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Carlos Alcázar

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1 Carlos Alcázar el Jue 6 Mar 2014 - 15:36

Igneo

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Moderador
Llevo un tiempo realizando una serie de ejercicios de redacción que consisten en reunir palabras que me dan mis contactos de facebook de forma aleatoria y, con ellas, redacto un cuento improvisado. De estos ejercicios nació un personaje al que he recurrido cada vez con más frecuencia; Carlos Alcázar. No os hablaré de él, puesto que apenas tiene un perfil bien definido, pero tengo la sensación de que cada vez iré añadiendo más historias suyas.

Me ha parecido interesante separarle del resto de los relatos porque nunca cierro sus capítulos. Yo me limitaba, y por ahora lo seguiré haciendo, a completar el texto con las palabras que me daban. No obstante, el hecho de aparecer en distintas ocasiones hace que en los relatos recientes se mencionen los anteriores, de forma que se va completando la historia con pequeñas pinceladas.

Por ahora son relatos cortos, independientes unos de otros a pesar de las referencias.

Espero que os guste leerlo tanto o más que a mi escribirlo.

Aquí os dejo el primero.

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DE ALGO HAY QUE MORIR

No terminó de cerrarse la puerta del portal, cuando ya sostenía un cigarrillo entre los labios. Se detuvo un instante antes de comenzar a caminar y, aun en lo alto de las escaleras, rebuscó su mechero entre los bolsillos del abrigo.

Aspiró lentamente el humo de la primera calada, lo retuvo en los pulmones y lo expulsó al cabo de unos segundos mientras se preguntaba por dónde empezar.

Extrajo su libreta de apuntes y revisó las anotaciones que había hecho hacía poco menos de una hora: un chico había aparecido muerto en uno de los laboratorios de la Universidad, en la facultad de biología, concretamente. Al parecer, según le había informado su compañero Gonzalo, que ya se encontraba allí, no había ninguna señal de pelea en el laboratorio. Esto solo podía significar que el cuerpo había sido depositado allí después de haber sido asesinado en otra parte.

-¿Sabemos la causa de la muerte? –preguntó cuando recibió la llamada

-Tiene media cabeza hundida. Nos han confirmado que el arma ha sido una losa de piedra

-¡Qué agradable para empezar el día! – ironizó- ¿Qué sabemos de la víctima?

-Alberto Soriano, 23 años. Estudiante universitario, aunque esta no es su facultad. Aparte de la documentación, llevaba encima un bote de metadona.

-¿Un yonki? –preguntó anotando los datos en su libreta mientras sostenía el capuchón del boli con los dientes.

-No lo creo. Un camello, más bien. Yo diría que el bote es robado, ni siquiera está abierto.

-¿Robado?

-Era estudiante de farmacia. Sabría de donde sacarlas, creo yo…

-Ya veo… -anotó eso también- ¿Crees que ese podría ser el motivo por el que se lo cargaran?

-Es posible, pero no lo daría por seguro. La losa con la que le han reventado la cabeza tiene inscripciones.

-¿Inscripciones?

-Así es

-¿De qué tipo?

-No se… letras, supongo. Ahora busco un diccionario Piedra – s.XXI y te lo traduzco. ¡solo la he visto en foto!

-Epigrafía.

-¿Qué?

-Para leer una piedra con inscripciones antiguas, hay que saber epigra… ¡bah, da igual! ¿Qué tiene que ver eso con el motivo del asesinato?

-Parece ser que la piedra pertenece a una colección que lleva unos meses expuesta en el museo Juan Carlos I. ¿Quién iba a arriesgarse a robar una lápida de miles de años para usarla como arma homicida?

-Y además para cargarse a un camello imprudente.

-¡Exacto!

-Vale, veo por dónde vas… ¿Se sabe dónde tuvo lugar el crimen?

-Aun no. El rastro de sangre se pierde en el césped que rodea el campus. Hay un par de la científica buscando.

-Bien –revisó por encima las anotaciones que había hecho- ¿Algo más que deba saber?

-No, nada importante por el momento.

-De acuerdo. Termino unos asuntos y voy para allá.

-Por favor date prisa –rogó- Estoy empezando a hartarme de estos niños de papá.

-No seas quejica –rió- No será para tanto.

-Ya lo comprobarás tú mismo. Cada vez que me acerco a algún estudiante, me miran como si fuese a picarles una abeja del tamaño de un elefante.

-Siempre has sido muy grande. Les impones.

-Seguro que es eso…Tú date prisa en venir y salgamos cuanto antes de este jardín infantil -murmuró antes de colgar.

Recordó esta conversación al tiempo que revisaba las notas que había tomado para comprobar que no se le había pasado nada por alto a la hora de preguntar. Prefería llegar a las escenas de los crímenes con la mayor cantidad posible de información. Así podía establecer una lista de prioridades para cuando llegase al lugar.

