no metiese las narices y parecía que, por fin, podrían despedirse de su maestro en paz.

No había sido fácil encubrir la verdadera causa de la muerte de tantas personas. Los ángeles que les encontraron, uno de ellos la mujer que abrió a Natalia mientras la escoltaban, habían eliminado toda prueba que indicase que se habían asesinado entre ellos y prepararon la historia de una banda de ladrones que tenía como objetivo una antigua y cara colección de monedas.

En cuanto a los chicos, les habían acogido, junto con algunos de los ángeles supervivientes que no daban crédito a lo que habían hecho. Cuando los primeros volvieron en sí y se les preguntó que había sucedido, todos coincidieron en lo mismo: Se odiaban hasta el punto de que necesitaban acabar unos con otros. De cuatro que sobrevivieron, dos se suicidaron al no poder soportar el saber lo que habían hecho, un tercero murió a las pocas horas y el cuarto, Tadeo, permanecía con la cabeza vendada y puntos de sutura.

Ahora la familia Caelis no llegaba al centenar de ángeles y parecía que así se quedaría ya que cuando los chicos le dijeron a Tadeo, que había asumido el mando, la voluntad de Mateo de destruir el Libro de los Ángeles este lo aceptó.
-Así se hará cuando lo encontremos -murmuró cuando terminaron de contarle la historia- Si se ha abierto el primer sello, es lo más conveniente...
-¿Qué sello?
-No os preocupéis por eso. Solo procurad manteneos a salvo... ahora, por favor, necesito pensar -les dijo invitándoles a abandonar la habitación que la familia de Mateo le había cedido hasta que se recuperase- Y gracias de nuevo por impedirme acabar con el maestro -murmuró intentando ahogar el llanto- No hubiese podido soportarlo.


Observaron como los últimos familiares abandonaban la sepultura, que acababa de ser cerrada por dos mozos del cementerio. Era una losa de mármol blanco con el epitafio escrito con letras doradas.

AQUI YACE:
MATEO DE LA FUENTE LORENZO
"Mis alas sabrán guiarme"

Sobre esta se alzaba, majestuosa, la escultura de un joven ángel que alzaba su mano derecha hacia el cielo, mientras que en la izquierda sostenía un sencillo cetro. Tenía las alas semi plegadas, como si acabase de posarse en tierra.
-Tenía buen gusto... -murmuró Silvia cuando solo quedaban ellos
-¿Por qué? -preguntó Luis que paseaba la mirada por el epitafio
-El eligió la escultura, el emplazamiento, lo que quería que pusiese en su epitafio...

Sergio alzó la vista y miró a su alrededor. Estaban rodeados por varias sepulturas de diferentes tamaños, colores y formas, a excepción del lado donde estaba el ángel, que tenía un tramo de tierra ocupado por cipreses que se alzaban majestuosamente contra el cielo anaranjado por el ocaso.

Contempló, después, la escultura del ángel, el epitafio y las raices de los cipreses. Paseó alrededor de la sepultura mirando estas tres cosas repetidas veces.
-¿Se puede saber qué estás haciendo? -preguntó Diego molesto
-Creo que acabo de encontrar el escondite del Libro de los Ángeles.



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Para Marina. Ella plasmó su imaginación en esta fotografía y yo plasmé su fotografía en mi imaginación.


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18 Re: Prólogo y ya veremos. el Mar 1 Mar 2011 - 21:54

ErzebethBathory

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Señor destacable
Oissssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss pero qué cosita más rica¡¡¡¡¡¡¡¡¡ cheers cheers

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19 Re: Prólogo y ya veremos. el Jue 3 Mar 2011 - 1:32

Centinela

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Persona Ilustre
¡Jajajajajjjajjaa qué grande!
¡Metanovela!

Buah, estamos a tope con la cope, "El sello se ha quebrado" Twisted Evil

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20 Re: Prólogo y ya veremos. el Miér 9 Mar 2011 - 10:13

Igneo

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Capítulo VII


Recuperar el Libro de los Ángeles fue, relativamente, sencillo. Tal y como había deducido Sergio, este se encontraba en la pequeña parcela de tierra que separaba el camino gris del cementerio de la lápida de Mateo. Estaba bien protegido por un robusto cofre de madera que Luis, Diego y Óscar desenterraron tras abrir varios surcos hasta dar con él, mientras Sergio, invisible, y Silvia, buscando auras ajenas, patrullaban para asegurarse de que no eran descubiertos.

Una vez lo tuvieron en su poder, dejaron el cofre a un lado y rellenaron en silencio los surcos, intentando dejarlo todo como estaba. Para salir, se ocultaron en la penumbra de la entrada a la capilla y aguardaron a que Sergio distrajese al guarda. El plan era sencillo: haría ruidos para llamar su atención y lo alejaría lo suficiente de la puerta de entrada para que los demás pudiesen salir. Una vez estuviesen fuera, se haría invisible y saldría por el mismo lugar dejando al vigilante confuso en la otra punta del camposanto.

