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Salvad a Marco

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1 Salvad a Marco el Lun 27 Jun 2011 - 7:34

Centinela

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Persona Ilustre
Hola, comunidad. Sé que ultimamente hemos decaido bastante, pero ahora llega el verano y con él más de un quebradero de cabeza y más de un vacío entre el tiempo libre para hacernos escribir o expresarnos cada cual en su arte.

Voy a dejaros un trabajo que lleva escrito un año ya, de hecho lo comencé a escribir en Enero de 2010. Casi todo está realizado en las aulas de mis instituto, mientras hacía como que estudiaba o cogía apuntes. Espero que no se acuse mucho en la calidad.

Puesto que es una obra de unas cuarenta y pico caras de folio lo iré subiendo por partes a medida que lo paso a limpio. Si os fijáis en algún error de ortografía agradecería que me lo comentáseis.

Si alguien quiere el libro dadme el e-mail y os paso el pdf o se lo saco yo y quedamos un día para que me deis lo que cuesta la impresión y encuadernación, aunque todavía falta la portada.

Aquí queda por si a alguno le interesa. Sólo quiero añadir que gana con el transcurso del discurso.



Salvad a Marco


Un saludo, soy Marco, y hoy me voy a suicidar.
Son aproximadamente las ocho de la mañana de un día de Enero de este año, y la puerta de mi casa acaba de sonar, cerrada desde fuera por mi familia. Hoy pasan el día fuera. Yo decidí quedarme porque tenía planeado suicidarme en cuanto se descuidaran y esta es una oportunidad perfecta para disfrutar del último día de mi vida; tranquilo, relajado, en soledad…

Si usted es una persona normal, estándar, pensará que es una estupidez enorme pasar el último día de la vida encerrado en casa, que lo mejor sería salir, emborracharse, drogarse, tener sexo… En definitiva, cualquiera de esos placeres efímeros que le hacen sentir bien a uno durante un instante aunque te arruinen el resto de la vida, porque precisamente eso ya daría igual.
A mi ya no me dan gusto esas cosas porque sé que son las culpables de que el mundo se pudra y por tanto de mi eminente suicidio, así que las he cogido asco. Simplemente no me sentiría bien conmigo mismo cuando las probara. Tengo una conciencia muy machacona y persistente. A veces me amarga.
Estoy semiconsciente tumbado plácidamente en la cama, en la penumbra, entre las sábanas suaves… Abro un ojo y me encuentro con la esquina del colchón. Como a fantasmas veo allí dos figuras desnudas, abrazadas a mis pies. He visto muchas noches y otras tantas mañanas esos mismos espectros retozando jóvenes, cariñosos… Cada vez me parecen menos cariñosos. De hecho, se desvanecen pronto. Ya no me dicen nada.
Cambio la posición en la cama y dejo pasar el tiempo. Nadie me espera. Nada me requiere.
Bueno, si. Al rato siento hambre y me levanto a duras penas.
Al incorporarme sobre la cama me encuentro con un tapiz de llamativos colores y alegres letras cosidas entorno a un escudo. Me froto los ojos. En efecto, es la bandera de mi equipo de fútbol.

El fútbol es una metáfora de la vida, al menos de la mía. Todas las personas siguen al equipo que más gana, a los triunfadores, porque si hay algo que nadie quiere ser en esta vida es un fracasado, y ese equipo líder al tener cada vez más y más apoyos tiene cada vez más y más fondos y se hace más y más grande y gana más y más títulos, y los demás equipos se subordinan a él.
Estos equipos consiguen el poder de manos de forofos a los que lo que les importa es ganar, olvidándose del propio fútbol. Lo mismo les daría que ganara su equipo de fútbol que de baloncesto que de bolos cántabros; la sensación de gozo (que es lo que por vicio buscan) es la misma. Mientras tanto, a los que sí sabemos lo que es el fútbol, por qué es diferente, por qué lo sentimos y por qué somos de un equipo, nos toca amargarnos viendo cómo a nuestro equipo se lo comen titanes sostenidos por masas ingentes de personas que olvidaron lo que significa este deporte y sólo buscan el placer inmediato de la victoria.
En la vida es lo mismo. Los que queremos vivirla estamos subordinados a las normas de una mayoría de gente que ha olvidado su razón para vivir. Yo y un@s poc@s más hemos de elegir tarde o temprano vivir como ellos quieren o desaparecer por selección natural darwinista.
Como decía, el fútbol es una metáfora.

En la vida tú siempre luchas por un objetivo. El gol es la metáfora de todos los objetivos de la vida, y los jugadores son los obstáculos, o los apoyos si son de tu equipo.
Cuantos más goles marques, mejor habrás jugado; cuantos más objetivos consigas, mejor habrás vivido. Lo cierto es que ni los partidos ni las vidas son eternos; todos duran más o menos lo mismo. Varía el descuento (a no ser, claro, que el partido se cancele o la vida se interrumpa, como voy a parar yo la mía).
En el fútbol, como en la vida, tienes que jugar bien, a tope, si quieres ganar, pero por mucho que te esfuerces, si tus compañer@s son un@s paquetes lo tendrás muy difícil. Así nos influye nuestro entorno.

He dicho, además, que el fútbol es una metáfora de mi vida en particular, porque llevo toda la vida siguiendo ciegamente a un equipo que me dio siempre las mayores esperanzas, las más fascinantes ilusiones, ¡y seguirlo ha sido bonito!, pero a la hora de la verdad siempre me ha decepcionado. Mi vida es igual. Creo que he sido la persona más feliz y soñadora del planeta y me he pasado los años detrás de ideales e ilusiones. Siempre me he llevado chascos.
Por cierto, mi equipo juega esta noche. No creo que lo vea. Seguramente no lo televisarán, porque hoy juegan también los colosos y las cadenas de televisión pondrán lo que quiera la mayoría porque cuanta más audiencia tengan, más poder y más caros pueden cobrar los anuncios a las empresas, y al fin al cabo, en este mundo la masa, la mayoría, viven creyendo que el objetivo vital es ese; el dinero, el poder, la victoria. El caso es que, al final, quienes llenamos nuestras vidas de otras cositas, como por ejemplo de un equipito de segunda fila, nos quedamos vacíos por la ambición de los que toman las decisiones (políticos, directores de empresa, o de cadenas de televisión, como en este caso) que optan por la decisión más rentable, que siempre es la de la mayoría. ¡Y la mayoría no tiene por qué tener la razón en nada! ¡Pero si Hitler fue votado “democráticamente”! Vale que hay más posibilidades de que la mayoría tenga la razón antes de que la tenga una minoría o de que la tenga yo, pero de ahí a su dictadura…
Pero claro, cualquiera se presenta en los edificios de la televisión a quejarse.
- “¡Sois unos fascistas!¡Malditos especuladores!¡Ahí os quedáis con vuestro jodido fútbol sin sentimiento!¡Bastardos oligarcas! ¡Que yo me voy al calderón!”


Como decía, mi equipo juega esta noche y no sé si verlo. Por una parte, sus partidos son siempre emocionantes y sería una buena manera de acabar la vida: con una descarga de adrenalina. Por otra parte… Normalmente esa acumulación de adrenalina suele derivar en ira y frustración más que en bienestar. Como ya digo, este equipo emociona casi tanto como decepciona. Y no sé si sería positivo irse al otro barrio de mala hostia, porque imagínate que hay otra vida. Me gustaría empezarla con mejor pie. Quizás sea un mundo mejor. Quizás sea una especie de cielo como el cristiano. Yo no tengo mucha fe en ello. Quizás dios exista, lo dudo, pero no lo sé. En todo caso, con dios a mi me pasó como con todo. De niño fui muy muy creyente, pero dios me decepcionó.
El caso, que antes de esta madrugada ya estaré paseando en otra dimensión, como Paco por su casa. Si es que existe otro mundo. Ojalá la muerte sea un abismo negro de tinieblas, sin ruido, sin movimiento, que sea la paz en estado puro, un sueño profundo y eterno, la nada. Ojalá la muerte sea un rinconcito oscuro y tranquilo, como mi habitación.
Vivir otra vida en otro mundo podría ser fantástico, pero también podría no serlo. Imagino que me puede tocar convivir con la gente de mi época y con la de otras épocas que serán aún peores, porque por más que se empeñen nuestros abuelos, el ser humano evoluciona y progresa, y la juventud de hoy no es peor que la suya. Tener que soportar otra vez una organización social como la de este mundo con la misma gente que en este mundo seguramente me llevaría al suicidio de nuevo. ¿Y dónde iría? A saber… Quizás iría a otro mundo más, que sería igual de patético, y seguiría suicidándome y apareciendo en mundos patéticos toda la eternidad.
Quizás sea un cielo, como el cristiano, y sólo vayamos quienes pensamos distinto y queremos vivir sin normas sociales. Realmente, si hay un cielo, no sé si he hecho méritos para ir… Vale, no he hecho nada para ir al infierno, pero supongo que tampoco para ir al cielo...
Prefiero no hacerme ilusiones sobre la otra hipotética vida. Seguramente me llevaría una decepción más, y ya cansa.
Y no tengo mucha fe en que la otra vida sea mejor que ésta. Ya he dicho que mi fe decayó hace tiempo.

Un rugido visceral de mi estómago me recuerda que tengo hambre, así que me levanto y me dispongo a cumplir mis últimas funciones vitales.
En cuanto piso el suelo con mis pies descalzos (el frescor del parqué es realmente agradable) veo una pila de libros de texto sobre la mesa. Pienso en el montón de tarea que supuestamente debería hacer. Cada vez se me acumula más la tarea. No soy un vago ni un irresponsable, no soy mal estudiante, nunca he repetido curso… Pero últimamente… Dejé de hacer la tarea. ¿Por qué? Pues porque simplemente no me llena. Le busqué el sentido y no se lo encontré, igual que cuando se lo busqué a la vida y me di cuenta de las cosas que me llenaban y de las que me consumían.
A nadie le gusta trabajar. El mundo se rige por la ley del mínimo esfuerzo, y estudiar requiere un esfuerzo. Por tanto, la gente que estudia lo hace porque cree que va a recibir algo a cambio, que es a lo que el ser humano dedica sus esfuerzos; a conseguir objetivos (goles). Yo pensé en esos objetivos que se marca la gente:
Conseguir una buena carrera, un futuro asegurado económicamente, un empleo y con él una familia. Pues a mi eso me llenaría, bueno, lo del empleo no, lo de la familia, pero aquí vuelve mi conciencia de nuevo.