Dio una nueva calada. Sabía que Gonzalo estaba esperando, pero decidió fumarse el cigarro con calma. Era cierto que la actitud y las últimas medidas del gobierno, a las que se sumaba la nulidad cerebral de la brigada de antidisturbios, habían provocado una mala fama y una actitud de rechazo hacia el cuerpo de policía. Por eso la gente se mostraba tan reacia a colaborar con ellos. Era tal el rechazo, que solo sacaba la placa, que tan orgullosamente había lucido años atrás, si era estrictamente necesario.

Esa era otra de las razones por las que no le corría prisa llegar a la universidad. En aquel momento, cualquier agrupación de jóvenes era un hervidero de ideales y sensacionalismos que podían exaltarse con muchísima facilidad. Esperó que aquella situación no interfiriese en el desarrollo de la investigación.

La melodía estridente del teléfono móvil le sacó de su ensoñación. Era Gonzalo de nuevo.

-¡¿Dónde coño estás?! –preguntó nada más saber que había descolgado

-De camino – respondió con resignación mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba.

-Venga, joder. Este sitio empieza a darme alergia.

-Vale, vale. ¿Has conseguido hablar con alguien? –preguntó para cambiar de tema

-No más de dos minutos. Todos ponen la excusa de que están en época de exámenes y no pueden entretenerse.

-¡Imponte, joder!

-Está el ambiente aquí como para presionar a nadie…

-De acuerdo; ¿qué dice el personal docente?

-Lo mismo que los alumnos. Los exámenes de hoy y de mañana se han suspendido y están con la excusa de que tienen que hacer nuevos horarios.

-¡Venga ya! – no podía dar crédito a la pobreza de aquellas excusas- ¡Tienen un fiambre en la facultad y se preocupan por sus exámenes!

-Ya ves…

-¿Has hablado con los conserjes? ¿Con el vigilante nocturno? ¿Qué sistema de seguridad tiene la facultad?

-Sí, he preguntado. Ninguno afirma haber visto u oído nada. Las cámaras del interior del edificio son de pega y las exteriores no grabaron nada raro.

-Ahí tienes una pista; el o los asesinos, conocen la facultad lo suficientemente bien como para colarse por la noche sin ser vistos. Yo apostaría a que el vigilante sabe algo. Pregúntale.

-¿Y qué le digo?

-¡Joder, Gonzalo, que pareces nuevo! Insístele en que te repita como vigiló anoche: rondas, recorridos, horarios. Que recuerde detalles que pueda haber pasado por alto.

-Vale, me pongo con ello. ¿A ti te falta mucho para llegar?

-No, tranquilo. Ya voy –colgó

Devolvió la libreta a su sitio y sacó el paquete de tabaco. ¡A la mierda el propósito de fumar menos! Total, de algo había que morir y, a fin de cuentas, todo el mundo acaba en una caja grande y bajo tierra.

Se encaminó hacia donde tenía aparcado el coche mientras tanteaba en sus bolsillos buscando el mechero. Lo usaba tantas veces que lo guardaba de forma automática y no recordaba nunca dónde. No obstante, lo que sacó del abrigo, otra vez, fue el teléfono que volvía a sonar.

-¡Que ya voy, joder! –protestó irritado

-Sí, pero ya con calma. Tenías razón, en cuando le he dicho al vigilante que quería hablar de nuevo con él se ha puesto a cantar. ¿Cómo lo sabías?

-No se… intuición… me parecía raro que alguien colase un cadáver a rastras en una facultad, lo paseara hasta los laboratorios y que ni las cámaras ni el vigilante viesen nada.

-Pues has acertado. No obstante, sigo necesitando que vengas porque él se ha declarado culpable, pero ha dado un par de nombres más. Te toca a ti hacer las preguntas.

-Es justo.

-Y comprar el desayuno.

-Eso ya no tanto.

-¿Qué te cuesta pagar dos cafés de sobre y un par de bollos en la cafetería?

-Vale, vale. Te estás aprovechando demasiado de mi retraso.

-Y de que llegues tarde –rió

-Ja ja, ¿vas a tener para mucho?

-¡Ya lo creo! Me voy a poner morado –soltó una carcajada- En fin, te espero en la entrada, junto al póster de grandes mamíferos.

-Eso, quédate en familia.

-¡Cabrón!

-Hasta ahora, Papá oso –colgó.

Sonriente, subió al coche, se abrochó el cinturón y encendió el cigarro que había sostenido en los dedos durante toda la conversación. Arrancó el motor y se perdió entre el tráfico.

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Espero que os haya gustado. Aquí dejo el link en el que se ve la lista de palabras que me dieron y las mismas resaltadas a lo largo del texto.
http://destoquello.tumblr.com/post/73527587149/de-todos-y-para-todos


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2 Re: Carlos Alcázar el Lun 10 Mar 2014 - 1:24

Igneo

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ME LLAMO VÍCTOR, Y ESTA ES MI HISTORIA.

