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Cuatro Pentagramas (Borrador)

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1 Cuatro Pentagramas (Borrador) el Jue 30 Ene 2014 - 0:15

Cuatro Pentagramas (Borrador)

Al fin había acompañado a mamá a casa desde el psiquiátrico. Era una noche lluviosa y habíamos llegado completamente empapados, ella bajo una manta casi temblando, vestida tan solo con la fina ropa uniformada y pálida del centro en el que había estado. Delgada, arrugada y mucho más blanca que de costumbre, casi tanto como el pequeño collar de perlas que le había regalado ese año y que siempre llevaba puesto. Le tenía mucho cariño, era lo único que había podido tener cerca que fuera mío, el único contacto entre nosotros, la única señal de que la seguía queriendo con toda mi rabia. Cada día antes de colgar me lo recordaba por el teléfono.
La casa estaba a oscuras, tan solo iluminaba la pequeña lámpara de luz tenue y amarillenta que me había dejado encendida en el salón antes de salir corriendo cuando recibí la llamada del hospital. La acosté en el sillón y fui a prepararle algo de leche caliente para que recuperase la temperatura y se relajase. Eso la ayudaba mucho a dormir.

Estando en la cocina, de pronto, oí un fabuloso trueno y mamá gritó. Me gritó a mí para que fuera a bajar las persianas. Resoplé. 'Ya voy', dije suavemente. '¡¡No, ven ya!! ¡¡Baja las persianas!! ¡Lo que pasa es que...' continuó mamá, berborreando a gritos, pronunciando frases cada vez menos coherentes, más neuróticas. Entré en el salón. Bajé las persianas. Mi cuerpo estaba en tensión. 'Gracias hijo', dijo muy dulcemente. Odio eso. Volví a la cocina. Cogí aire, respiré hondo y saqué la leche de la cacerola. Le encanta que se caliente la leche en la cacerola.
Fui a llevarle la leche y me arrodillé junto a mi madre yaciente con los ojos cerrados, como dormida, con el vaso en las manos, acercándoselo para que sintiera el calor emanando del recipiente. Esperaba que con tan solo la sensación de esa temperatura cercana y el olor que desprendía la leche comenzara a relajarse. Por el contrario, se asustó y, tratando de zafarse de un posible atacante, me cogió la mano tratando de apartarme, lo que provocó que la ardiente leche cayera sobre su antebrazo haciendo que propinara un escandaloso y exagerado grito de dolor. Me miró dolorida al instante como tan solo ella puede hacerlo, con esa expresión demoníaca de rabia incontenible, con los ojos abiertos como platos como inyectados en sangre, mostrando los dientes cual feroz criatura, todos los músculos de la cara tensos, el cuello a punto de estallar, una mirada feroz que despertaba en mí el más profundo terror y generaba en mi alma tal ira, tal odio y repugnancia que arremetí contra ella con todas mis fuerzas con la palma de la mano golpeando su monstruosa tez. Cuando fue a recuperar la posición en la que estaba, mi lado más animal lanzó de nuevo mi mano contra su cara, haciéndola esta vez chocar contra el reposabrazos. Aún más ferozmente se lanzó mi otra mano, girada, para asirla del pelo volteando hacia mí su rostro de nuevo y propinándole un puñetazo. En un brevísimo acto de cordura me eché las manos a la cabeza y, girándome para no verla me tiré al suelo. 'No, ¡no!, ¡¡no!!, ¡¡¡no!!! No, no, no... no... no...' gemía yo sollozando sobre la alfombra. 'No, no, no...' fui bajando el tono. No oía a mi madre. ¡Quizá estaba muerta! Una parte de mí se alegró, la otra temió esto. Me acerqué rápidamente a ella, de rodillas, y la miré. Estaba llena de lágrimas, con mirada de alma herida, hacia el vacío, melancólica, incluso flagelante. Se castigaba mentalmente. 'Es mi culpa, es mi culpa, es mi culpa' pensaba. Siempre lo pensaba. Ocurriera lo que ocurriese, fuera ella la culpable o no, lo pensaba. Y flagelaba su alma por ello. Y yo no lo soportaba, no soportaba tanta estupidez, no soportaba que se hubiera maleducado, y cuanto más la miraba auto-flagelarse más furioso me ponía, más ira, más odio, más... '¡¡Deja de culparte!!' grité iracundo. La cogí otra vez del pelo y la hice rebotar contra el sillón. '¡¡¡No-te-culpes, no-te-culpes, no-te-culpes!!!' pronunciaba con cada empujón. Y ella sufría los tirones con gran gesto de dolor, los ojos bien cerrados, la boca muy abierta como intentando gritar de pena sin que la garganta la dejase hacerlo. Me eché a llorar encogido sobre la alfombra. Ahora sí oía llorar a mi madre. Entrecortada, ahogándose en sus propias lágrimas y esputos, como si su espíritu estuviera muriéndose de dolor y tratase de salírsele por la boca. Y por eso la maté. Porque ya estaba muerta, llevaba años sin estar cuerda, llevaba años sin conciencia, era una cáscara de moral antigua, era un impedimento para la felicidad, siempre lo fue, para todo el mundo. Cada vez más inútil, cada vez más cargante, cada vez más servicial, cada vez más sacrificada, cada vez menos egoísta, cada vez menos viva, cada vez menos persona. Cada vez la quería más y cada vez tenía mayor convicción de que tenía que acabar con el sufrimiento de todos. Cogí un cuchillo de la cocina, el afilado, el de cortar, y volví al salón. Y mi madre me miró con su última cara, una que jamás había visto, una que resumía en un solo rostro todo el pavor que una persona puede llegar a sentir cuando mira a los ojos a la propia muerte. Ella intentó gritar pero me abalancé sobre mamá y la rajé el cuello brutalmente, no solo una vez sino decenas, docenas, como tocando una de mis sinfonías a violín favoritas, hasta que me quedé sin cuerdas y por tanto sin instrumento.