Lo que se nos enseña a la juventud de hoy día es una conglomeración de conocimientos “útiles” desde el punto de vista laboral. Se nos amaestra ara ser máquinas y herramientas serviles, factorías autómatas a su servicio, robots estúpidos que trabajan en algo que no entienden, todo para ellos, para ellos. ¿Para quienes? ¿Quién te paga el sueldo? ¿Quién manda en el mundo? ¿Cuál es esa fuerza que nos empuja, esa corriente que dirige el rumbo de nuestra vida?
El capital.
Y el capital no es más que la materialización del egoísmo humano; el egoísmo es lo que mueve el mundo.
El egoísmo.
Por eso últimamente se me revuelve la conciencia cuando estudio ciertas materias del instituto. No quiero colaborar con el egoísmo.
En cambio, hay cosas que no hacen daño. La historia, por ejemplo. El egoísmo no se beneficia de la historia, en principio. A un químico se le puede rentabilizar haciéndole descubrir medicamentos o productos que luego puedan ser comercializados, en cambio, no sacan beneficio de que se sepa que en el 1085 Alfonso VI conquistó Toledo. La cultura, el arte, no son productos del consumo o del egoísmo por naturaleza, por eso debemos defender a ultranza nuestro patrimonio intelectual, nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros sentimientos, de los intentos de aquellos que pretenden especular con ellos. Para que el arte sea sincero debe ser libre; hubo que haberlo protegido del egoísmo que mancha todo. Lo único malo de no subordinarse al sistema, de no permitir que te conviertan en una herramienta útil para la avaricia y el “progreso” material, es el tema de las mayorías y las minorías; si no eres útil al mundo, desapareces por selección natural darwinista. Si no trabajas; no cobras; no comes. Y es una utopía trabajar fuera del sistema hoy día. Sé que puedo parecer un simple vago que lo único que quiere es no trabajar. Nunca he tolerado que se me acuse de vago ni de irresponsable. Siempre me he considerado una persona sacrificada y trabajadora, y me gusta serle útil a los demás, pero no serlo para el egoísmo.
Todo el mundo puede contribuir con la sociedad de mil maneras. Yo intento contribuir con esto, un trabajador intenta contribuir con su obra, un músico con su arte… El único problema son las babosas que se aprovechan, todo ese avispero de orugas negociantes y especuladoras que convierte la honradez del trabajo personal en la explotación y la lacra del máximo beneficio.

Tanto trabajo interesado tras la búsqueda del capital, del beneficio, justificado por nuestra visión del triunfo social del rico, justificado por nuestro modelo consumista que nos enseña que el placer se obtiene del materialismo (¡maldito hedonismo!), justificado por un hipotético progreso, un estado del bienestar materialista, aparcando y olvidando el progreso ético y moral.
Para tant@s, mejorar en esta vida, ser alguien, significa tener (poseer, ejercer un puesto importante en su profesión…). Para los que elegimos el progreso personal, moral, para la minoría, la vida está realmente difícil. Uno se ahoga en las pretensiones de la gente, y acaba sometiéndose a la masa por miedo de no quedarse atrás, de no sucumbir, de no convertirse en un marginado…
Estoy en la cocina, he llegado aquí instintivamente mientras pensaba en todo esto. Seguro que habré pasado por el baño porque siento la vejiga vacía, no como en la cama.
Ha sido un poco como tantas vidas que se van moviendo por sí mismas, entretenidas en rutinas y quehaceres, arrastradas por fuerzas externas, sin saber adónde van ni por qué. Así he ido al baño sin darme cuenta.
Estoy abatido. Me duele la cabeza y siento una presión molesta e incesante en la frente. Abro el frigorífico en busca del alimento amado, y el frío salta contra mi cuerpo desnudo de cintura para arriba. Me siento vivo aún. Sentirse vivo… Si me sintiera así más a menudo, si la diferencia entre estar vivo y estar muerto no fuera tan pequeña, tan superficial… Quizás me quedaría un poco más.
Saco la leche y cierro la nevera. Otra vez el dolor de cabeza y la sensación de pesadumbre. Preparo el cacao y los cereales y me siento frente al televisor, pero no lo enciendo.

La televisión es el opio del pueblo. Es el método de adoctrinamiento por excelencia, de masificación, de transmisión de los ideales del sistema, de prevalencia del egoísmo. Es la asesina del librepensamiento. ¿Pero por qué no se estimula una visión crítica en la sociedad? ¿Por qué? Porque no interesa. Al egoísmo no le interesa.
El egoísmo está por todos lados.



Última edición por Centinela el Miér 29 Jun 2011 - 5:34, editado 2 veces

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2 Re: Salvad a Marco el Lun 27 Jun 2011 - 13:21

Suso


Señor destacable
Sin palabras que hagan justicia a lo que he leido. Las unicas que se me ocurren son basicamente la pura verdad, es lo mejor que he leido en toda mi vida. Enorme, enormisimo. Quiero leer mil paginas asi, te lo juro me acabas de dejar boquiabierto para una semana como poco y ya me gustaria comprar un libro con esto escrito. En fin, diria 40 frases mas asi pero es que prefiero el silencio, el silencio con el que me he quedado despues de leer esto, GRACIAS.

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3 Re: Salvad a Marco el Lun 27 Jun 2011 - 23:46

Centinela escribió: (...)A nadie le gusta trabajar. El mundo se rige por la ley del mínimo esfuerzo, y estudiar requiere un esfuerzo. Por tanto, la gente que estudia lo hace porque cree que va a recibir algo a cambio, que es a lo que el ser humano dedica sus esfuerzos; a conseguir objetivos (goles). Yo pensé en esos objetivos que se marca la gente:
Conseguir una buena carrera, un futuro asegurado económicamente, un empleo y con él una familia. Pues a mi eso me llenaría, bueno, lo del empleo no, lo de la familia, pero aquí vuelve mi conciencia de nuevo.

Lo que se nos enseña a la juventud de hoy día es una conglomeración de conocimientos “útiles” desde el punto de vista laboral. Se nos amaestra ara ser máquinas y herramientas serviles, factorías autómatas a su servicio, robots estúpidos que trabajan en algo que no entienden, todo para ellos, para ellos. ¿Para quienes? ¿Quién te paga el sueldo? ¿Quién manda en el mundo? ¿Cuál es esa fuerza que nos empuja, esa corriente que dirige el rumbo de nuestra vida?
El capital.
Y el capital no es más que la materialización del egoísmo humano; el egoísmo es lo que mueve el mundo.
El egoísmo.
Por eso últimamente se me revuelve la conciencia cuando estudio ciertas materias del instituto. No quiero colaborar con el egoísmo.
En cambio, hay cosas que no hacen daño. La historia, por ejemplo. El egoísmo no se beneficia de la historia, en principio. A un químico se le puede rentabilizar haciéndole descubrir medicamentos o productos que luego puedan ser comercializados, en cambio, no sacan beneficio de que se sepa que en el 1085 Alfonso VI conquistó Toledo. La cultura, el arte, no son productos del consumo o del egoísmo por naturaleza, por eso debemos defender a ultranza nuestro patrimonio intelectual, nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestros sentimientos, de los intentos de aquellos que pretenden especular con ellos. Para que el arte sea sincero debe ser libre; hubo que haberlo protegido del egoísmo que mancha todo. Lo único malo de no subordinarse al sistema, de no permitir que te conviertan en una herramienta útil para la avaricia y el “progreso” material, es el tema de las mayorías y las minorías; si no eres útil al mundo, desapareces por selección natural darwinista. Si no trabajas; no cobras; no comes. Y es una utopía trabajar fuera del sistema hoy día. Sé que puedo parecer un simple vago que lo único que quiere es no trabajar. Nunca he tolerado que se me acuse de vago ni de irresponsable. Siempre me he considerado una persona sacrificada y trabajadora, y me gusta serle útil a los demás, pero no serlo para el egoísmo.
Todo el mundo puede contribuir con la sociedad de mil maneras. Yo intento contribuir con esto, un trabajador intenta contribuir con su obra, un músico con su arte… El único problema son las babosas que se aprovechan, todo ese avispero de orugas negociantes y especuladoras que convierte la honradez del trabajo personal en la explotación y la lacra del máximo beneficio.
Tanto trabajo interesado tras la búsqueda del capital, del beneficio, justificado por nuestra visión del triunfo social del rico, justificado por nuestro modelo consumista que nos enseña que el placer se obtiene del materialismo (¡maldito hedonismo!), justificado por un hipotético progreso, un estado del bienestar materialista, aparcando y olvidando el progreso ético y moral.
Para tant@s, mejorar en esta vida, ser alguien, significa tener (poseer, ejercer un puesto importante en su profesión…). Para los que elegimos el progreso personal, moral, para la minoría, la vida está realmente difícil. Uno se ahoga en las pretensiones de la gente, y acaba sometiéndose a la masa por miedo de no quedarse atrás, de no sucumbir, de no convertirse en un marginado… (...)