Dicen que los sitios donde más sucesos extraños ocurren son los hospitales abandonados. Especialmente los manicomios. Se basan en la afirmación de que todo el dolor, el sufrimiento y las fuertes emociones en ellos vividos, se van concentrando en los muros para, con el tiempo, aflorar de diversas maneras dejando un testimonio eterno de lo que allí aconteció.

Discrepo.

No soy psicólogo y ni parapsicólogo. No tengo ni idea de ciencias ocultas o misterios del universo. Sin embargo, ya había estado antes en hospitales abandonados y jamás había vivido nada como lo que ha sucedido aquí. Es… tan…

Empezaré por el principio (¿Por dónde si no?). Soy Víctor Hornillos, y me dedico a la restauración de edificios. Especifico de edificios porque cada vez que digo que soy restaurador a secas, me preguntan si lo del Ecce Homo de Borja tiene arreglo.

A lo que iba. Vine aquí por un encargo. Bueno, mejor dicho, por un favor. Pablo, un antiguo compañero del instituto, me pidió mi opinión personal acerca de este lugar. Cuando me llamó me dijo que se trataba de una escuela. ¿En medio de un bosque perdido en la montaña? Supuse, al saber esto, que se trataba de algún tipo de internado. No me quedé muy lejos de acertar.

Se trataba de una finca entera dedicada a ser un centro para casos de jóvenes peligrosos. Hizo las funciones de cárcel, internado y hospital psiquiátrico durante más de 200 años. ¿Entiendes ahora que discrepe de la afirmación anterior?

Al parecer la ubicación no fue elegida al azar. La finca debía ser amplia para poder tener instalaciones aisladas entre sí, de manera que pudiese tenerse a los sujetos repartidos y clasificados según sus condiciones. Aparte, era preciso que contara con extensas hectáreas de bosque, terraplenes y barrancos en los alrededores para evitar los intentos de fuga. Sinceramente, a mí con saber que por la zona rondan lobos y osos, me valdría para quedarme dentro. Al menos eso es lo que pensaba antes de entrar. Ahora me dicen que hay tigres, dinosaurios y perros del infierno, y no dudo en bajarme la montaña en una bicicleta de ruedas cuadradas y sin frenos.

Vine con Alex, mi compañero de trabajo. Era diseñador y decorador. Un verdadero genio. Le gustaba decir que era mi ayudante de laboratorio porque experimentaba con lo que yo hago. Tardamos bastante en llegar porque nos perdimos un par de veces. Llegamos a atravesar zonas donde el follaje de los árboles era tan espeso que no podíamos ver el cielo.

Una vez llegamos, eché un rápido vistazo al edificio principal mientras nos poníamos los cascos de obra reglamentarios. Estaba en buenas condiciones, salvo por la pintura desconchada, un par de vigas de madera que necesitaban un cambio y una grieta que se extendía por el muro empujada por una enredadera que ocupaba casi todo el lado izquierdo de la fachada.

Una vez dentro, Pablo nos paseó por un amplio recibidor de aspecto serio y lujoso, cubierto por una espesa capa de polvo y telas de araña. Me habría gustado tener una escoba para hacer dibujos en el suelo, como si pintara con un pincel gigante. Es una manía que tengo; si veo un cristal empañado, tengo que plantar el dedo.

La primera parte de la visita resultó ágil y agradable. Según nos explicó nuestro anfitrión, estábamos en lo que en los archivos llamaban “La Mansión”. Allí residían el director y el personal sanitario, psiquiátrico y docente, así como los vigilantes. Siguiendo la ruta, en el que fue el despacho del director, encontramos una serie de elementos que parecían indicar que su ocupante se había marchado de allí sin recoger; un jarrón chino falso, unas cuantas facturas de lo que parecía ser una parroquia italiana (no lo sé, no hablo italiano), una alfombra bastante mullida… Pablo no supo darnos una explicación. Al igual que nosotros, era la primera vez que visitaba el lugar.

Allí encontramos también un mapa de las instalaciones. Al parecer la finca se dividía en tres sectores. El sector 1, al oeste, albergaba a los jóvenes menos peligrosos. Chicos problemáticos pertenecientes a familias adineradas que prefirieron dejarlos a cargo de una institución antes que preocuparse por sus inquietudes. También se encontraban allí el comedor, el salón de ocio y la biblioteca. El sector 2 se encontraba al norte. Ahí estaban los jóvenes con delitos en sus expedientes: robos, violaciones, asesinatos… de todo. Al igual que los anteriores, el hecho de pertenecer a familias con poder y dinero, les había dado la oportunidad de estar allí y no en una cárcel común o sentenciados a muerte. Según nos explicó Pablo, algunos con delitos menores tenían permiso para acceder al sector 1 y disfrutar de las instalaciones.

Finalmente, el sector 3 estaba al este. Me llamó la atención la particularidad de que estuviese rodeado por un muro. Viendo el desarrollo de las explicaciones, no necesité preguntar el motivo. Allí estaban los verdaderamente peligrosos. Sujetos de conducta psicótica, esquizofrénica, maníacos… algunos de los ingresos los pagaba el Estado, puesto que se habían escapado de todas las prisiones anteriores o habían causado grandes disturbios en las mismas.