Todo salió tal y como estaba previsto y pudieron llevarle el cofre a Tadeo, quien sostuvo el volumen entre sus manos mientras lo examinaba con gran pesar.
-Mi cabeza me dice que debo destruirlo, pero no puedo...
-Maestro -intervino Martina, la mujer que había recibido a la nieta de Mateo la tarde anterior- Es lo conveniente.
-Lo se, lo se... -suspiró- Lo destruiremos junto con el resto de los dibujos.
-¡¿Qué?! -se sorprendió Luis- ¡¿Cómo que con el resto de los dibujos?!
-Se están abriendo los sellos, muchacho. Ya se ha abierto uno y mira en qué ha quedado nuestra familia... Si perdemos nuestras alas ahora, estaremos a salvo.
-¿De qué sellos habla, maestro? -preguntó Óscar
-Los sellos del Libro del Apocalipsis.

* * *

-Estupendo -murmuró Óscar furioso- ¡¿Y ahora qué?!

Cogió una de piedra del suelo y la arrojó a lo lejos, rompiendo el cristal de una de las ventanas que daba al patio. Habían vuelto a Caelestis buscando un lugar donde hablar con calma y privacidad sobre lo que acababa de decirles Tadeo: El fin del mundo estaba próximo y era inevitable.
-Ahora nos toca esperar, supongo -respondió Diego mirando a ninguna parte
-¿Pero en serio os lo creéis? -preguntó Sergio- ¿El apocalipsis? ¿El fin del mundo?
-Es una de las pocas cosas serias que hay escritas.
-Son interpretaciones de sueños y visiones...
-Por eso lo tememos más aun... no sabemos con exactitud lo que nos podemos encontrar.
-¿Y qué tiene que ver con nosotros?
-¿Has leído el Apocalipsis alguna vez? -preguntó Silvia
-No, no está entre mis obras favoritas -pudo percibir que Luis sonreía divertido
-Dice que los encargados de llevarlo a cabo serán los ángeles -explicó la chica- Si no hay ángeles, no hay apocalipsis.
-¿Por eso quería Víctor las hojas y las plumas? -preguntó- ¿Para destruirlas y evitar el fin del mundo?
-Claro. Por eso los pocos que quedamos no volvemos aquí, este ya no es un lugar seguro.
-¡¿Y lo dices ahora que estamos aquí solos?! -preguntó Luis poniéndose en pie de un brinco
-Tranquilo -suspiró Diego con desgana sentado contra una columna- Nuestras hojas ya deben ser cenizas.
-Todavía no -afirmó Silvia- puedo ver vuestras auras. Pero no creo que pase de esta noche. Tadeo ha llamado a los pocos que conservan sus propios dibujos y los destruirán en cuanto lleguen.

Permanecieron en silencio durante unos instantes. Finalmente Luis preguntó al aire:
-De acuerdo que nosotros destruímos nuestras alas y nuestro libro para evitar ser los ángeles que lleven a cabo el apocalipsis -expuso- Pero hay más familias de ángeles ¿tenemos alguna garantía de que todas hagan lo mismo?
-Supongo que sí... -Óscar se encogió de hombros- Es el factor común al que todos los ángeles le tenemos miedo... No es solo destruir a los demás, si no a ti mismo, al menos como hombre. No hay una garantía de que después haya otra vida.
-¿Ah, no? -preguntó Sergio- ¿Y de dónde vienen estos poderes?
-De cada uno. Lo que no se es que tiene el libro para hacerlos florecer... nadie lo sabe.
-Yo si lo se -dijo una voz desde el piso de arriba.

Cuando miraron, vieron a Víctor apoyado en el zócalo del piso superior. Les miraba con una sonrisa irónica.
-Puedo garantizarte que hay vida, después de la carne. Es de donde yo vengo...
-Puedes volverte entonces -dijo Diego con desprecio mientras se ponía en pie- Nuestras hojas y nuestro libro van a ser destruídos en breve. No tienes de qué preocuparte. Ya somos una familia menos.
-¡Claro que no tengo de que preocuparme! -exclamó levantando la voz. Parecía alegre- Pero eso es solo la primera parte.
-¡Y la última! -intervino Silvia- Ya no tienes nada contra nosotros. ¡Márchate!
-Realmente me divertís, creo que ya os lo dije... -sonrió aun apoyado- ¿Pensáis que quiero detener el Apocalipsis? ¡Error! ¡Yo soy el éxito del Apocalipsis!