Esa parte en concreto me hadejado fascinada. No se, me siento tan...identificada con esas frases, es como si otra persona se hubiese metido en mi mente y hubiese plasmado mis ideales sobre el papel.
y es una pena, si, pero el egoísmo mueve el mundo.Un texto sencillamente asombroso.Si legas a publicarlo comentalo porque sería un libro que no me importaría tener en mi estantería ^^

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4 Re: Salvad a Marco el Mar 28 Jun 2011 - 0:06

Centinela

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Persona Ilustre
Bueno, muchas gracias a los dos por los elogios que no esperaba. Sigo pasando a limpio esto.
Supongo que cuando lo tenga terminado pediré a un amigo que me haga la portada y yo mismo me acercaré a la copistería a imprimir los libros para los que me pidan uno, no voy a cobrar más que lo que me cueste la copistería. También os puedo pasar el pdf y lo imprimís vosotr@s mism@s.




El egoísmo está por todos lados. Hace trabajar a ambos cabezas de familia, creando un modelo familiar en el que está establecido que ambos padres deben trabajar, por la necesidad de “progreso”, de darle lo mejor (o eso creen) a sus hijos. Además, la sociedad en general rechaza a los que no están con esta mayoría de familias.
El ama de casa ya comienza a estar mal vista. Se la relaciona con una sociedad desfasada. Se la ve como una figura casi inútil, de importancia inferior a la mujer trabajadora. Y no hablemos si un hombre es amo de casa… Maricón, vago, caradura, matrona, serían improperios suaves de lo que se le podría decir a un amo de casa.
Al final los que lo pagan son los chavales, con huecos en su personalidad, con falta de desarrollo de su moral, con dudas por no tener un guía del que aprender cómo caminar en esta vida. Y es que, si tus dos padres se pasan el día fuera trabajando tiendes a ocupar el tiempo, por ejemplo, viendo la tele.
Maldita tele.
Detesto que los padres se quiten de en medio a sus hijos como si fueran un fardo, y para evitar eso que llaman niños traviesos (que son los que dan muestra de inteligencia) les ponen delante de la caja tonta, que, en efecto, los deja tontos perdidos. La televisión es una asesina de la imaginación, que es la esencia del desarrollo mental infantil. Una infancia sin imaginación dedicada a la pasividad del televisor está muy cerca de ser una infancia perdida. No dejéis que muera la creatividad infantil, por favor, espero que cuando yo ya no esté alguien se preocupe por esto.

Todos esos vacíos de personalidad que los chavales deberían llenar con esa creatividad son automáticamente tapados por la información de la televisión. Esta información muchas veces consiste en la inculcación de modelos de conducta egoístas, superficiales, materialistas… Es, en resumen, lo que el sistema quiere que los niños sean; criajos caprichosos que obliguen a sus padres a comprar y comprar cosas que no sabrán valorar porque les sobrará de todo. Criajos que establecerán una escala social en el colegio en la que los que más tengan serán los populares, los triunfadores. Niñatos que creerán en la apariencia como herramienta que conduce al éxito. Niñatos que en unos años no serán niñatos sino gente adulta, gentuza.
Para los padres, ahí va: si quieres darle un juguete a tu hijo, regálale un hermanito por reyes. No hay mejor regalo para un niño que un hermano. Y no dejéis que nadie os eduque a vuestros chavales, y menos el egoísmo en persona.

Aunque la televisión también tiene cosas buenas. Es un método de acercar el arte y la cultura a todo el mundo. Lo único que habría que hacer sería despertar el espíritu crítico para que la gente sepa lo que es basura y lo que merece la pena.

A todo esto, he terminado el desayuno. La leche caliente me ha templado el estómago, relajantemente. Recojo el desayuno.
Sí, los padres se quitan de en medio a los niños. No sólo mediante la televisión, no me refiero a que los dejen en manos de chachas, guarderías y videojuegos, no. Me refiero a que se los quitan de en medio directamente, tal como suena, es que ni nacen los críos.
Pues nada, a ver quien les paga luego la jubilación. ¡Ah, si! Se la van a pagar los hijos de inmigrantes. Que ironía. Esa sociedad racista de españolitos puros intolerantes con la inmigración al final terminará mamando de los hijos de aquellos a los que hacen la vida imposible.
Yo, en mi inocencia y seno paternal del hogar, siempre tuve el ideal ese de que los padres dan la vida por sus hijos, anteponiendo cualquier cosa, hasta su propio futuro, con tal de que sus retoños tuvieran prosperidad, vida…
Qué ingenuo. No voy insistir más con lo de las decepciones.
Ya no importan las ideas. Hoy lo que importa es quién las dice. Así es como tenemos un gobierno “socialista obrero” que quita las pensiones de viudedad, sube la edad de jubilación a 67 años y se dedica a cargarse prestaciones sociales. Y los trabajadores a joderse porque sus sindicatos están comprados, y los que no lo están, no tienen el apoyo de nadie.

Me lavo los dientes, hago la cama y acabo mirando por la ventana. Es una gran ventana que empieza en mis rodillas y acaba por encima de mi cabeza. Acaricio las sedosas cortinas con los nudillos y aparto la blanca tela lo justo para que se cuelen mis ojos en la rendija.
El asfalto, negro; las aceras, grises; los bordillos, más grises y el cielo, encapotado, soltando una lluvia monótona, incesante.
Es un barrio burgués. Por un lado es gente sencilla que apaña la vida con un par de ilusiones o ambiciones. Por otro, son tan… Ciegos. Van por las calles con sus pasos firmes, su rostro serio, o conduciendo orgullosos sus coches, vestidos a traje o a bolso y vestido. Ellos, la mayoría, no se han preguntado nunca, o quizás sólo una vez, el sentido de su vida, y los que nos atormentamos por ello día tras día no podemos sino juzgar con desprecio las miradas altivas, casi prepotentes, de aquellos cuyos méritos en la vida son haber amasado un patrimonio, haber encontrado una pareja….
A algunos se los guarda respeto por haber formado una familia, pero aun así, salir de la placidez de las conciencias relajadas es una necesidad humana, no cumplirlo es no ser persona, al menos, no en plena esencia.
Estamos imbuidos en el bienestar. Pagamos gustosos una vida de servidumbre a cambio de unos instantes de ocio, de placer, a cambio de una estabilidad y una tranquilidad. La vida no es tranquila, no debe serlo, es necesaria la agitación, el inconformismo, la rebeldía para salir de esta forma de vida artificial, falsa, esclava. El egoísmo se hace más y más grande con el conformismo humano y se alimenta de los vicios.

Miro a un señor muy señoreado, ¿qué ocultará tras su gabardina oscura, sus ademanes gentiles y su mirada tranquila? ¿Una afición descontrolada a la cocaína? ¿Infidelidades a su señora esposa? ¿Visitas relámpago a los burdeles donde sufren las peores situaciones las jóvenes de los países más pobres del planeta? ¿Le llevará su hipotético alcoholismo a golpear a sus hijos? ¿Es un jefazo resentido que paga sus complejos maltratando a sus subordinados? ¿Esconde simplemente una vida vulgar sin sentido, sin pasado, sin futuro, tras una máscara de vestimentas que le otorgan la apariencia de haber alcanzado el éxito?
Mejor me callo, no vaya a ser alguien que se coma el coco como yo. Nunca se sabe.

El hedonismo, la búsqueda del placer, se ha convertido en la razón existencial para nuestra sociedad sin darnos cuenta. Cuando el sistema nos libera temporalmente de su esclavitud y nos da tiempo libre, nos apresuramos a cumplir nuestros deseos, que por más que duela reconocerlo, se han convertido en nuestros vicios. ¿Cómo puedo convivir con adolescentes que viven sólo esperando a que llegue el sábado para emborracharse, emporrarse o, digamos las cosas tal como son, follarse a la novia o novio al que no quieren? ¿Cómo voy a vivir con ellos el resto de mi vida si me niego a subordinarme a sus costumbres? Pero si es que no me lleno de eso… Hago bien en salir de este mundo por la puerta de atrás.
Los vicios nos corrompen. Los vicios y nada más, pues el ego o el ansia de poder no son sino vicios. Miremos alrededor. Todo lo malo de la sociedad procede del deseo de placer. La drogadicción, la delincuencia, la prostitución, las grandes fortunas y las desigualdades, todo está motivado por el placer y el deseo de evasión de nuestra existencia.
Es probable que la búsqueda humana sea la persecución de la felicidad, de hecho es casi seguro. Creo que el problema de mi gente es que confunde la felicidad con el placer, y al sustituir una por otro el resultado es una vida gris, incompleta, amarga, una vida en la que lo tenemos todo pero nada nos satisface. Y acabamos mirando a nuestro alrededor buscando felicidad, pero no la encontramos, porque por culpa del placer no recordamos cómo era, qué forma tenía la alegría, ni qué colores vestía. No sabemos ya qué buscar.
Sí, el placer puede ayudarnos a conseguir alegría, pero no es felicidad.