Fui entonces al trastero y cogí lo que necesitaba para terminar con el sufrimiento de mi familia: ¡música! Una vez más, incluso habiendo sido lo último que había hecho, mi madre me había dado la solución. Música... Cogí una maza y una pluma de escribir. Llamé entonces a papá y a hermano. 'Ha pasado algo horrible, ven a casa enseguida' les dije a ambos sin darles más explicación. Papá fue el primero en llamar al timbre. Abrí la puerta y le dejé entrar. '¡¿Qué ha pasado?!' dijo muy alterado. Señalé, con melancolía en el rostro, el salón, que había dejado a propósito a oscuras. Él fue rápidamente hacia allí y, cuando dio la luz y apreció mi instrumento destrozado, un glorioso mazazo derribó a papá sobre el suelo de casa. Me senté sobre su espalda y, golpe a golpe, crujido a crujido, fui marcando el ritmo con aquel peculiar tambor. Después proseguí por las costillas, la columna, las extremidades, y poco a poco reduje aquel efímero instrumento a una masa informe. Destrozado, ya no servía para tocar. Justo al terminar llamó hermano a la puerta. Como recibimiento recibió la pluma en la tráquea, lo hice entrar a la fuerza sujetándole por ella y cerré la puerta. A pesar del forcejeo, tratándose de un delgaducho adolescente de trece años conseguí mantener sin problema la pluma clavada a su tráquea y desmontarla de forma que tan solo quedase el tubo. Enseguida comencé a impedir que respirase por la nariz o por la boca ahogándole con una mano, de forma que su único modo de respirar se convirtió en el tubo, agujereado como era el estilo de aquella pluma y produciendo un sonido poco armónico pero, sin embargo, musical. Con el pulgar empecé a tapar a placer la boca del tubo y comenzó con ello el sonido de muerte, la sinfonía del fin de la vida, la melodía de un ahogamiento, las notas cada vez más constantes. Con sus débiles manos intentaba zafarse del ahogamiento o retirar el tubo, pero todo le era inútil. Cada vez con menos fuerza, temblando tanto por el terror como por la falta de aire, su cuerpo se quedaba sin vida. Cada vez menos oportunidad de respirar, cada segundo más largo. Cada momento para él se volvía infinito sufrimiento. Espasmos lo hicieron botar. Quedó quieto. Muerto. Y sin embargo dentro de mí aún faltaba algo.
Entonces comprendí que no quería tan solo cuerda, viento y percusión. Me faltaba voz. ¡Voces! ¡¡Un coro!! Volví al lugar en el que yacía mi madre, el sofá, y recogí el cuchillo ensangrentado.