Tras las explicaciones de Pablo, nos encaminamos hacia los distintos sectores. A excepción de algunas vigas, marcos de ventanas o reformas sin importancia, los sectores 1 y 2 no precisaban obras de gran envergadura, lo que alegró a nuestro guía. Aquello le facilitaría mucho las cosas para montar su albergue de verano.

Recuerdo que a medida que nos acercábamos al sector 3, la vegetación estaba más descuidada. Un olor nauseabundo empezó a invadir el entorno y, para cuando llegamos a la entrada del muro, Alex ya se tapaba la nariz y la boca con la mano y me miraba con desconcierto.

Atravesamos el portón de acero y, de ahí, el jardín lleno de matojos y hierbas altas y secas. En el trayecto hacia el pabellón médico, observé nubes de moscas que se arremolinaban en distintos puntos. No pude ver en torno a qué, porque lo ocultaba la hierba, pero ahora mismo puedo hacerme una idea bastante clara de lo que era.

El recibimiento al abrir la entrada del pabellón se compuso por un zumbido constante de moscas, el sonido de algo viscoso y un denso olor a putrefacción. Recuerdo que Alex no pudo contener el vómito y Pablo se alejó dando grandes zancadas al tiempo que agitaba la mano para abanicarse. Yo permanecí donde estaba, mudo de asombro y viendo como un torrente de moscas salía disparado hacía el jardín.

Aguantando la respiración, eché un vistazo rápido desde la entrada. El haz de luz que proyectaba mi linterna, me permitió ver el espectáculo más dantesco y espeluznante de toda mi vida. Esparcidos por el suelo, había varios bultos cubiertos por miles de gusanos. Mis sospechas acerca de su identidad quedaron confirmadas cuando vi una cabeza, sin lugar a dudas humana, medio devorada y descompuesta tirada en un rincón. Los gusanos que salían por las cuencas de sus ojos y descendían por sus mejillas, le daban un aspecto siniestro y lastimero a la vez.

Permanecimos un rato en la entrada recuperando el aire y la compostura. Acordamos llamar a las autoridades para que se hiciesen cargo y tomasen las medidas que considerasen convenientes. Pero mientras esperábamos, escuchamos un ruido que provenía del interior. Era como si algo, o alguien, arrastrara algo pesado y metálico; el somier de una cama, quizás. Desde la entrada, enfocamos las linternas hacia el interior, pero no vimos anda extraño.

Picado por la curiosidad, Pablo dio un paso al frente y avanzó con cautela por el pasillo del recibidor. Alex y yo permanecimos un poco atrás, pero nos decidimos a entrar cuando le perdimos de vista. Caminamos con cuidado de no pisar los restos de los cuerpos, pero era imposible. Todo el suelo estaba cubierto por una capa de lo que parecía un lodo grasiento de vísceras y gusanos que emitían un chapoteo pastoso y repugnante con cada paso que dábamos.

Nos detuvimos al final del pasillo, en la intersección frente a las escaleras, para averiguar qué camino había tomado Pablo. Pensábamos girar hacia la izquierda, cuando escuchamos un alarido seguido por una sucesión de golpes y chillidos. Paralizados por el miedo, permanecimos atentos a cualquier sonido que pudiese indicarnos qué había ocurrido. Segundos después, percibimos un gorgoteo y el ruido de succión y ansias al masticar.

Alex comenzó a caminar hacia la salida, pero el temblor de piernas le hizo resbalar y caer al suelo. Gritó asqueado al verse rebozado entre las vísceras del suelo, llamando la atención de lo que quisiera que fuese lo que había atacado a Pablo en el piso de arriba.

Instintivamente, me oculté detrás de la puerta que tenía más cerca, la del pasillo de la izquierda. Sé que actué por impulso y el miedo no me dejó razonar debidamente. Sé que esto me salvó la vida, pero no puedo perdonarme por haber dejado a Alex abandonado. Como deduje, la criatura bajó por las escaleras alertada por los gemidos aterrados de Alex, quien se quedó paralizado al contemplarla.

Era una especie de hombre, muy delgado y de piel grisácea y lacia. Los ojos, enormes y muy abiertos, como los de un aye-aye, estaban blancos y sin vida. Si no era ciego, poco le faltaba. Su boca, empapada en sangre fresca, emitía un gorgoteo angustioso, como si padeciese una congestión constante que le impidiese respirar debidamente. Caminaba encorvado, con los brazos medio erguidos y las manos, acabadas en garras sucias e irregulares, estiradas como si acabase de ponerse pintauñas o quisiese lucir un anillo lujoso.

Su cuerpo escuálido estaba cubierto por una sábana sucia y vieja que vestía a modo de delantal. Por distintas partes se veían costuras infectadas a medio cicatrizar, con partes de animales, como cuernos o espinas, que colgaban de sus codos, rodillas y espalda. Era como un ornitorrinco humano.