Los viandantes siguen pululando por las cuestas de mi barrio, grises como las aceras, lentos en su caminar, pero sin pararse, como un minutero que se balancea imperceptiblemente aunque incansable. Los coches más rápidos, como el segundero.
Dejo que la sedosa cortina se cierre, tapándome la visión de la ciudad, y al darme la vuelta encuentro la barroca habitación de mi hermana. Doy un par de pasos, descalzo sobre la alfombra de lana, adormecido, con los ojos entornados, sumiéndome en la atmósfera templada, tranquila. Se me escapa del pecho un suspiro. Soledad, si me supieras así siempre, contigo me quedaría.
Por los ojos entreabiertos se cuela la imagen de las figuras acolchadas de peluches y muñecas, fotos, pulseras, colgantes y demás abalorios, algunos libros por allí, y más adornos por allá (demasiado sobrecargado) y sobre las estanterías tres relojes o despertadores con un tic-tac descoordinado.
En cierto modo, los juguetes me observan compasivos, como si supieran que he sido uno de ellos. Llegar a la vida de tu dueño, que te acoge con las mejores sonrisas, los más tiernos abrazos, las ilusiones de lo que os queda por vivir juntos. Darse enteramente a ese ser en una lucha diaria que no acaba, aparentemente contra un destino titánico y aciago, realmente luchando contra admitir que sólo eres un capricho, una manera de esa persona de llenar su vida temporalmente hasta que vaya a por su siguiente meta. La lucha contra las propias ilusiones que se niegan a aceptarlo, a convencerse de que no eres la felicidad de tu amo, que sólo eres un vicio, y como tal, eres efímero… Como si pudieran leer esto en mis ojos me miran condescendientes aquellos peluches.
Ese, el afán de poseer, de sentirse dueño de algo, ese consumismo es uno de los vicios más extendidos. ¿Cuánta gente compra por el placer de conseguir objetos, ropa, fetiches que almacenan en lóbregos armarios? Inutensilios que llenarán en apariencia la vida de su poseedor durante el instante de la adquisición, para, una vez sido almacenados, caer en olvido o la indiferencia del consumista, que ya no obtendrá placer con ese objeto. Esta indiferencia llega incluso al asco, pues es frecuente que el comprador impulsivo acabe culpando a sus fetiches de al frustración que le produce que su vida esté vacía.
El resumen es el de siempre: vicio, placer momentáneo, vuelta al estado anterior, frustración.
(Tic-tac, tic-tac)
De este vicio que es el consumismo viene el materialismo, o sea, el comportamiento de las personas que dan excesiva importancia a lo material. Si la personalidad de alguien es independiente de sus vestiduras, ¿por qué juzgar por la apariencia? Son prejuicios implantados en la sociedad desde antiguo y difundidos desde nuevo por medios de masificación como la televisión.
Con el materialismo ocurre una superposición similar a aquella vicio-felicidad, e incluso es consecuencia de este primer error. La segunda superposición es la confusión tener-ser. Lo importante para tant@s no es lo que eres, sino lo que aparentas ser mediante tus pertenencias, o aún peor, directamente eres lo que tienes. Es una nueva jerarquización de prioridades que se da en las personas de este tiempo causada por la desaparición de valores personales. La vida de las ciudades, novedad de la época contemporánea, es una organización humana radicalmente diferente a la tradicional de los pueblos, en la que todos los vecinos están en contacto y se conocen entre ellos. En una ciudad, el anonimato es usado por muchos como una excusa para disfrazarse, ocultando su verdadero ser, mostrando al mundo una cara flasa.
Me cansé de ver esto entre quienes me rodeaban. Es complicadísimo ser uno mismo si estás rodeado de gente que cada acto que realiza lo hace meditando lo que pensarán de él cuando lo haga. Es difícil ser persona conviviendo con esas que se preocupan de ser modelos físicamente, populares socialmente, de comportarse según los cánones que (establecidos por la televisión) supuestamente son los de los triunfadores.
Encima, si eres lo que eres, recibes rechazo, o, con suerte indiferencia.
Si nos conociéramos mejor y no tuviéramos miedo a mostrar a los demás nuestras debilidades y defectos humanos, si toleráramos a los distintos, quizás me quedaría en este mundo un poco más.
(Tic-tac, tic-tac)
Los tres relojes a destiempo me molestan sobremanera. Siempre he detestado que me dijeran lo que tengo que hacer y el ritmo al que he de vivir, de ahí mi fobia a los relojes y metrónomos. Además, estos relojes descoordinados son como tres jefes de oficina, cada uno dándote órdenes contradictorias, creando el caos en tu mente.
Salgo de la habitación para volver a la tranquilidad en la que me apetece pasar mis últimas horas.
Tras cerrar la puerta detrás de mi los segunderos dejan de ser perceptibles, destensándome yo, y sintiéndome sudado por haber pasado la noche bajo mantas, me dirijo a la ducha.

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5 Re: Salvad a Marco el Mar 28 Jun 2011 - 2:50

Centinela

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Persona Ilustre
II

El tiempo fluye, calmo e ingrávido, como olas del Mediterráneo, pero, pisando las frías baldosas azules del baño, yo, me siento como en el Cantábrico. De frente al reflejo desnudo de mi torso, me miro como si me hubiera descubierto. Es como si sólo me reconociera a mí mismo sin vestiduras ni mentiras. Apoyando las manos en el lavabo de mármol (petreamente helado, como un muerto) me inclino sobre el reflejo, ligeramente, sutilmente curioso.
Ojos marrones puestos en ojos marrones, distantes, hundidos en lo más inhóspito de las cuencas, escondidos tras la maraña enredada de pelo castaño, húmedos y cristalinos… Rojas venas (azules, en las ojeras)… Siempre fueron mis ojos lo que más me gustó de mi cuerpo, aunque nadie en la vida se haya parado nunca a decirme “qué bonitos son tus ojos”. Jamás. Puede que sea por lo escondidos que están, hundidos en tinieblas, sumidos en el sopor de un sueño, pero vigilantes.
Soy bello no por guapo sino por la verdad desenmascarada de mi desnudez. Como una canción es bella por ser sentida y no por tener una bonita melodía, como un tequiero es bello cuando sale de dentro y no por compromiso. Esto es lo que soy, y la verdad, a la vez que cruel, tiene ese atractivo.
El rostro es el reflejo del alma…
El pelo sobre la cara crea sombras que se proyectan en los pómulos. Bajo la umbría caen las mejillas hasta los mofletes un poco comidos, suaves y afeitados. Al amparo de la nariz, los tímidos labios de la textura de una caricia.
Y los ojos.
Sé que, bajo la barbilla, en un lado de la papada (todavía tersa), está la cicatriz. Me operaron de un quiste que yo mismo infecté toqueteándome. Apareció de golpe en mi vida, lo confundí, creí que era algo normal, propio de la adolescencia. Comencé a juguetear y fue creciendo. Tuve la intuición de que no era tan normal, de que no era bueno, pero seguí jugueteando, tanteando, y aunque llegó un momento en el que quise pararlo, cuando me abstraía, mi subconsciente me jugaba una mala pasada y me encontraba a mi mano sobando. Se fue convirtiendo en una deformación asquerosa, grande y envenenada. Me propuse solucionarlo yo mismo, dejando radicalmente la manía del toqueteo, pero, por más que lo intenté, los esfuerzos fueron en vano:
Ya era parte de mí y no iba a irse por su propio pie. Decidí cortar de raíz.
Me he ido por las nubes. Volviendo al quiste, me dejó una cicatriz que llevaré ahí largos años.

Cuando una herida llega al hueso, nunca termina de curarse. Somos esclavos de nuestro pasado, pues es nuestra experiencia vital lo que nos moldea. Estoy francamente disgustado con mi pasado, pero hay una especie de orgullo que me hace pensar que no lo cambiaría por ningún otro, porque en el fondo me gusta ser como soy y no como quienes se quedan mirando la vida pasar.
Ese orgullo, esa testarudez, son conductas que he observado en algunas de las personas más tristes que conozco. Es el último hilo que les une a su autoestima. Si les quitas esa última barrera les dejas en nada. Me sorprendí encontrándome ese muro en mí mismo, muro que yo solito me derrumbé, dejándome desnudo como la verdad, indefenso como un crío que soy. Y de ahí al suicidio.
Pude renegar de mi pasado, olvidarlo, despreciarlo, pero ya lo hice una vez y fue un error. Quien pierde sus raíces pierde su identidad.
Dije adiós a mis amigos, me despedí de mis compañeros y compañeras por ser parte de esa sociedad que me esclaviza con sus normas y sus formalismos, me quedé con la familia, pero no acabé ahí; abandoné todos mis hábitos y rutinas, me quedé con unas pocas aficiones, salí de mis círculos sociales y me convertí en un desconocido hasta tal punto que dejé de conocerme a mí mismo.
Me quedé tan vacío… ¿Dónde estaba mi personalidad? ¿Qué pasaba con Marco? Ya no era yo, era igual que un globo; una fina membrana que transparenta la nada. Creí que no saldría de ahí, me tuve que empezar a crear de nuevo, esforzándome día a día en ser persona, hasta que me di cuenta de que todo daba igual, que era inútil, y se me calló esa barrera de orgullo que me ataba a la autoestima y a las ganas de vivir. Se pinchó el globo.
Aun con esas, ahora vivo con la verdad desnuda, sin adornos de mentirijilla, y el conocer el absurdo de la vida y mi firme convicción de acabar con ella me sumen en una serenidad absoluta…

Me meto en la ducha. Todo alrededor es blanco, menos el grifo metálico que me rocía el cuerpo moderadamente fuerte con agua caliente. Cierro los ojos, el pelo me cae sobre la cara, liso por efecto del líquido, que chorrea cascadas nacientes en el castaño de la melena. Me echo el pelo atrás, encaro la ducha, cierro los ojos, bajo la presión y giro el grifo hasta el agua fría. El cambio de temperatura aviva cada célula de cuello, brazo y espalda y me provoca una relajación infinita al bañarme la frente con débiles gotas.
¿Para qué vivir? Llegamos a este mundo con la pregunta esa de “¿de dónde venimos?” o aquella otra de “¿adónde vamos?” y en vez de intentar resolver esa incógnita que nos persigue a tod@s, de Manchuria o de Trujillo, negros, blancos o café con leche, damos la búsqueda de la respuesta por inútil e intentamos darle sentido a nuestra estúpida existencia mediante tontadas, entretenimientos, deberes y vicios. Lo único que quizás tenga sentido de la vida es el amor. El amor crea vida, da esperanza y futuro, vence al tiempo y a la muerte. Pero el amor no puede llegar a darnos la respuesta, porque es sólo una manera de darle otra oportunidad a nuestros hijos e hijas de resolver la ecuación que nos dejamos a medias.
Pero en sí, la vida es un absurdo, y la sensación de irracionalismo, desorden incertidumbre, nos asusta (aunque a veces atraiga), y, por cobardía, huimos de esa sensación.
¿Qué sensación?
Esa misma que te llena el cuerpo de congoja cuando estás viendo la televisión y de repente dejas de prestarle atención a la pantalla y dices: “¿Joder, qué adelanto con esto?”. O también puede sobrevenirte cuando estudias aquella dichosa asignatura que te han impuesto, que no vas a utilizarla en la vida pero que aun así tienes que aprobar, porque sí, porque lo pone en el plan de estudios, porque tus padres te dicen que necesitas esos estudios, y un día de primeras, ¡zas! Tu subconsciente te saca de la burbuja de la rutina y te dicta la escondida pregunta “Y esto, ¿para qué?”. Esa sensación de duda tan desagradable que nos oprime la entrañas de nuestro ser es el despertar de la búsqueda universal, la persecución del destino de cada individuo, de la humanidad y de la vida. Seguro que alguna vez has experimentado esa sensación, aun inconscientemente, o puede que estas palabras hayan despertado algo en ti, pero sabes que ese sentimiento se va pronto, y otra vez te sumirás en esa burbuja en la que estamos encerrados a cal y canto, y volverás a vagar por los caminos de esta vida sin pies ni cabeza.