Uno a uno, vecino a vecino, casa a casa, todo el bloque fue gritando lo poco que yo les dejaba, dirigiéndoles, permitiendo el canto tan solo cuando era preciso para la melodía, procurando que ningún chillido alertase a los siguientes participantes. Un reguero de sangre cubría mis manos, mis instrumentos y mi ropa. Cada piso y rellano estaba moteado por charcos de color carmesí, como un dálmata de piedra infernal.

Y mi música se había ido para siempre y quedé tan solo yo. Pero una nueva melodía comenzó a sonar. Una melodía que fue la que debió oír Ulises atado al mástil de su barco, según cuenta la Odisea. La melodía de unas sirenas.

Un abrazo mágico
S. Alexander


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2 San Martín y Rock & Roll (Borrador) el Jue 30 Ene 2014 - 0:16

San Martín y Rock & Roll (Borrador)

Tres tristes tigres comen trigo en un trigal.

Nunca lo había entendido. Por qué tres, por qué tigres, por qué trigo. El trigal es obvio - le expliqué a la enfermera - ¿No lo es?
Mamá me hubiera dicho que sí. Pero sin haberme oído. "Sí, hijo" solía decir. No tenía oídos. Ni cerebro. Solo boca y corazón.
Papá me hubiera dicho que era tonto. Papá solo tenía boca y corazón también. Seguramente por eso estaban juntos.
Me pregunto por qué yo no. Yo no tengo boca apenas, ni corazón, solo cerebro y oídos.
Hermano no sé qué tenía, nunca llegué a conocerlo bien. Era más reservado. Supongo que era perfecto. O casi. Al menos mejor que yo. Eso oía a papá y a mamá. Pero lo que uno oye y lo que en realidad se dice nunca es lo mismo. Por eso es tan difícil entendernos. Por eso hay guerras, malentendidos, discusiones, peleas. Por eso hay tantos dioses. Alá, Buda, Dios (qué originales con el nombre).



"Cuando un loco parece completamente sensato, es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza". Aún no es mi momento entonces: debo de parecer un psicópata tocando humanos como si fueran instrumentos. Yo estoy loco. Todos lo estamos pero yo soy el único consciente de ello. Y en realidad eso me hace estar más cuerdo que el resto. Elimina todas mis barreras sociales. Me abre las puertas a todo tipo de experiencias. Por eso me he quedado con el hijo de la puta del primero. Nunca he destripado a un niño. ¡No es que pase de la música! Es que hoy, 11 de Noviembre, he cambiado de género. Ahora me va el rock and roll, quiero ver un saco de piel humano rodando escaleras abajo. Tiene que ser de niño. ¡Un mayor es muy pesado! Qué bien que las sirenas no viniesen aquí. Ahora podré hacerlo.

Menos mal que la tormenta era ensordecedora, porque el hijo de puta gritaba como un cerdo. Seguramente porque clavé mal el cuchillo, o algo. Nunca había hecho matanza. Los aullidos del chiquillo eran estridentes, agitándose colgado por los pies, tiñéndose de escarlata y carmesí, goteando a borbotones sobre el suelo y tapando el enorme charco de lágrimas. "Ha llorado porque no entiende la muerte", pensé mientras le clavaba el cuchillo más veces. Me apetecía verlo lleno de agujeros. Jugar un poco con él a la piñata. "Claro, con cuatro añitos qué va a entender. Yo mismo no la entiendo. Yo también hubiera llorado, creo."