Los chicos se miraron entre ellos. Sergio arqueó las cejas sin dar crédito a lo que oía. Sin embargo, Óscar, Diego y Silvia temblaban de rabia.
-Hagáis lo que hagáis, los ángeles estais destinados a llevarlo a cabo. Un puñado de cenizas o unas alas perdidas no nos suponen si no facilidades. No hay nada más sencillo que arrebatarle su libro a un ángel sin alas.
-No te entiendo... -dijo Óscar
-No busco los libros de las diferentes familias ni las hojas de los ángeles para destruirlas, sino para unirlas en un único volumen. Un único Libro de los Ángeles que obedecerá cualquier cosa que se les mande. -sonrió
-¡Antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver! -exclamó Luis endureciendose como el acero- ¡Vamos, dispárame una de tus flechas! ¡No me hacen nada!

Casi al instante de pronunciar estas palabras, una nube de plumas blancas envolvió a cada uno de los chicos. Estas se agitaron a su alrededor con violencia y, formando varios remolinos, ascendieron rápidamente hasta perderse de vista en el cielo nocturno.
Cayeron al suelo llevándose las manos al pecho mientras intentaban respirar con dificultad. Sergio podía oir las siniestras carcajadas de Víctor que contemplaba como los chicos luchaban por respirar.

Cuando alzó la cabeza, pudo ver como se daba la vuelta y se encaminaba hacia las escaleras. Segundos después, permanecía de pie frente a ellos, que, poco a poco, habían recuperado el ritmo de sus respiraciones. Se sentían vacíos, como si acabasen de saltar desde una gran altura. Sergio se sintió incompleto al intentar, aun sabiendo que no podría, hacerse invisible. Volvía a ser un hombre normal y corriente.
Todos miraban aterrados a Víctor que les sonreía pacificamente desde el centro del patio en ruinas.
-No lo toméis a mal -dijo con suavidad- Es vuestro destino. El destino de todos los ángeles y de todo el mundo.
-¿Qué ocurrirá ahora? -preguntó Luis jadeando
-Moriréis -respondió sin más- lenta y agónicamente. Habéis tenido las alas tanto tiempo que ya eran parte de vosotros. Al ser destuídas de golpe, es como si os hubiesen arrancado el corazón.
-Imposible... -jadeó Óscar
-Si lo dices por vuestra estúpida condena de romper un dibujo de un ángel traidor, deja que te diga que no era una condena tan limpia como pensábais -explicó como quien habla sobre el clima- Por suerte para vosotros, una condena podía darse cada setenta años, por lo que no os llamaba la atención. Pero alguien que perdía sus alas, moría al cabo de las horas, como si sus fuerzas lo hubiesen abandonado.
-Lo sabríamos, nos habríamos dado cuenta... -dijo silvia aterrada
-Siempre se atribuía a la pena -rió Víctor- ¡Oh, pobre condenado, murió de pena al perder sus alas! ¡MENTIRA! ¡Un ángel ladrón o un ángel asesino no siente lástima por una alas!

El patio quedó en silencio tras el grito de Víctor, que miró desafiante a Silvia invitándole a volver a dudar de su destino. Sin embargo, la chica permaneció mirándole con los ojos bañados en lágrimas.
-No teneis nada que temer -volvió a decir con serenidad- Volveréis a la vida, aunque apenas seréis conscientes de ello. Será una nueva vida en la que empezar de cero. Una vida a mi servicio.
-¡Ni sueñes que obedeceré una orden tuya! -escupió Diego aun con la mano en el pecho
-Obedecerás, ya lo verás -sonrió Víctor- Y me aseguraré de que recuerdes este momento específico cuando hayas cumplido mi orden de matarlos a todos ellos sin darte cuenta.
-Y entonces... -intervino Sergio que había vuelto a caer sobre una de sus rodillas- si morimos... ¿volveremos a vivir pero bajo... tus órdenes...?
-Así es -confirmó- Cuando reuna todos los libros de los ángeles y todos los dibujos, volveréis a la vida.
-Para eso antes... deberíamos... morir ¿verdad?
-Sí, y por lo que te cuesta hablar deduzco que no os queda mucho.
-Antes... antes dijiste...
-¿Qué?
-Que un ángel ladrón no sentiría pena por perder sus alas... -se llevó los brazos al estómago y cayó encogido al suelo.
-Correcto -ignoró como los chicos iban desfayeciendo poco a poco- Están tan inmersos en su ego que no piensan que... ¡NO! ¡¡¿QUÉ HACES?!!