Pero yo no. Yo ya no vuelvo a mi burbuja, ya sólo vivo con la pregunta universal, y por más que pregunto (no sé si a dios), no recibo contestación, y la angustia, la sensación aquella que oprimía entrañas, la incertidumbre de asomarse vez tras vez a un vacío sin fondo ni color ni forma, aquel sentimiento incómodo que a ti te duraba un instante antes de que volvieras a tu burbuja, a mí no me abandona.
Y no lo soporto.

Quizás haya algo más aparte del amor con sentido en esta existencia. La cultura también nos acerca a la respuesta universal, y mientras haya cultura y sed de saber, y curiosos, y haya amor que traiga vida, quizás haya esperanza de que algún día alguien o entre tod@s, resuelva o resuelvan el misterio.
Me duele en lo más profundo la soledad de mi búsqueda y la frustración producida por ver cada intento inútil. Si alguien me acompañara en este devenir incierto, si no os quedarais en vuestras burbujas viendo la vida pasar sin tomar parte en ella… Si al menos tuviera amor… Si al menos se apreciase la cultura… Entonces me quedaría, vaya si me quedaría, pero no voy a crearme más ilusiones que me podáis romper como venís haciendo con todo aquel que se atreve a soñar.

Respiro hondo. Goteo todo hasta que me cubro con la toalla color claro. La paso tranquilamente por todo mi cuerpo, empezando por los pies y terminando por la cabeza, de manera que por más que me seco me sigo mojando por el agua que yo mismo goteo.
Sonrío.
Otra cosa que no tiene sentido.
Nos tenéis miedo. Es así de cierto. Vuestro rechazo a los distintos es causado por el miedo. No os lo reprocho, es algo natural. ¿Por qué el ser humano teme a la oscuridad? ¿Acaso hay algo malévolo en la ausencia de luz? Supuestamente no es más que la situación que se produce cuando no hay energía luminosa. Entonces, ¿qué es lo que tememos de la oscuridad? No es la propia oscuridad; es el miedo a lo desconocido, a no saber lo que hay a nuestro alrededor, la incertidumbre de sospechar que hay algo ahí que no podemos ver.
Así reaccionamos frente a una situación que escapa a nuestro entendimiento: con miedo a lo desconocido. Y la inseguridad del miedo provoca el rechazo a lo incierto, para buscar luego una luz en la que sentir que controlamos nuestro entorno.
Así se actúa cuando alguien piensa distinto; se le aleja, se huye de él o se le silencia.
Si ante la oscuridad intentáramos discernir, palpáramos en las sombras en vez de salir corriendo hacia la luz, la cantidad de cosas que aprenderíamos.
Si ante los distintos tolerásemos y comprendiéramos…

Me coloco la ropa. Es la más cómoda; el pantalón más cómodo, la ropa interior más suave, la camiseta más… Claro, no pegan ni con cola, son incompatibles, es como pretender no hacer nada en la vida que no sea cómodo… No es factible.
Pero bueno, un día es un día, y nunca me ha importado mucho lo que puedan decir por mi aspecto. Seguramente ni salga de casa. El flequillo no lo aparto, lo dejo caer sobre toda la cara, tapándome ambos ojos.
Una vez me preguntaron por qué me dejaba el flequillo sobre la cara. Al principio pensé que vaya chufa de pregunta, contesté que era cuestión de gustos, pero una vez estuve solo lo medité y llegué a la conclusión de que probablemente haya algo más que estética en esos mechones de pelo.
Me cuesta horrores enseñar lo más profundo de mí. He intentado no ser hipócrita sino ser yo mismo y mostrarme tal cual soy, pero dejar a alguien que penetre en el interior de mí o pueda invadir mi intimidad última me horroriza.
El flequillo es el acto reflejo de ocultarme. Sí, te hablo a la cara, te sonrío, no te doy la espalda ni salgo corriendo, pero siempre tengo la cortina sobre los ojos.
Vale, soy cerrado, pero me cuesta tanto encontrar en quién confiar… No puedo permitir que nadie llegue hasta mi esencia porque podría usar todo eso que sabe en mi contra. O, bueno, generalmente lo que ha sucedido es que no he encontrado alguien que fuera a conocerme sin dejarse influir por sus prejuicios ni me quisiera comprender.
Al fin y al cabo, nos miramos unos a otras sin prestarnos atención, porque este o aquel son “sólo uno más” y no nos merece perder el tiempo intentando conocer a “una más”.
Encerrados en esa pasividad nos dejamos por conocer personas extraordinarias, tan extraordinarias incluso como para hacernos caer en la cuenta de que nosotr@s también lo somos. En cambio, inexplicablemente, nuestra atención se centra en personajes que “no son uno más”. Son famosos, populares, iconos… Están en la televisión todos los días, chupando cámara, o en la prensa, y les ponemos por encima de las personas, mitificándoles y elevándoles a la categoría de superiores a los demás, superiores incluso a nosotr@s mism@s.
¿Autógrafos? ¿Qué sentido tiene pedir autógrafos?
Supongo que para ti será una manera de tener un recuerdo de aquel famoso, o una excusa para acercarte a él o ella, o una manera de demostrar al resto que tuviste contacto con tal o cual. Como si eso fuera el testimonio de que durante un instante abrazaste el “éxito”, te codeaste con los líderes de esta sociedad, como si fuera la prueba de que durante un segundo no fuiste una más, sino alguien que se movía entre los superiores.

No te subordines. ¿Y si te dijera que ese famosete o famoseta es tan humano e imperfecto como tú? ¿Y si resultara que no eres inferior ni a él ni a nadie? ¿Y si tu grandeza fuera enorme, más que la suya, a pesar de no ser conocido por toda esa masa ingente de adoradores lameculos? Yo creo que si pensaramos un poco y reflexionáramos esto, cuando reconociéramos a un famoso por la calle ni gritaríamos como patétic@s pav@s adolescentes ni le pediríamos un autógrafo. Si acaso, una enhorabuena por su última película, partido de fútbol o discurso, un apretón de manos y punto (si se lo mereciera).

Una vez más se nos implantan modelos de éxito desde los medios de comunicación, y una vez más, como masa borreguil acatamos, idolatrando a todo aquel cuyo mérito sea aparecer por tal cadena con tal frecuencia. Más vale una madre o un padre de familia, un digno hijo estudiante o unos abuelos cariñosos que muchos astros a los que imitamos y envidiamos sin ser conscientes de que la humanidad de una familia moliente y corriente es algo mucho más envidiable. Algo que muchos figurines de esos seguro que envidian.
Esta no es más que una de las mil mentiras que transforman nuestra vida en una existencia artificial y falsa. ¿O soy yo el único que se siente imbuido en una mentira? Supongo que sí. Por eso y por mis cojones que de esta noche no paso. Ahí os vais a quedar con vuestra idolatría y vuestros fetiches, vaya que si.
Abro la puerta del baño.
Un último vistazo al espejo y cierro por fuera.

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6 Re: Salvad a Marco el Mar 28 Jun 2011 - 4:15

Centinela

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III
Otra vez frente a una ventana. Esta vez, sumido en estas meditaciones mis inquietas piernas me han llevado sin que yo me diera cuenta a la habitación de mi hermano. Por instinto o no sé por qué, subo la persiana amarilla y me siento en la silla, los codos sobre la mesa de estudio, los puños soportando la cabeza.
Recuerdo aquel día tantos años atrás en esa misma posición con los libros del colegio abiertos delante de mí, pero siendo tan ignorados como un chico feo de una chica mona. Mi mirada se perdía en el descampado que por entonces había enfrente, y puedo recordar que aquella fue la primera vez en mi vida que me sentí preso, una sensación que hasta hoy no me ha abandonado.
Desconozco los motivos; la imposición de un castigo paterno, una asignatura aburrida… Miraba como quien mira un tesoro. Allá afuera, la libertad de un descampado al que sólo entrábamos los niños (los adultos temían ensuciarse) para dar rienda suelta a nuestra imaginación. Y recuerdo que envidiaba a los pájaros porque ellos sobrevuelan los horizontes y se saltan las fronteras, y me entraban ganas de soltar a mi enjaulada periquita para que no se sintiera presa, tan mal como yo me sentía. ¡Y lo hubiera hecho! Pero tantos años en una jaula tan pequeña le habían atrofiado las alas, y un pájaro que no vuela no puede sobrevivir.
¿Seremos nosotr@s como mi periquita? Parece que después de tantas generaciones esclavas, serviles, sumisas, tengamos miedo a la libertad y prefiramos vivir siervos pero bien cebados, bien seguros en nuestra jaulita, alejada de la peligrosa verdad y la libertad. Mis alas no están atrofiadas. Mis ganas de volar hasta un futuro mejor están intactas y son mis espuelas, mi único obstáculo sois vosotr@s, maldita sea, porque no nos dejáis a mi y a los que piensen así volar y liberarnos. ¿Porque sois malvados? No. Porque preferís el estómago lleno y la seguridad de vuestra mierda de vida a vuestra libertad, y el miedo a encarar el destino para el que las personas hemos nacido os hace refugiaros en vuestra burbuja y rechazar a todo aquél que os intente sacar de ella.