Los alaridos comenzaron a calmarse. El niño se quedaba sin fuerzas para seguir luchando. Cada vez más frío, con la mirada más perdida. Babeaba. Olía mal. Del miedo se había cagado en los pantalones. Me puse frente a él y le acaricié el pelo, empapado de sangre, robándole la poca voluntad que le quedaba para seguir viendo la puerta de salida del garaje, por la que podría haber salido feliz a volver a ser estrechado entre los brazos de sus padres. Miento. ¡Miento! Ahora es cuando puede hacerlo. "¡Si a sus padres los he matado yo!" Reí. Me reí aún más. Caracajeé, más fuerte aún. Me desternillé de la ocurrencia, ¿cómo pude haber pensado por un momento que soltándole iba a ser feliz? ¡Ahora es cuando estaba con sus padres! No en el cielo, porque no existe, ¡pero al menos ha salido del infierno! No más gastar 20 años de toda su puta flor de la vida para nada. No más crecer y darse cuenta poco a poco de que Satán vive en la Tierra y de que el ser humano es el mismísimo diablo. No más partirse la espalda y gastar 40 años más, perdiendo energía hasta jubilarse. No más esperar a la muerte cada mes hasta que llega de pronto, sin cita previa ni pedir permiso a nadie. El cáncer del mundo es la humanidad. Y el cáncer de la humanidad era su propia naturaleza maligna, que duraba desde que empezaron a existir los dioses: vengativos, tiranos, poderosos, déspotas; porque después los dioses se convirtieron en humanos. El problema es que cuando puedes matar a un dios, ¿por qué vas a obedecerle?

Horas después había llegado a la azotea con el cuerpo desangrado del niño. Ni siquiera le había cerrado los ojos. Seguía mirando con cara de ******** hacia ninguna parte. Casi iba a empezar a amanecer. La tormenta seguía, tan dura e impasible como debió ser el diluvio universal. Eché una última vista al mundo. Respiré una calada de aire puro. El cuerpo del muchacho me recordaba al de una roca: duro y frío, inerte, inexpresivo... y molesto. Tiré el cuerpo por las escaleras para que rodara. Abajo, a golpes, la roca fue rodando. Patada. Más abajo, rodando, cayendo, girando, rodando más, rodando menos, nada. Otra patada... me cansé. No quiero más rock and roll. Quiero que suene el gong, estoy cansado del concierto. El niño pesa... pero cabe por el hueco de las escaleras.

Cuánto tiempo sin jugar a esto... ¡A ver quién llega antes abajo!



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3 Re: Cuatro Pentagramas (Borrador) el Miér 5 Mar 2014 - 4:11

El segundo borrador es fabuloso, pero el primero me ha dejado anonadada. Increíble, simplemente fascinante. Muy buena la alegoría de víctima-instrumento, me he quedado tal que asá  Shocked Shocked Shocked Shocked 
Me ha gustado mucho esa intromisión en la mente de un psicópata...yo también debo estar un poco loca  Razz Razz 

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4 Re: Cuatro Pentagramas (Borrador) el Miér 5 Mar 2014 - 13:06

Me hace gracia cuando (la poca gente que lo ha leído) atribuyen la voz narrativa a mi persona. Se ve que ya somos tres psicópatas entonces  tongue 

De verdad, un placer y un orgullo que te haya producido algún sentimiento. Enorme.

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5 Re: Cuatro Pentagramas (Borrador) el Jue 6 Mar 2014 - 15:17

Igneo

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Moderador
Me has dejado a cuadros con el primer texto. Lo curioso es que, no sé si porque tengo que hacer "humor" de un velatorio, mientras leía cuando formaba al coro con los vecinos, me imaginaba de fondo el "Himno de la alegría" de Beethoven y al protagonista viviendo su mejor obra. Genial y escalofriante al mismo tiempo.