Sergio se había puesto de pie al instante y permanecía firme con los brazos extendidos mientras sujetaba un papel fuertemente entre sus manos. Partió este por la mitad y al instante una explosión de plumas bancas salidas de ninguna parte, comenzó a caer lentamente sobre el chico que desapareció ante sus ojos.
-Robé estas hojas del Libro de los Ángeles hace un par de horas, en el cementerio, mientras mis compañeros rellenaban los agujeros con tierra -sonó la voz enérgica de Sergio en el patio mientras se escuchaba otro papel rasgado y Diego se ponía en pie en medio de una nueva explosión de plumas- Sabía que estaba mal, muy mal -prosiguió al tiempo que sonaba una nueva rasgadura y las plumas envolvían a Óscar que se estiraba como si acabase de despertar de una gran siesta- Pero algo me decía que no era buena idea destruir el Libro de los Ángeles y deduje que, si el libro era destruido, los demás dibujos también.

Silvia se irguió envuelta entre plumas blancas mientras Víctor permanecía paralizado en el patio con la boca ligeramente abierta.
-Eso sí -prosiguió la voz de Sergio por la zona donde Luis contemplaba todo atónito- Me prometí a mi mismo que si mi dibujo no corría peligro, las destruiría con el resto del Libro de los Ángeles -Luis se vio envuelto en plumas y se tambaleó al ponerse de pie.

Una vez hubo devuelto todas las alas a sus compañeros, se apareció entre ellos y miró a Víctor desafiante. Nunca había sentido tanta rabia ni odio hacia nadie, y le daba lo mismo si su nueva pluma ardía por aquellos sentimientos, pero tenía claro que no iba a dejar que aquello terminase así.
-Como podrás comprobar -escupió lleno de ira- soy un ángel ladrón desde que entré aquí y sí he sentido mucha pena por perder mis alas, hasta el punto de robar hojas del libro sagrado por recuperarlas.
-Crío insolente... -murmuró Víctor echando chispas por los ojos
-Ahora -prosiguió ignorando el comentario- Si tienes huevos, ven a por ellas.




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21 Re: Prólogo y ya veremos. el Sáb 28 Mayo 2011 - 18:09

Igneo

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Capítulo VIII

[Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado el poder de quitar de la tierra la paz y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada.]
Apocalipsis (6. 4)

Jamás sabrían si el haber sobrevivido a aquel enfrentamiento fue fruto del azar, un golpe de suerte o la capacidad para actuar en consecuencia en situaciones límite.
Lógicamente, Víctor no perdonó la insolencia de Sergio y, muchísimo menos, el desafío tan descarado que le había arrojado a la cara. El simple hecho de pensar que él y sus compañeros moribundos serían capaces de derrotarle era una grave ofensa que había de ser saldada con la peor y más dolorosa, a la par que humillante, de las muertes.

Tras sostener una mirada furiosa con Sergio, habló alto y claro. No se dirigió a ellos, sino que llamó a alguien que había permanecido en la sombra hasta el momento:
-¡Águeda, querida! -dijo con voz alta y clara sin apartar la mirada del ladrón- Ven un momento. Tengo algo que encargarte.

Escucharon el eco de unos pasos que se acercaban hacia el patio. Por la portada situada detrás de Víctor, apareció una chica joven cubierta por una armadura negra que portaba con soltura, como si fuese la más ligera de las prendas. Una larga melena lisa y de un rojo intenso, caía sobre sus hombros perfilando un rostro fino, de piel tersa, clara y facciones muy bellas. Unos ojos negros, agudos y fríos se pasearon por cada uno de los muchachos al tiempo que la mano derecha acariciaba la empuñadura de la espada que colgaba de su cintura.
-Dime, Víctor -susurró con una voz helada
-Uno de ellos lleva mi marca -señalo a los chicos que permanecían inmóviles- Otro no la tiene por poco, pero estoy seguro de que averiguarás cual... con el resto puedes jugar, pero a los dos que te he dicho, déjamelos para luego.
-Por supuesto -sonrió encaminándose hacia Luis muy lentamente.
-No te demores, aun hay mucho por hacer.
-Será cuestión de segundos... -desenvainó la espada, que emitió un vago destello rojizo a la luz de la luna.

La imagen de aquella chica les había impresionado tanto, que no eran capaces de moverse a pesar de ver como se acercaba a Luis lentamente. Una vez estuvo a su altura, descargó el arma contra el chico, que se encogió sobre sí mismo esperando su final.
Un fuerte sonido metálico se perdió en la noche. Luis permanecía aun encogido, pero la espada no se había clavado en su piel. Ni siquiera le había cortado.
-¡Oh! -exclamó la chica sorprendida- ¡¿Qué prodigio es este?!
-Yo... -murmuró Luis comenzando a ponerse en pie- ...soy indestructible
-¡¿Indestructible?! -Águeda dio un paso hacia atrás. Su joven rostro mostraba una expresión de terror al tiempo que miraba a Luis- No... no puede ser.
-¡Así es! -reafirmó el chico envalentonado por aquel golpe de suerte- ¡Así que será mejor que te largues antes de que acabemos contigo! ¡Ve y dile a Víctor que no nos asusta!