Este es un buen momento para decidirse. Si quieres seguir en tu burbuja de mentiras y estómagos agradecidos no sigas leyendo. Probablemente ya lo dejaras en las primeras páginas (pensarías; “este tío es un “colgao””) y ahora esté hablando solo.
Es impresionante cómo cada vez que añoramos la libertad miramos el horizonte y nos invade la sensación de que está ahí, esperándonos a lo lejos. Recuerdo también que cuando era pequeño quería ser astronauta, y eso que nunca me entusiasmaron demasiado (salvo excepciones) las ciencias. Creo que quería ser astronauta para llegar al horizonte más lejano que existiera y alcanzar la libertad… Lo que tiene que ser estar en el universo. Tú y el universo, solos, en perfecta armonía. Como el navegante en un océano cuando ya no avista la tierra… El mar, el cielo, el barco y yo. Libre. Lliure.

Me marcó. Aquella tarde mirando por la ventana me marcó.
Hoy ya no hay descampado. Era un terreno salvaje, donde crecían plantas silvestres, criaban los gatos y gamberreaban los niños desobedientes que desoían la prohibición de sus padres. Porque el descampado tenía barro cuando llovía, y cacas de perro, y claro, es un engorro tener que lavar a tu hijo que ha salido a construir una cabaña con cuatro palés y unos mantones de plástico con los traviesos hijos de los vecinos. Mejor que se quede en el salón viendo la tele, así no se ensucia ni se junta con esos vándalos de metro cuarenta.
Qué pena.
Era un terreno feo, sucio y descuidado. Era completamente inútil, no como las viviendas u oficinas que lo rodeaban, y era un rastro de lo que fue la parte nueva de mi ciudad antes de ser urbanizada. Hoy hay una iglesia, una asociación para discapacitados y una placita asfaltada con una fuente y un par de árboles muy distintos a los que había por esa zona originariamente. Los niños juegan ordenadamente sin mancharse ni robar palés a los obreros para sus cabañas. Menos mal que a muchos la tele no les ha sorbido aún el alma y tienen suficiente imaginación como para hacer de ese burdo intento de las personas de controlarlo todo (hasta la tierra) un barco, o un campo de fútbol, o a lo que jueguen esos benditos diablos que se empapan en la fuente ahora que el egoísmo non los ha convertido en las herramientas serviles de su sistema.
Qué manía con sacarle provecho a todo y a todo buscarle utilidad. Siempre detrás del máximo beneficio, nos olvidamos de lo útiles que son cosas que no tienen precio, ni son tangibles. Cosas como los sentimientos o los recuerdos, que nos hacen más humanos. Porque cada vez nos sentimos más inhumanos porque somos más insensibles. No será la primera vez que oyes esto, ¿a que no? No soy el único que lo dice, no estoy tan loco. Los que hayan llorado alguna de esas veces en las que las noticias le contaban que algún desconocido se estrelló con el coche, esos hay que recuperarlos. Si conociera gente así, me quedaba con ell@s veinte vidas si hiciera falta. Pero, ¿dónde estáis? ¿No existís ya? ¿Calláis por miedo a que os rechacen por ser como sois? Si calláis, ¿cómo podría haberos conocido? ¡Salvadme!

Decidí ser yo mismo aunque me rechazaran, sólo para encontrar a los que son como yo, y no sólo no encontré a los semejantes, sino que la indiferencia de la sociedad me envolvió. Soledad.
Y aquí estoy ahora, volviendo a mis orígenes en mis últimas horas, reflexionando cómo el niño más soñador del mundo ha llegado en unas pocas estaciones a anhelar el suicidio.
Porque yo era el típico crío que no hace más que el payaso todo el día porque le encanta hacer reír a la gente. Y me encanta, y lo conseguía, pero algunos niños no se reían de mis bromas sino de mí (no sé de quién aprendieron a ser tan subnormales, seguramente de esos programas de la tele que meten a un personaje “pringao” para que se rían de él) y me perdieron el respeto. Tuve que tomar medidas y dejar de bromear de aquella manera, porque yo no tolero faltas de respeto hacia mí hoy ni lo permitía entonces. Así que mudé mi carácter a otro más serio y artificial, y menos feliz, y los que se reían de mis bromas y no de mi persona también perdieron alegría. Ahora me doy cuenta de que no somos quienes debemos adaptarnos a la sociedad, sino ser nosotr@s mism@s y convivir con la gente diferente. Probablemente si no fuera por esos niñatos y por mi sometimiento ahora sería feliz y no me vería en éstas.

¿Y qué más da? ¿Y qué importa mi infancia? ¿Y si la infancia es la verdadera patria de las personas qué es para mí, que no tengo patria?
Vaya, un antipatriota, pensarás, o un rojo de mierda, incluso. ¿Yo qué culpa tengo si no siento los colores de las banderas ni los himnos de las naciones? Sí, mi país existe, con gente de las mismas culturas y con sus propias señas de identidad, pero en el fondo los países son inventos de las personas. Son artificiales y desaparecerán tarde o temprano, porque la naturaleza es libre y pertenecemos a ella, no al revés, y el mundo no va a dejarse dominar por un ser como el humano.
Si la tierra y los árboles hablaran seguro que se reirían de nuestros intentos de llenarla de verjas, aduanas y fronteras. Qué necedad, ¿ponerle puertas al campo?
La prueba de que pertenecemos a la tierra es que volveremos a ella, y mientras nosotr@s habremos muerto, ella seguirá ahí, impasible. Y sin embargo, ella calla dejándonos creer que podemos comprarla y venderla, poseerla y explotarla, hasta maltratarla como hace toda esa gente sinvergüenza inconsciente que nos van a matar a tod@s con tal de ganar más y más dinero a lo loco, sin ningún tipo de miramiento hacia las consecuencias. Porque, claro, el cambio climático es un cuento, son los sandías (verdes por fuera, rojos por dentro) de “Greenpeace” que sólo quieren llamar la atención y vivir sin dar palo al agua.

Digo yo, que habrá de todo.
Lo que sí es seguro es que lo que le des a la naturaleza te lo va a devolver y lo que le quites se lo va a cobrar, y si no contemplemos las catástrofes naturales que encima acosan a la gente más pobre del planeta. Si se le cayera el chalet por un tornado al dueño de tal o cual industria o a los políticos que les amparan quizás dejarían de echar veneno al aire.
¡Todo por el dinero!¡Que se ahoguen en él! Ni que fuese a darle sentido a la vida.
La naturaleza es inmensa y eterna. ¿Quiénes somos para trocearla y envenenarla? Qué más fronteras que el horizonte…
Ahora me viene a la memoria aquello:
“¡Negros de mierda! ¡Que se vayan a su puto país!”
Joder, esa persona se lució. ¿Qué derecho tienes tú para decirle a nadie dónde debe estar y dónde no? ¿Acaso esa persona está atentando contra tu libertad por vivir, por ejemplo, en Tarragona? ¿Entonces por qué vas a pisar tú su libertad? Yo no lo entiendo, yo a la gente de mi época la entiendo muy poco.

Todo es cuestión de empatía. Si nos pusiéramos en el pellejo de muchos inmigrantes y viéramos a hermanas cambiadas por ovejas para dedicarlas a la prostitución con catorce años, a padres trabajando de sol a sol en semiesclavitud, si nos pusieran a currar a los doce (o menos) o nos usaran de niños soldado, si nos pusieran una vasija y tuviéramos que andar veinte kilómetros para coger agua sucia llena de enfermedades, si nos hubiéramos jugado la vida cruzando el estrecho en una patera… Vaya, a lo mejor nos lo pensábamos antes de mandar a esa gente a su “puto país” de una patada. Y encima, llegados a este punto de la conversación, me sobrevienen con argumentos del tipo:
“Es que la culpa la tienen sus gobiernos”. Los gobiernos dependen de la cultura de la gente (si tuviéramos más cultura, no haría falta gobierno) y si ellos no tienen cultura es por nuestra culpa, porque cuando les colonizamos no les enseñamos sino que les explotamos. No contentos con robarles sus recursos naturales les obligamos a recogérnoslos y luego se les abandonó, y como ya no se les podía sacar beneficio se les dejó de hacer caso excepto por esos raros que todavía tienen conciencia y van allí a arreglar las cosas.
La culpa de la miseria de esos países es nuestra, de Occidente, la culpa de que tengan que abandonar su familia, su tierra, su gente, es nuestra, así que seamos coherentes y adoptemos responsabilidades de una maldita vez.
Ah, el país. Yo no amo a mi país. Amo a mi tierra, y a ella volveré pronto.

Suenan las campanas de la iglesia. No son campanas de las de toda la vida, sino eléctricas, programadas para sonar ininterrumpidamente durante un minuto y medio, infernalmente monótonas.
No, hoy tampoco voy a ir. No por falta de ganas, pero no.
Siento un repelús recorrerme de arriba abajo al tomar conciencia de que en unas horas un dios puede estar juzgándome, y las ganas de ir a rezar por mi salvación son inmensas mientras me invade este miedo horrible al fuego eterno. Si dios existe, ¿nos ha dado una religión que se basa en la coacción y en la amenaza? Me cuesta imaginarlo, la única solución lógica que le veo es que dios no sea tan bueno como me lo han pintado. O eso, o que no exista, o el infierno sea un invento para manipularnos.
(Tam, tam, tam, tam…)
Que no, a mí no me llames, que no quiero ser tan hipócrita de rogar ahora por mi salvación cuando llevo todo este tiempo reprimiendo mis ganas de rezar a una existencia incierta, y si cierta, seguramente cruel.
Esa crueldad de dios puede ser el precio de nuestra libertad porque si nos lo diera todo hecho y nos hiciera perfectos, sin posibilidad de errar, seres ya realizados, entonces sí que nuestra existencia no tendría sentido. Visto así, tampoco se le podría echar en cara a dios lo de hacernos estas bromitas pesadas…
(Tam, tam, tam, tam…)
Por fin se callan.
Qué envidia me dan todos los que en procesión se dirigen ya a la iglesia. Niños bien vestiditos con sus padres, vecinos que aprovechan para charlar amablemente y ancianos que sí que van a misa por una razón muy concreta… Qué envidia. Ojalá me comiera menos la cabeza y me concediera a mí mismo el derecho a ser estúpidamente feliz o felizmente estúpido. Pero no, para tener una existencia vulgarmente ignorante prefiero morir y sufrir.
Creo que te estarás preguntando por qué no me he suicidado esta mañana nada más levantarme. Pues por una razón.