A pesar de su más que probable ceguera, giró la cabeza hacia Alex. Estoy seguro de haber visto que sonrió al percibir a su nueva presa. Se avalanzó sobre él enmudeciendo el grito de pánico de su víctima al arrancarle la garganta de un mordisco. Contemplé horrorizado como el cuerpo de mi amigo se convulsionaba mientras era devorado vivo.

Huidizo como un hámster, retrocedí por el pasillo alejándome, hasta atrincherarme en la primera habitación que encontré abierta. Resultó ser un despacho. Bloqueé la puerta con el escritorio y un archivador e intenté huir por la ventana, pero tenía barrotes. Me había atrapado a mi mismo.



Mi teléfono no tiene cobertura, no puedo llamar.



Me aburrooooooooo



No me queda batería. No debí intentar llamar tantas veces sabiendo que no hay cobertura.



No sé cuánto tiempo llevo aquí. Me he dormido un par de veces. Una de las veces que desperté era de noche.



¿Por qué no viene nadie? ¡Llamamos a la policía antes de entrar!



He intentado salir, pero monta guardia por el pasillo. ¡Casi me atrapa!



¡NO QUIERO MORIR, JODER!



¡AYUDA, POR FAVOR!



Sabe que estoy aquí. Le oigo respirar. Oigo ese maldito gorgoteo angustioso… Araña la puerta, como si la acariciase. Sabe que antes o después podrá entrar.



Adiós. Sé que no saldré jamás de aquí. Tengo frío y hambre. No sé si vendrá alguien a buscarme. Yo me perdí buscando este lugar, puede perderse cualquiera. En fin… Hasta siempre.

* * *

Releyó las últimas anotaciones del cuaderno que les habían dado en la entrada antes de pasárselo a Gonzalo. Echó un rápido vistazo a la sala mientras esperaba a que su compañero terminase de leer. El cuerpo ya no estaba, pero lo encontraron tirado en un rincón del suelo, encogido. Según el informe había muerto de frío. Lo que si dejaron fue el rincón que la víctima usó como retrete y el póster, con la foto de una galaxia, que le sirvió como papel higiénico.

La Guardia Civil había logrado entrar en la habitación embistiendo la puerta con un ariete. Así encontraron a Víctor Hornillos, el único cadáver sin descuartizar de todo el edificio. Al parecer, el relato de su cuaderno de anotaciones, fue el motivo por el que les llamasen. Desde que cerraron el caso de la lápida romana, cualquier historia con un mínimo toque paranormal se la encargaban a ellos.

-¿Un monstruo caníbal? ¿En serio? –preguntó Gonzalo cuando leyó esa parte

-Eso dice

-¿Alguno de la Guardia Civil vio algo que se pareciese a lo que dice aquí?

-No, ninguno vio nada.

-¿Y por qué nos hacen venir, entonces? –protestó - ¿Sabes dónde podría estar ahora? ¡En Cádiz, en la playa!

-Y yo en Monza con los de Ferrari, ¿no te jode? ¡Estarías en tu casa haciendo el vago, que te conozco!

-Disfrutando de un buen vino.

-Vale, pues terminemos deprisa y te compro un sacacorchos para tus bricks de buen vino –dijo ignorando la mirada de reproche de Gonzalo- Al tema ¿Has visto algo que te llame la atención?

-Cuando empezó a escribir tenía esperanzas de ser rescatado –explicó resentido- Bromea en algunos puntos. A medida que avanza su relato se va desesperando. La letra se vuelve más grande y crispada.

-¿Y por qué lo escribió?

-A saber. Estaba solo, asustado y aburrido a la vez. Tenía una libreta… puede que escribir un diario le ayudase… mira, aquí se entretuvo pintando.

-¿Qué es eso? –preguntó señalando un dibujo- Parece un perro salchicha muy largo.

-Es Fuyur, un dragón de la suerte. Puede que pintarlo le diese esperanzas, no lo sé. También pintó casas, coches y algunas cenefas…

-Ya… pues mucha suerte no le ha dado, la verdad. En fin, registremos esto y larguémonos cuanto antes. No aguanto más este pestazo.

-Estoy de acuerdo –respondió Gonzalo devolviendo el cuaderno a su bolsillo- Odio cuando nos mandan a buscar tonterías de este tipo.

-¿Quién sabe? Puede que algún día nos topemos con un unicornio.

-¿Un unicornio?

-¡Ya sabes; un caballo con una aguja en la cabeza!

-Seguro que sí…

Avanzaron con cuidado de no resbalar. A pesar del escepticismo en cuanto a monstruos, caminaban atentos a cualquier detalle y con las pistolas en la mano.

-¿Y si lo dejamos? –preguntó Gonzalo después de examinar la planta baja- En serio, sí de verdad hubiese algo lo habrían visto los civiles.

-No necesariamente –respondió Carlos empujando una puerta con la punta del pie para abrirla. Examinó el interior vacío de la habitación y prosiguió su camino- Los civiles eran demasiados. Puede que el bicho se sintiese amenazado por su superioridad numérica.