Águeda permaneció en su sitio, temblando ligeramente y contemplando a los chicos uno a uno. Diego, aprovechando la situación, corrió hacia su rival en un vano intento de desarmarla, pero ella fue más rápida y le esquivó.
-Así que el otro eres tú... -murmuró
-¿Qué otro? -preguntó Diego molesto por su fracaso
-Víctor me dijo que uno de vosotros era muy peligroso y nos daría múltiples problemas... Un rival muy fuerte que nos pondría a todos en peligro... -miró a Luis que intentó endurecerse aun más de lo que ya estaba aparentando aumentar de tamaño- Y me habló de otro que no sería ni una hormiga comparada con el primero, pero intentaría rivalizar...
-¿Insinúas que yo soy ese otro? -gruñó
-Lo afirmo, pequeño -rió
-¿Y qué te hace pensar que no soy yo el peligroso?
-Hombre, creo que eso lo hemos visto todos -intervino Luís- Yo he sido quien ha recibido el espadazo y sigue vivo. Soy indestructible...
-¡¿Qué indestructible ni qué niño muerto?! -rugió Diego
-Hombre, el espadazo... -Óscar se encogió de hombros
-¡¿Se puede saber tú de parte de quién estás?!
-Óscar, por favor -rogó Silvia- ¿No ves que eso de indestructible es una estupidez? ¡Si casi se meó cuando vio el panorama de anteayer!
-¡Pero no lo hice! ¿Por qué? ¡Porque soy indestructible!
-¡Porque Óscar te hipnotizó, so memo! -rugió Diego
-Diego, no es necesario insultar -protestó Óscar- Y no le hipnoticé porque fuese débil, sino porque no teníamos tiempo que perder y el necesitaba coger aire
-O un pañal... -murmuró Inma
-¡Repite eso! -bufó Luis encarándose a la chica
-Luís, el indestructible -susurró Águeda con voz suave- No permitas que ensucie así tu nombre...
-¡Te he llamado cagón, señor aura doradasoylalecheperonoseatarmeloszapatos!
-Según me dijiste una vez -recordó Óscar- El aura dorada significa plenitud, éxito, triunfo... Si tiene el aura dorada, dificilmente será un cagón.
-¡Así es como la tiene ahora por culpa de esta calientapollas!

Los gritos de la disputa se vieron cortados por el de un impacto. Diego y Luís rodaban forcejeando por el suelo después de que este último hubiese intentado golpear a Silvia y Diego le hubiese placado para impedirlo. Silvia, tras ver la intención de su amigo, se volvió hacia Óscar:
-¡¿Te parece normal esta actitud?! -preguntó señalándo a los chicos que forcejeaban entre puñetazos, mordiscos e insultos
-¡Sí si vas insultándole por nada, sabionda de los cojones!

Las manos de Silvia volaron al cuello de Óscar, al cual se aferraron con fuerza. El chico se defendió golpeándola en la cara, pero aun así ella no dejaba de apretar cada vez más.
Óscar comenzó a sentir como se le nublaba la vista, cuando un fuerte dolor apareció en el lado derecho de su cabeza y todo se volvió negro.

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Aprovechó el impacto de la llegada de Águeda para desvacerse y seguir a Víctor a fin de poder averiguar a dónde se dirigía. Se sintió agradecido de seguir conservando esa habilidad de poder desaparecer de la vista a voluntad, aunque en aquella ocasión no le sirvió de gran cosa, ya que cuando Víctor llegó a la entrada de Caelestis, se desvaneció sin dejar ni rastro.
Tras asegurarse de que no tuviesen ambos la misma capacidad de hacerse invisibles y le pudiese atacar en cualquier momento, se decidió por regresar al patio.

Se sintió muy culpable por haberles dejado allí solos con la "princesa guerrera", pero a lo largo del día su instinto no le había fallado y decidió seguirlo también en aquella ocasión que le pedía alejarse y seguir a Víctor.
Este sentimiento de culpa se acrecentó enormemente cuando comenzó a escuchar gritos e insultos desde el patio mayor, en el cual se encontraban ellos.

Al llegar contempló una escena que le provocaría pesadillas durante los meses siguiente. Sus amigos luchaban a muerte entre ellos; Luis, de rodillas sobre Diego, que yacía inconsciente y con el rostro cubierto de sangre, no dejaba de propinar puñetazos en la cara a su rival. No lejos de ellos, Óscar luchaba por respirar presa de las manos de Silvia, que tenía la cara llena de magulladuras. Águeda había desaparecido, estando en su lugar una enorme serpiente de fuego que rodeaba a los cuatro chicos, quienes parecían ignorar su presencia. Su cabeza se erguía con la boca abierta y dispuesta a engullirlos.