Después de toda una vida detrás del tiempo con la soga al cuello para llegar a todos los compromisos hoy he dado un golpe sobre la mesa y he dicho; “¡Aquí mando yo!”
Hoy vivo a mi ritmo, como siempre debí haber vivido y como siempre debimos vivir todos y cada una de nosotr@s.

No voy a vivir corriendo
por más que me persiga el tiempo.
Que se espere la muerte.

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7 Re: Salvad a Marco el Mar 28 Jun 2011 - 5:22

Centinela

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Persona Ilustre
IV

Los relojes los escondo en cajones, los quito las pilas, los tapo detrás de fotos, todo a un ritmo nuevo, el del palpitar de mi corazón, que sustituye hoy al monótono tic-tac.
El ritmo del corazón es el verdadero tiempo ¿No parece el tiempo correr a veces y otras en cambio estar detenido? El tiempo es subjetivo, somos sus dueños porque está dentro de nosotros, en nuestro subconsciente, en los latidos del corazón.
Eliminado el tiempo exterior, me encuentro más libre, más dueño de mí mismo. Es una extraña sensación de desorientación grata y amable, un orden dentro del caos, como cuando mi habitación está desordenada pero yo sé perfectamente dónde está cada cosa. Desconozco cómo va el mundo ahí fuera, cómo corre el tiempo para los demás, pero a la vez me conozco mejor ahora que no tengo ninguna cita, ningún plan, ningún futuro, porque estoy siendo dueño del presente al no subordinarlo al mañana.
Y en este vacío de deber tan placentero me encuentro de nuevo sobre mi cama (sin hacer) con la habitación en penumbra, persiana casi hasta abajo, dejando colarse sólo a los más sutiles rayos de sol, y por alguna razón tengo la necesidad de hacer algo.

Las personas están vacías. Vacías de sentido, de coherencia, porque la vida es así de absurda; un vacío. Y nuestra naturaleza lo que hace siempre ante cualquier vacío es llenarlo, y así funciona la vida.
Vida: un sinfín de actos encaminados a esconder la realidad última; estamos vacíos, no tenemos sentido.
Mi impulso ante este nuevo vivir al ritmo de mi subconsciente consiste en no quedarme viendo cómo el tiempo que ahora poseo pasa delante de mis narices, no; mi impulso me encamina a usar ese tiempo (seguramente para llenar el vacío de mi vida) de alguna manera. En concreto, lo primero que veo es una consola. Me acerco a ella guiado por la fuerza del impulso aquel y cuando cojo los mandos me paro en seco y la miro sin encenderla. Un momento. ¿Videojuegos? ¿El último día de mi vida lo voy a pasar cambiando mi existencia por otra irreal? ¿Voy a imbuirme en otra mentira?
No. Ya basta de mentiras. Ya está bien de refugiarse en otros mundos para huir de éste, de olvidar mis problemas entrando en un universo imaginario. Basta de enajenarme y de negarme a mí mismo. Hay que ser valientes y afrontar la vida, no hay que huir de ella para refugiarse en la imaginación, por muy buena que hemos dicho que esta sea.
Si nos pasamos la vida entre consolas, entre este mundillo de pacotilla y el otro, cuando apaguemos el aparato vamos a volver a encontrarnos con nuestra triste vida, que en vez de haber sido mejorada ha sido abandonada en pro del olvido, de la evasión a otros mundos. En vez de encararnos a nuestros problemas vamos derechos a las consolas a olvidarnos de ellos y a dejarlos para luego. El problema es que al final no los solucionamos porque no los hacemos frente, y ante ello buscamos con mayor asiduidad la evasión, y el entretenimiento se convierte en un vicio que nos ata la felicidad y nos aleja de la cruel realidad. Un vicio que perseguimos y termina siendo una necesidad.

En cierto modo, todo vicio es una droga. Cualquier cosa que cree dependencia es equiparable a una droga, y todos los vicios tienen en común otra cosa más; nos sacan de la realidad. Nos enajenan.
A nadie le hace mal una partida, o un porro. El problema llega cuando se convierte en parte de nuestra vida y nos la roba.
¿Cuánta gente es esclava de sus vicios? Todo el mundo un poquito, cada cual en su medida, pues la cobardía por inercia nos lleva muchas veces a buscar el alivio del olvido momentáneo.
Olvidar los problemas del trabajo con un buen partido de fútbol, ahogar la infidelidad conyugal en el alcohol, dejar los suspensos de lado en lo que dura un colocón… O un videojuego. Tan simple e inocente como el que sostengo en mis manos.
Mmm… No. Hoy ni voy a misa ni voy a jugar a ningún videojuego. Hoy es día de decirme sí a mí mismo, lo que no he podido hacer en estos diecisiete años por miedo a quedarme solo.
Dejo el mando en su sitio y me meto en el rinconcito de mi cama, bajo sábanas, manta y colchón… Calor… Da gusto estar vivo y sentir, pero sobre todo da gusto pensar, porque cuanto más pienso y menos huyo de pensar, me siento más dueño de mí mismo, más libre.
Pero para atreverse a pensar hay que ser valiente.
Un cobarde encendería la tele.

Mi reloj interno me indica que es hora de comer. No hay tic-tac, basta con una indicación natural.
Me levanto, salgo de la habitación, cruzo el pasillo y, ya en la cocina, miro en la despensa.
De beber, agua, porque es lo más sano, puro, lo único que de veras quita la sed, y porque no tengo necesidad de ningún sabor extraño ni de gases o alcohol añadidos. Esos placeres para otro momento en el que me apetezcan, pero ahora tengo sed, consumir otra cosa sólo sería la muestra de que alguien ha influido en mis hábitos de consumo para incluir en ellos su marca y poder explotarme.
Vas a un bar y estás sediento, deseando un trago de agua bendita y tienes que pedir la bebida o el refresco de turno porque para estar en un bar hay que consumir… Y la fuente de agua más cercana está en otra ciudad, prácticamente.
Y ya en el bar, eres presa de las marcas de refrescos, un monopolio universal que ha implantado su modelo consumista. Nos meten en el coco que tenemos que beberlos desde televisión, carteles… La humanidad ha vivido millones de años sin ellos y en los últimos cien no hay lugar en el mundo en el que no parezca que haya que echarse al buche al menos un par de refrescos por semana.
Estas marcas son tan déspotas que se atreven a explotar a todos. No queda prácticamente un lugar en el mundo en el que no estén ahí, obteniendo beneficios, cogiendo el dinero que hemos ganado con el sudor de la frente, hasta el de los trabajadores de los países más pobres que no tienen para sobrevivir, pero tienen refrescos.
Tengo la paranoia de que cada marca (de bebida, alimento, producto de limpieza, editorial…) es el aguijón de un empresario mediante el cual succiona el dinero que es el fruto de nuestro trabajo. Bueno, no lo es realmente, pero lo representa, porque hemos cambiado la riqueza que hemos producido por él.
Pero, si no consumes marcas, ¿qué haces? ¿Te plantas tu propio huerto? Esto no siempre es posible…

Me dispongo a hacerme una tortilla. Recuerdo a aquell@s vegan@s. Para ell@s comer productos animales es como tolerar que sean explotados, y comerse a los animales es colaborar con su asesinato. Yo no consigo verlo así; me he criado entre ovejas y gallinas, y si bien en muchos casos el maltrato es evidente, una ganadería responsable a mí no me parece un maltrato.
No me siento mal al comerme un filete si sé que a ese animal no le han hecho sufrir al matarlo ni en vida, en cambio sí me daría cargo de conciencia si le han tenido agonizando o ha vivido hacinado entre otros animales y excrementos, como aquellos japoneses que decían que la carne es más sabrosa si el animal sufre al morir porque los tejidos nerviosas bla, bla, bla…
No, la verdad es que mi conciencia hoy día no se ve dañada por comer carne, igual que algunas personas pueden abortar tranquilamente y otras no. Cuestión de empatía.
La de cosas que puede pensar uno si apaga la tele durante la comida…
Aunque lo de los refrescos ha sido una estupidez, una estupidez, eso sí, que representa el funcionamiento de todo el sistema.

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8 Re: Salvad a Marco el Miér 29 Jun 2011 - 4:16

Centinela

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V

El apetito saciado, voy a ponerme a trabajar, porque yo, además de estudiar, trabajo.
¿Sabes? Trabajar es bueno. Creamos riqueza y los bienes materiales que necesitamos para sobrevivir y para vivir mejor. El trabajo es una de las maneras con las que colaborar con la sociedad, y además podemos tomar del trabajo de otr@s lo que nosotr@s nos podemos producir, sabiendo que ell@s también tienen derecho a gozar de nuestro fruto.
Pero, aparte de este bien material, trabajar es una de esas cosas que, junto con el amor, crea futuro, progreso, aunque tampoco es una razón existencia, quiero decir, no vivimos para trabajar, pero si tenemos que trabajar para vivir. El trabajo nos dignifica, nos hace sentirnos (y ser) útiles.
Pero la pereza también se puede convertir en un vicio.
Las sociedades siempre arrastran la lacra de las sanguijuelas. Siempre ha habido y habrá quien quiera vivir del trabajo honrado sin arrimar el hombro y costearse sus vicios con nuestro esfuerzo.
Lo peor de este sistema son los parásitos que nos chupan la sangre, que apilan su dinero en cuentas corrientes de paraísos fiscales donde no tributan, o en las SICAV aquí con impuestos del 1%. No contento con sangrarnos y vivir del sudor de nuestra frente, con amasar riquezas con las que se podría dar educación a todo el tercer mundo, nos cargan a nosotr@s con una parte desigual de responsabilidad a la hora de financiar el estado.