-O puede que ni exista.

-Que es lo más probable, sí –afirmó con despreocupación- Pero nos han llamado para que lo investiguemos, y lo menos que podemos hacer es echar un vistazo y confirmar que ese cuaderno solo recoge los delirios de alguien que se volvió loco al ver la masacre que había aquí dentro.

-Ya… supongo que sí… Oye; ¿te parece que cenemos un kebab esta noche?

-¡¿En serio?!- Carlos se detuvo y se volvió hacia su compañero con gesto de incredulidad- ¿En este lugar y momento te pones a pensar en la cena?

-Pienso en lo que me gustaría hacer cuando salga de aquí –protestó- He estado en demasiados sitios y he visto demasiados crímenes como para que esto –señaló a su alrededor- me quite el hambre.

-¡Joder, macho, lo tuyo es de órdago! –murmuró retomando el camino- ¡Menos kebabs y esas mierdas y más coliflor es lo que te hace falta!

-¡Venga, genial! –exclamó volviendo a detenerse- ¡Vuelve con el tema! ¡Gonzalo está gordo; no necesita disparar, le vale con escupir los huesos de las aceitunas! ¡No baja las escaleras, las rueda y crea una rampa para minusválidos!

-Esa última es buena –respondió ignorando el enfado de su compañero- Y ahora, si quieres, te doy un altavoz para que termines de pregonar que estamos aquí.

-¡Que aquí no hay nadie, cojones! –exclamó irritado

El eco de estas palabras retumbando por los pasillos vacíos, se mezcló con el sonido de un gorgoteo a sus espaldas. Al volverse, vieron a la criatura que describía el relato.

Les contemplaba con los ojos muy abiertos y la cabeza ligeramente ladeada. Su respiración, ahogada en un principio, se fue acelerando a medida que confirmaba que había encontrado a sus presas.

En el exterior, el continuo zumbido de las moscas se vio interrumpido por un grito ronco y el sonido de dos disparos. De nuevo, silencio.


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3 Re: Carlos Alcázar el Mar 11 Mar 2014 - 14:35

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TAÑIDOS EN LA MONTAÑA

-¡Cuidado! –exclamó Danielle al ver cómo el profesor resbalaba y se asía con dificultad al saliente de roca- ¡professeur, fíjese en mí y apóyese donde yo me apoye primero –repitió cuando comprobó que el hombre retomaba el ascenso- ¡Lo mismo le digo a usted, monsieur Alcázaj!

-Ya te daré yo a ti Monsieur, bonita… -murmuró entre dientes procurando no mirar abajo.

Escalaron durante minutos que se le hicieron horas. Finalmente, llegaron hasta un amplio saliente de la pared montañosa que se ensanchaba bordeándola. Una vez estuvieron los tres arriba, Danielle les desató y recogió la cuerda de escalada para guardarla en la mochila.

-A pajtig de aquí iremos a pie –indicó

Carlos Alcázar, policía retirado, aprovechó para recuperar el aliento y contemplar con detenimiento el paisaje que se extendía a sus pies. Un par de semanas atrás ni siquiera habría imaginado que estaría escalando en los Alpes. Pero claro, por aquellos días no contaba con que alguien, concretamente un Doctor en Historia de la Universidad de París, le llamase para el que, según dijo, sería el trabajo que haría renacer su carrera. ¡Qué gracioso! ¡Como si su trabajo se pudiese considerar tal cosa! Y es que podría decirse que el trabajo de Carlos Alcázar no era un empleo como tal. Para nada. Después de un par de experiencias extrañas, entre las que se incluían una lápida romana maldita y un bicho caníbal en un reformatorio ruinoso, el papel de Carlos como policía había quedado bastante en entredicho. ¡Como si él hubiese elegido meterse en aquellos embrollos! En definitiva; ante las burlas de compañeros y toques de atención por parte de sus superiores, dejó su placa y se retiró abriendo su propia agencia de investigación privada. Principalmente se dedicaba a casos de fraudes al seguro e infidelidades de pareja. No obstante, nunca sabría cómo, de vez en cuando aparecía alguien que conseguía contactar con él para encargarle algo que podría encajarse dentro del género de lo paranormal. Le gustaba aceptar esos trabajos en gran parte, no iba a negarlo, porque podía pedir una buena suma de dinero por llevarlos a cabo.

Su último cliente era el hombre que respiraba fatigado a su lado. Jacques Collard, historiador parisino que vivía con un pie en París y el otro en Segovia, donde pasó la mitad de su infancia, por lo que su castellano era perfecto. El típico hombre de letras. Mediana estatura, barba canosa, gafas finas y con la mirada de conejillo despistado al estar fuera de su despacho, pero con la chispa de emoción al verse envuelto en un viaje de aventura. La chica era Danielle, su becaria, alumna… ¡como se le quiera llamar! Delgada, seria, de pelo moreno y corto y tez pecosa. Aparte de la historia, las rimas de Bécquer y los dálmatas, su pasión era la escalada. En una de sus excursiones, si se les podía llamar así, había hecho un descubrimiento bastante importante. Tanto, hasta el punto de que el profesor Collard había considerado conveniente contactar con Carlos para que les acompañase en su primer reconocimiento.