Movido por un impulso desconocido, Sergio corrió hacia ellos, tomó un grueso escombro del suelo y lo descargó contra la cabeza de Luis, que cayó pesadamente hacia un lado aullando de dolor. Antes de comprobar como estaba, repitió la operación con Silvia, que soltó de inmediato a Óscar, y a éste, que intentó volver a golpear a la chica. Ambos perdieron el sentido.

Se volvió hacia la serpiente, que siseó irritada antes de volver a tomar forma humana.
-Vaya, me había olvidado de ti... -dijo con serenidad. Miró a Sergio de arriba a abajo mientras este soltaba la piedra ensangrentada- Qué chico más valiente.
-¡No! -gimió Luis poniéndose en pie cubierto de sangre- ¡Yo soy el valiente! ¡Yo soy el indestructible!
-Sí, sí que lo eres -admitió Sergio- mucho mejor que yo.
-No, tú eres mejor -afirmó Águeda señalándole- Atravesar la serpiente de fuego... ¡admirable!
-¡Pero yo... yo resistí la espada!
-¡Mucho mejor, ¿Dónde va a parar?! -afirmó Sergio- ¡Estoy de acuerdo contigo, Luis!
-¡No! ¡He dicho que tú eres mejor que él! -vociferó furiosa
-A mi me da lo mismo -Sergio se encogió de hombros- Para mi es mejor él. ¡Es todo un campeón!

Águeda perdió en un segundo todo el atractivo juvenil convirtiéndose en una mujer demacrada, cubierta de heridas y cicatrices. Su pelo se tornó fuego vivo y se acercó a Sergio a quien habló con una voz profunda.
-¡No siempre saldrás tan bien parado, ladrón!

Seguidamente, desapareció en medio de un remolino de fuego dejando de nuevo el patio sumido en silencio y tinieblas. Los cuerpos de Óscar, Silvia y Diego resaltaban entre el suelo lleno de escombros y plumas ensangrentadas. Tras unos segundos de silencio, Sergio se detuvo a pensar en lo que había ocurrido y lo que acababa de hacer. Sus piernas flaquearon tirándole al suelo cuando recordó el momento de atravesar el cuerpo ígneo de la serpiente y aturdir, sin ningún miramiento, a sus amigos.

Gateó tembloroso hasta Óscar y Silvia, quienes respiraban débilmente. Estaba intentando examinar la gravedad de las heridas en la oscuridad cuando escuchó a Luís gemir tras él.
Se volvió a tiempo de comprobar como el chico se arrodillaba junto a Diego y apoyaba la cabeza en su pecho en busca de latido.
-Tú eres mejor, tio -sollozó- De verdad... tú lo eres, no yo... Diego... contéstame, Diego... -rompió a llorar con amargura- Perdóname, por favor... perdóname...


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A Tania, que me ha empujado a escribir un trocito más de una historia que daba por muerta.


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22 Re: Prólogo y ya veremos. el Lun 30 Mayo 2011 - 3:26

Me gustan mucho los diálogos, quedan muy naturales y eso no es fácil :O

Aun así tengo que reconocer que no me he leído todos los capítulos y estoy un poco perdida... xD, de verdad que cuando tenga menos obligaciones volveré.

Un honor que me lo dediques (:

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23 Re: Prólogo y ya veremos. el Sáb 21 Ene 2012 - 18:18

Igneo

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Capítulo IX


[Y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano.]
(Apocalipsis 6. 5)

Tras el encuentro con Águeda en las ruinas de Caelestis, era necesario llevar a Diego, Silvia y Óscar a un lugar seguro donde pudiesen recibir atenciones y cuidados. En un principio pensó en el nuevo refugio de la familia Caeli, pero se dio cuenta de que, si realmente alguien moría a las pocas horas de perder sus alas, el panorama que le esperaba allí no iba a ser, para nada, agradable.

Se tumbó en el suelo sintiéndose derrotado. Lloró la suerte de los ángeles caidos al tiempo que escuchaba los sollozos de Luís, arrependido de haberse ensañado tanto con su amigo. Aquellas personas se habían suicidado sin darse cuenta. Habían muerto cuando, en realidad, pretendían salvar sus vidas. La familia Caeli había reducido su número a cinco miembros. Cinco hermanos, de los cuales tres estaban moribundos. No quedaba esperanza... o al menos eso fue lo que pensó cuando cerró los ojos.

Despertó en un colchón mullido y cálido. Tenía la cabeza apollada en cojines de tacto sedoso y suave que invitaban a prolongar el sueño. A ello se disponía, cuando su razón le indicó que algo no era normal. Él debía estar tirado en el suelo de Caelestis y no acostado en una cama cómoda.