_________________

Sal de frutas
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6 Re: Cuatro Pentagramas (Borrador) el Vie 7 Mar 2014 - 4:32

Muchas gracias, ¡qué curioso! Yo escribí pensando en la 9ª de Beethoven pero también casa muy bien con el Himno de la Alegría.

Un placer ser leído por vosotros

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7 El Pulmón Oprimido el Miér 12 Mar 2014 - 3:11

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por QUÉ? ¿POR QUÉ? La culpa me oprimía el pecho como una apisonadora. ¿La culpa? O el miedo. Las miradas acusadoras, todo el mundo parecía saber que yo lo había hecho, que lo estaba ocultando, que había asesinado, desmembrado y triturado a mi hermano en la pulverizadora de madera del circo romano. Volví para asegurarme de que no quedaba ni un rastro de sangre. Era cierto, el homicida siempre vuelve a la escena del crimen. Un día, dos, tres. Hasta que se vuelve una rutina. Para asegurarse de que no ha dejado rastro deja otro aún mayor, como una babosa. La realidad no es perfecta, todo debía quedar en perfecta imperfección, simulando que era mamá naturaleza quien limpiaba la casa. Definitivamente aquello no había sido buena idea.



Volví al piso. El ambiente lúgubre, oscuro, ensombrecido por su ausencia. Papá y mamá en el sillón con el televisor encendido y la mirada perdida, aún más negros que las sombras de aquel crepúsculo gris que bajaba el telón un día más. Aún podía verle allí. Parecía real. Le echaba de menos. Quería decirle algo pero no me salían palabras. No me miraba, estaba haciendo algo sobre la mesa grande. Sentía en mi pecho que tenía algo guardado para él, algo cariñoso, precioso, pero a la vez sabía que era inútil abrir la boca. Él no estaba allí, aquel no era él, era solo su imagen con una actitud de eterna ocupación haciendo algo sobre la mesa. Y se hizo un silencio absoluto. Ni un coche, ni el aire, ni la televisión. Como si el tiempo se hubiera parado para todos excepto para la negrura, que terminó por devorar la habitación. Ni una luz. Ni un movimiento. Ni un sonido. Sabía que mi padre seguía con aquella mirada vacía hacia el infinito, con los ojos empañados, y sabía que mi madre no había cambiado su postura en el sillón, que yacía bajo una mantita y sus párpados arropaban sus pupilas para no dejar que viera más que una fina línea, como intentando protegerla de una realidad demasiado cruel para un corazón tan débil. El escozor en los ojos. El nudo en la garganta, el que duele agudo como una angina en el mismísimo centro de la laringe. El melancólico llanto silencioso, inexpresivo, la lágrima que cae porque la herida es tan grande que no deja que caigan más con ella. Esa lágrima que sabes que, si fueses capaz de saborearla, te amargaría tanto la boca que tu saliva se transformaría en bilis.



Doy gracias a Dios todopoderoso por las millonésimas de segundo en las que, al despertarme, he creído que todo había sido un sueño. Esas milésimas en las que aún no era consciente del daño que había hecho. Esas centésimas en las que creí que había solución. Esas décimas... antes de que la culpa oprimiese mi pecho de nuevo, esa bocanada de aire antes de sentirme como si me faltara un pulmón, esa paz que solo tiene el inocente, pero que no siente porque le falta culpabilidad. O porque le falta miedo. Qué terrible maldición la del ser humano, que solo aprecia lo que echa en falta y se acostumbra a lo que tiene y lo deja de sentir.

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8 Re: Cuatro Pentagramas (Borrador) el Lun 17 Mar 2014 - 5:31

http://www.stardustcf.com/concursoindiv.asp?concurso=3974

Al verlo me he acordado de estos relatos. Échale un vistazo porque lo mismo te interesa ^^

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