-Bueno, caminaremos en fila y pegados a la pared –explicó Danielle- Yo , iré primero, professeur usted me vendrá siguiendo y Monsieur Alcázag cejará la majchá.

De esta forma fueron avanzando cautelosamente y en silencio. Finalmente, Carlos habló:

-Profesor, recuérdeme por qué estoy aquí. Creo que no acordamos nada de precipicios ni caídas de miles de metros en nuestro contrato.

-Le dije que vendríamos a ver un descubrimiento en medio de los Alpes –respondió- si eso no le hace deducir que escalaríamos, empezaré a arrepentirme de haberle contratado como investigador.

-Investigo sucesos extraños, no hallazgos geológicos –se excusó- Esperaba contar con algún tipo de transporte.

-A donde vamos solo se puede llegaja pie, Monsieur Alcázag -replicó Danielle con brusquedad- Apagte, no quería que nadie- puso especial énfasis en esta palabra- supiese de su existencia antes de conoceg la opinión del professeurCollard.

-¡No seas así, Danielle! –intervino el profesor- El señor Alcázar nos será de ayuda en caso de necesidad.

-Seguro que sí… -murmuró irónica- Cuando nos ataque algún monstguo

-No le haga caso –dijo Collard girando la cabeza hacia Carlos, pero sin apartar la vista del suelo- Piensa que va a robarle su descubrimiento, pero yo sé que no está aquí para eso.

-Ya veo…

Así que de verdad había algo que realmente preocupaba al viejo historiador. Fuere lo que fuese que encontró Danielle, tenía algo que despertaba temores en Collard. Temores bastante grandes, si se tenía en cuenta que había recurrido a un investigador de lo paranormal.

Ella, por el contrario, se mostraba bastante tranquila en ese aspecto. ¿De qué podía tratarse? Lo más probable es que fuese algún tipo de enterramiento, algo relacionado con el mundo de los muertos. Era lo que veía con más frecuencia cuando le llamaban para aquel tipo de trabajos. Sin embargo, los historiadores están más que acostumbrados a estudiar ese tipo de cosas. Tendría que esperar un poco más para ver de qué se trataba.

-Y dígame ; ¿le espera alguien? –preguntó Collard retomando la conversación. El silencio le hacía pensar en la caída que se extendía a su derecha.

-¿Eh? –la pregunta pilló a Carlos inmerso en sus cabilaciones.

-¿Hay alguien esperando su regreso? –preguntó de nuevo.

-Sí, algo así –Gonzalo continuaba en coma después del ataque en el reformatorio abandonado. Su amigo era el único apoyo que podía tener en aquel mundo de locos en el que se había tornado su vida.

-¿Está casado?

-Il ne porte pas de bague (*1) -intervino Danielle

-¿Qué ha dicho ?

-Nada, habla consigo misma.

-Et il n’arrête pas de me regarder le cul (*2)-prosiguió

-Porque lo tienes muy grande para practicar tanto la escalada.

-¡No sabía que hablase francés! –rió el profesor mientras la chica soltaba un bufido

-No lo hablo, pero he entendido lo que ha dicho.

Tras esto prosiguieron en un silencio roto únicamente por sus pies arrastrándose sobre la tierra y la risilla ahogada del profesor al recordar la situación ocurrida hacía unos segundos. Finalmente, llegaron hasta un montículo de grandes rocas apiladas.

-Es aquí –dijo Danielle descolgándose la mochila- La cueva no es peligrosá, y tiene luz natural, pero es mejoj que vayamos con cuidado y tengamos las lintegnás encendidas.

Estando de acuerdo con las indicaciones, penetraron a través de un pequeño hueco ubicado entre dos de las piedras más grandes. Una vez dentro, el espacio se abría dando lugar a una cueva amplia con una extraña iluminación de origen desconocido.

-¿De dónde viene esta luz? –preguntó el profesor examinando el tono pardo que tenía las rocas.

-Del otro lado. No es muy profunda.

Efectivamente, pocos metros más adelante, tras un recodo, volvieron a ver el cielo y, bajo este, el descubrimiento de Danielle.

Eran las ruinas de lo que parecía haber sido una pequeña catedral tallada directamente en la roca. Se adentraron en la construcción caminando con cautela, sin decir ni una palabra. Podían sentir que el ambiente allí era distinto al del resto de la montaña. Los rayos del sol invernal se colaban entre las secciones del techo y los muros que aun no se habían derrumbado, dejando muchos rincones sumidos en la penumbra. De planta rectancular, en los dos muros más extensos se abrían decenas de arcos que no conducían a ninguna parte. El fondo, donde en cualquier templo habría un altar, se cerraba con los restos de lo que, en su tiempo, debió ser una fantástica vidriera ahora esparcida por el suelo de piedra. En el centro, una gran columna semiderruida por su parte superior, se internaba bajo el suelo, como si un gigante hubiese apuñalado con ella a la montaña.