Abrió los ojos y se incorporó violentamente, haciendo que una mujer, que le ponía paños húmedos a Luís en la cabeza, se sobresaltase.
-¡¿Qué sucede?! -preguntó alarmado- ¡¿Dónde estoy? ¿Quién eres?!

La mujer, en lugar de responderle, se dirigió a la puerta de la habitación, se asomó y gritó:
-¡Montse! ¡Se ha despertado uno!
-¡Y si gritas así lo harán también los demás! -respondió una voz desde un lugar no muy lejano- ¡Ya voy!

Pudo escuchar como alguien se acercaba con pasos rápidos por el pasillo hasta llegar a la habitación. Al entrar, miró alrededor hasta dar con Sergio sentado en la cama y se acercó a él.
-¿Qué tal? -le preguntó mientras se sentaba a los pies- ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo?

Sergio examinó perplejo a aquella mujer. Era una anciana, pero derrochaba vitalidad. Sus ojos castaños centelleaban a la luz de la lámparita que había en una mesilla no lejos de donde él se encontraba. Quizás fuese la sonrisa amable lo que le hacía sentir a salvo, o tal vez el delantal con el estampado de flores que le daba aquella imagen de abuela encantadora. El caso era que su sobresalto desaparecía a pasos agigantados.
-Estoy bien... ¿qué...? -miró a la mujer que paseaba por la habitación. Ahora le tomaba el pulso a Diego.
-Les está cuidando -respondió Montse con suavidad mirando también a su compañera- Ese se ha salvado por poco... -suspiró. Se volvió hacia él- Tú debes ser el famoso ladrón, ¿verdad? -sonrió
-¿Qué?
-Perdoname, es que no se tu nombre.
-Sergio
-Encantada, soy Montse. Ángel guardián de la familia Noega
-¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha pasado?
-Eso quiero que me cuentes... si te ves capaz... Nos llegó un aviso de que se están rompiendo los sellos y la familia Caeli iba a destruir su libro y romper sus hojas. Inmediatamente fuimos a ver a Tadeo y encontramos a todos los ángeles muertos.

Sergio, a pesar de haberse hecho a la idea, no pudo evitar de nuevo derramar lágrimas cuando le confirmaron lo sucedido. Realmente, en el fondo de su ser, albergaba una pequeña esperanza de que Víctor mintiese al decir que un ángel moría al perder sus alas. A pesar de haber experimentado él la sensación de angustia y pérdida de vitalidad, confiaba en que los ángeles adultos fuesen más fuertes y lo soportasen.
-Un ángel muere al perder sus alas... -musitó- Están tan unidas a la persona que forman parte del propio ser y... son necesarias para que viva...
-Se confirma la teoría... varios ángeles lo han planteado así a lo largo de los siglos, pero no se podía confirmar a ciencia cierta. Siempre se atribuía a la pena de la pérdida... Ahora quiero saber algo más. ¿Qué hacíais en Caelestis mientras el resto de vuestra familia destruía vuestro Libro Sagrado?
-...Nosotros... no estábamos de acuerdo con esa decisión y no queríamos estar presentes. Posiblemente la mansión Caelestis nos hiciese sentir más seguros, no lo se...
-¿Y qué más pasó?

Sergio miró fíjamente a los ojos de aquella mujer. Mantenía la serenidad, pero en su rostro se reflejaba la impaciencia por conocer todos los detalles acerca de lo ocurrido aquella noche.
Era estúpido negar que habían tenido un enfrentamiento, cuando les habían encontrado desfallecidos, heridos y ensangrentados en medio de una casa en ruinas.
-Nos atacaron.
-¿Otros ángeles?
-No lo se... no lo parecen. Parecen más bien... -dudó si decir aquella palabra al recordar como Diego, Silvia y Óscar se habían reído cuando la dijo por primera vez. No obstante, no sabía como terminar la frase- demonios.
-Ya... ¿podrías describirme a esos demonios?
-Uno se llama Víctor... Es... no se... alto, pero largo y albino. Lleva una armadura de cuero, o algo así, y lleva un arco a la espalda... Habla siempre muy sereno y confiado...
-¿Y qué habilidad ha demostrado tener? -preguntó entornando ligeramente los ojos
-Pues... ahora que lo dice...

Sergio permaneció unos segundos en silencio, pensando qué habilidad sobrenatural había mostrado Víctor ante ellos. En primer lugar le vino a la mente el hecho de que las personas se enfrentasen entre sí, pero esa misma noche había visto que esa era la facultad de Águeda y dos ángeles distintos no podían tener un mismo don. Un destello cruzó su mente añadiendo una nueva pieza a su rompecabezas: ¡Águeda había sido quien provocó que los miembros de Caelestis se mataran entre ellos! Víctor solo dió la orden, al igual que hacía un par de horas, había ordenado a Águeda que acabara con ellos.

-¿No lo sabes? -preguntó Montse tras unos segundos de espera
-Ciertamente no... parece ser que hace que se cumpla su voluntad, pero no estoy seguro.
-¿Quién más había?
-Águeda
-¿Una mujer?
-Sí... pelirroja, con una gran melena. Llevaba una enorme armadura negra y una espada. ¡De esa si conozco su don y es hacer que las personas se enfrenten entre ellas a muerte! Así es como consiguieron acabar con la mayoría de la familia Caeli
-Ya veo
-¿Y cómo eran los demás?
-No había más. Sólo ellos dos.
-Os encontramos vivos ¿cómo les vencísteis?
-No les vencimos, se fueron ellos.
-¿Os atacan y se van sin mataros? -Montse frunció el ceño contrariada- No tiene sentido.
-Víctor le ordenó a Águeda que acabase con nosotros y se marchó, supongo que dándonos por muertos.
-¿Y ella qué hizo?
-No lo se bien... yo me volví invisible y...
-¡Ahá, ese es tu dón! -sonrió
-Sí. Me volví invisible y traté de seguir a Víctor, pero le perdí el rastro. Al volver, vi que Águeda se había convertido en una gran serpiente de fuego que rodeaba a mis compañeros, que se estaban matando entre sí, y se disponía a tragárselos.

Se le puso el pelo de la nuca de punta al recordar aquella escena.
-¿Qué hiciste entonces?
-Al verles pelear entre ellos, no pude evitar recordar los cadáveres que encontramos cuando atacaron Caelestis. Parejas, amigos, familiares que se habían matado entre ellos... no se por qué, pensé que para que se enfrentasen tuvo que haber un odio mutuo, así que... digamos que me preparé a recibir ofensas...
-¿Ofensas?
-Sí, insultos, degradaciones... algo que me hiciese sentir odio hacia otro... si yo no odiaba, no podía provocar odio y así bloqueaba el enfrentamiento... no se explicarlo.
-Te entiendo, es muy astuto. ¿Qué pasó después?
-Estuve a punto de fallar.
-¿Por qué?
-Porque lo que recibí no fueron insultos, sino halagos... Águeda debió averiguar mi táctica al ver como separaba a mis compañeros y utilizó la rama inversa. Me halagó e insultó a Luís.
-Entonces te resultó más sencillo...
-Al contrario... me enorgulleció enormemente el hecho de que un enemigo tan poderoso y, al tiempo, una chica tan espectacular, me halagase y admirase. Mi ego voló hasta una altura en la que me sentía realmente poderoso... sin embargo, no se bien por qué, tal vez algo me decía que todo era un engaño, logré mantenerme firme y evitar llevarle la contraria a Luís, que luchaba por ser su favorito... si yo no suponía un obstáculo para el objetivo de Luís, éste no me atacaría. Si no me atacaba, no había enfrentamiento, por tanto el poder de Águeda se anulaba.
-¿Cómo pudiste pensar eso en una situación así? -preguntó Montse entornando los ojos, como intentando leer su mente
-No lo sé... -murmuró- Mateo me dijo poco antes de morir, que con el tiempo no sólo mi cuerpo se haría invisible.
-No lo comprendo.
-Al parecer mi don es desaparecer por completo, en todos los sentidos. Supuestamente, si lo llevo al máximo, no se me podrá ver, oir, oler, no dejaré huellas de ningún tipo, mi aura, mente, alma... todo será indetectable... Creo, partiendo de esto, que en momentos de máximo peligro o tensión vuelvo involuntariamente invisible mi miedo y puedo razonar con serenidad y rapidez...
-Eso es fantástico
-Es agotador...
-Antes de que termines de agotarte quiero que me respondas a una última pregunta, espera un momento.

Sin dar lugar a reproches o dudas, Montse se levantó y salió hacia el pasillo con su andar de pasos cortos y rápidos. Sergio echó un vistazo a sus compañeros que continuaban dormidos y a la mujer que le miraba con interés.

Antes de que pudiese decir nada, Montse reapareció con un grueso y viejo libro entre sus manos. Se sentó de nuevo a los pies de la cama y lo abrió pasando hojas de un lado a otro. Finalmente, dio con la página que buscaba y le tendió el libro. Le señaló una hoja ocupada por completo por un dibujo.
-¿Son ellos?

En el papel aparecían dibujadas cuatro personas. Dos de ellas llamaron especialmente su atención. Una armadura de placas y otra de cuero, una espada, un arco, pelo rojo, pelo albino. Las facciones de los rostros no coincidían apenas con los reales, pero no tuvo ninguna duda. En ese dibujo aparecían Víctor y Águeda. Sergio contempló la imagen con el ceño fruncido durante unos segundos y miró a Montse, en cuyo rostro se reflejó un claro gesto de preocupación cuando el chico asintió con la cabeza.

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