-Esto es increíble, Danielle… -murmuró el profesor- Es muchísimo más impresionante de lo que me dijiste…

-¡Le dije que era indescriptible, professeur! –respondió intentando contener la emoción al ver el impacto que había causado el hallazgo en su tutor.

-¿Cómo es que no se ve desde el pie de la montaña?

-Hay una vegetación muy densa al otro lado del muro del fondo –explicó- Seguro que si mira desde abajo solo verá ágbolés y jocás.

-Definitivamente se aseguraron de que estuviese bien escondido… –murmuró el profesor más para sí mismo que para su alumna.

Apagté de eso professeur! –exclamó completamente excitada- ¡No se trata de un templo cojiente! ¡Fíjese ! ¡No tiene planta de cruz, no hay crucero ni girola! ¡Es una planta muy simple para sej vegdaderamente de estilo gótico! ¡¿Y ha visto la decoración?! ¡Es muy gara!

-Sí, tienes razón –respondió Collard mirando a su alrededor con curiosidad- ¿Qué opina usted, Alcázar?

Carlos, que había dejado al profesor y su aprendiz comentando el lugar para iniciar por su cuenta una ronda de exploración, no respondió. Permaneció inmovil, con la mirada perdida en la oscuridad de los arcos.

-¿Alcázar? –insistió el profesor al verle con el ceño fruncido. Guardó silencio al ver que el investigador alzaba la mano indicándole que aguardara un momento.

Carlos fue a responder cuando lo oyó de nuevo, esta vez con mayor nitidez. No había sido una fantasía suya, había sonado de verdad. El lúgubre tañido de una campana a lo lejos. Grave, profundo, frío, triste. No obstante, lo que incomodaba a Carlos era que el sonido no parecía provenir de fuera, si no del interior de la montaña.

Se acercó lentamente hacia donde estaban Danielle y Collard, no queriendo que el sonido de sus pasos ahogase el tañido de la campana. Cuando estuvo cerca, se señaló al oído y luego trazó un círculo con la mano para indicarles que escuchasen algo que podía venir de cualquier parte.

La transformación de sus respectivos semblantes, dando paso de la intriga al asombro, le confirmó que también lo habían oído.

-¿De dónde vendrá? –preguntó Danielle entornando los ojos

-La pregunta no es dónde, si no quién la tañe –señaló el profesor con preocupación- Alcázar, ¿que sugiere que hagamos?

Carlos analizó la situación rápidamente y habló con franqueza interpretando el rol de policía serio que tantas veces había repetido para echar a los curiosos de las escenas de los crímenes.

-Irnos –respondió tajante- Ahora mismo. Aquí no hay nada que nos convenga ver, tocar o alterar.

-¡Pero…! –protestó Danielle- ¡Yo lo encontré! ¡Yo…!

-¡Señorita Gravois ! –interrumpió empezando a enfadarse- me temo que la emoción no le deja ver lo que de verdad es este lugar. ¿En serio no se ha fijado? ¿No se ha dado cuenta aun? –Danielle le miraba confusa- ¡un templo que no es un templo, una catedral sin cruz, una gran columna que sostiene algo que está debajo del suelo y no encima de ella, una ausencia total de ángeles o cualquier otra figura celestial… ! ¡Creo que el hecho de estar aquí ya supone una alteración de la naturaleza de este lugar ! Lo mejor será que vuelva a París y olvide lo que ha visto! Es más –añadió al ver que Danielle habría la boca dispuesta a replicarle- le recomendaría que no volviese a escalar por esta zona, al menos durante una larga temporada.

-Vamos, Danielle –apremió el profesor- El señor Alcázar está en lo cierto. Estas cosas escapan a nuestra comprensión. Será mejor hacerle caso…

-¡No, no lo creo ! –protestó enérgicamente- ¡Lo que monsieur Alcázag quiere es que nos majchemós para atribuijse todo el mérito del descubrimiento! ¡Me niego a tenéj que renunciag a mi hallazgo para que me lo gobe un fajsanté!

-Ya… ¿y cómo piensas incluir eso en tu lista de mis supuestas farsas? –preguntó señalando hacia arriba.

Extrañados, alzaron la mirada hacia donde les indicaba el investigador, pudiendo ver cómo las cabezas de las gárgolas de piedra se habían girado hacia ellos. Horrorizados, contemplaron que había monstruos pétreos que les contemplaban desde todas partes con sonrisas burlonas y amenazantes.

Carlos bufó con irritación al tiempo que desenfundaba su arma y calculaba la mejor vía de escape. Apretando los labios, alzó la pistola, apuntó y disparó al más cercano.

La campana tañía ahora con fuerza retumbando entre los muros y escombros del templo, como una risa macabra que les daba la bienvenida a las puertas del infierno.

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-(*1) No lleva anillo.
-(*2) Y no deja de mirarme el culo

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