¿Por qué no subir impuestos a quienes les sobra dinero y bajarlo a las familias humildes que sólo quieren dar de comer a sus hijos y pagar una hipoteca que los tiene en régimen de semiesclavitud de por vida? Porque no interesa. Los políticos saben que si suben los impuestos a las grandes fortunas, éstas, guiadas por la suprema codicia que sólo pueden tener quienes ya lo tienen todo, sacarán el dinero del país porque les saldrá más rentable invertirlo en otro, y los políticos permiten la perseverancia de esta injusticia porque si ese dinero sale del país nos empobrecemos. Y quizás no es que esto les importe a algunos políticos, pero si hay pobreza perderían votos.
E igual que en este caso, en otros mil no hay libertad, porque este chantaje que pueden ejercer los que disponen de capital se extiende a todos los ámbitos. Lo curioso es que para los “liberales” esta doctrina del libre mercado es libertad. Está claro que se hacen los tontos.
Mientras haya capitalismo el poder no será de la gente normal, ni siquiera del gobierno que puedan elegir; el poder lo tendrán los que dispongan del capital, y cada gobierno que haya claudicará ante sus exigencias por miedo a que las fortunas le den la espalda y dejen al país en la ruina. ¿Por qué el gobierno no cambia las reglas del juego entonces sino que soporta la coacción? Porque este sistema está muy bien cimentado en la sociedad global de nuestro siglo tras dos o tres centenares de años de existencia, y porque un país solo no puede sobrevivir, y también porque todos los cambios de sistema han acabado en miseria, muerte y dictaduras.
Pero además, los políticos no se van a arriesgar a cambiar el sistema porque éste les permite llevar una vida holgada trabajando, en muchos casos, lo justo.

Por eso no cabe esperar que den un paso por nosotr@s. Los que tenemos que parar este juego explotador somos quienes no tenemos nada que perder y todo que ganar, los trabajadores y las trabajadoras.
Hay que recuperar la conciencia de clase que nos han hecho olvidar con el materialismo y las comodidades, pues aunque comamos caliente y durmamos en cama y bajo techo seguimos siendo explotad@s como hace un siglo y seguimos sin ser dueñ@s del fruto de nuestro trabajo. Quitarnos lo que es nuestro es enajenarnos, es usurparnos nuestra esencia, nuestro tiempo (el que hemos dedicado trabajando), nuestra vida (porque en esta cadena de explotación la vida se resume en aprender a trabajar, trabajar, y cuando eres inservible esperar al reciclado de la muerte, todo ello con espacios de ocio intercalados).

La vida es lo único que tenemos, lo que de verdad importa, un bien supremo que se nos ha otorgado aunque no sepamos para qué, y yo no voy a permitir que me chupen la vida unos canallas para que se procuren los vicios y lujos a mi costa.
Porque la felicidad es lineal. Un rico tiene la misma felicidad que un pobre, porque hay cosas que a uno le dan una cierta alegría y situaciones que a cada uno le dan distinta tristeza, pero el rico busca la razón de la existencia en el dinero. Y el dinero no es la razón de la existencia humana, así que quienes la buscan en él se quedan vacíos. Los ingenuos lo suelen achacar a que todavía no tienen lo suficiente y que hay quien aún tiene más. Toda esta búsqueda sin sentido sumada a que no tienen el consuelo reconfortante del trabajador de sentirse útil les produce una frustración enorme, y en el fondo, bajo la máscara de apariencia y de bienes materiales inmensos están aún más vacíos de lo normal en la absurda existencia humana.
Por su bien y por el de aquellos y aquellas a quienes explotan, deberían arrimar el hombro en la creación de otro sistema, pero el orgullo les ciega. Ell@s sí tienen conciencia de clase (saben de sobra que son ricos, saben de sobra explotan las plusvalías de la gente) y temen perder el contacto con los demás miembros de su estamento, perder posiciones en la escala social, que sigue siendo piramidal. Temen, de igual manera, ser inútiles en un sistema distinto (muchos nunca han trabajado) y que aquellos a quien ahora explotan el día de mañana les den la espalda si cambian las reglas del juego.
Una vez más, el factor que impide el cambio es el miedo.

Se han encargado bien l@s dueñ@s del sistema de que no se les caiga. Cualquier cosa que tenga que ver con cambiarlo en el seno de la sociedad actual es respondida con rechazo. Estamos invadidos de prejuicios y criticamos a los “antisistema” tachándolos de violentos, agitadores, perversos delincuentes, vagos, ladrones… Pero vamos a ver, ¿va a pagar el movimiento obrero por cuatro niños malcriados cuyos actos son explotados hasta la saciedad por los medios controlados por las empresas del sistema? ¿Han de sucumbir todas las ideas e intenciones de cambio porque unos egoístas o hayan usado para enriquecerse y alcanzar el poder como las dictaduras comunistas?
El movimiento obrero no tiene nada que ver con dictadores ni con jóvenes dándose palizas, sino con un futuro en el que seamos dueños de nosotr@s mism@s y acabemos con la esclavitud encubierta en la que hoy vivimos.
Es hora de adquirir conciencia.
Pero mi crítica hasta ahora ha sido de mala fe, y para convertirla en constructiva voy a plantear alternativas que puedan gustarte más o menos, pero son las que tiene un chaval de diecisiete años. Si toda la gente de diecisiete años nos pusiéramos a crear alternativas saldrían muchas mejores, y no hablemos si la sociedad se empieza a preocupar de verdad, pero de un único ente pensante lo que hay es esto:
Sabemos que hay que acabar con la dictadura del capital, responsable de los excesos, desequilibrios y, sobre todo, de nuestra explotación y falta de sentido de nuestra vida dirigida a enriquecer a otros. ¿Pero cómo gestionar este cambio? ¿Establecemos un estado que gestione en pro del proletariado? No. Dictaduras no. Ni del proletariado ni de nadie. Eso sólo funcionaría si de veras los gobernantes fueran honrados, pero aunque consigamos una generación de gobernantes decentes (lo cual es muy difícil, porque si necesitamos miles de políticos, muchos serán indecentes), tarde o temprano llegarán los que aprovecharán la situación para explotarnos desde nuestro propio seno. Donde hay poder, hay luchas por él, conflictos de interés distintos a los de la gente corriente, diferencias sociales entre los que concentran el poder y los que lo otorgan.
Que los que tienen el poder lo no se beneficien de él es una auténtica utopía.

Es que tenemos una mala manía que nos ha sido inducida desde siempre, que es la de dejar que hagan las cosas por nosotr@s. Todo parece indicar que lo correcto es no hacer nada, sino votar a otr@s para que lo hagan. No puedes hacer sindicalismo por ti mismo, tienes que votar un comité para que te represente, no puedes decidir tu plan de estudios, ni si quiera los maestros pueden, porque ya hay un ministerio preparado por el gobierno para decidirlo, no puedes gestionar tu trabajo porque ya hay un empresario con un equipo de gestión, está prohibido juzgar; castigar o perdonar son cuestiónes de otra gente a la que ni siquiera has votado, y así nos damos cuenta de que cada paso que se quiera dar en la vida, cada acción que no sea consumir o trabajar para alguien, tiene una serie de limitaciones o prohibiciones que chantajean nuestras decisiones.
Y si no podemos elegir el rumbo de nuestra vida porque esa gente, impuesta o votada, ya nos lo ha marcado, ¿qué libertad existe? Si no podemos elegir nuestra nacionalidad, movernos por el mundo, consumir sin ser estafados, trabajar sin ser explotados, estudiar lo que nos es productivo y nos interesa, ¿a qué esperamos?

Hay que sustituir poco a poco todos esos grupos de poder que están ahí, robándonos la vida, por gente corriente y moliente que, reunida en asamblea, sin nadie que esté por encima de los demás, organice los aspectos que le influyen en la vida. Hay que dejar de vivir pasmados ante el televisor quejándose de políticos y empezar a trabajar desde ya, organizando asociaciones estudiantiles que junto con los profesores y padres de alumnos y alumnas presionen para decidir el modelo educativo, asambleas en los centros de trabajo que empiecen a decidir los horarios, el reparto del trabajo, la gestión general de la empresa (autogestión), comisiones policiales autogestionadas en vez de dirigidas por un Estado enemigo de las personas, grupos coordinados de la limpieza, asociaciones de barrio…

Y así, juntándonos en las calles, en los centros de trabajo, en las plazas, podríamos construir un sistema nuevo en el que no hicieran falta ni políticos, ni chupópteros de la patronal, ni burócratas que se apoderen de nuestras vidas. Es hora de que los afectados por los problemas los solucionemos en vez de poner un voto en una urna y rezar para que el elegido atienda a nuestras demandas.

Si esto es un pequeño resumen de lo que soy capaz de pensar yo, cómo va a ser imposible cambiarlo todo si ponemos millones de cerebros creando nuevas ideas… Sólo hace falta salir de casa, hablar con los vecinos y vecinas y tomar contacto con la realidad.

Eso si, que se sepa, que se tenga en cuenta por todo el mundo; mientras haya un explotado en el mundo y cultura para descubrir las injusticias, seguirá habiendo resistencia. Por la propia búsqueda natural del ser humano tarde o temprano será rechazado este sistema por ser una obra mala.
La pena es que han jugado muy bien su papel y tienen a la mayoría de la gente tan llena de prejuicios y miedos que la revolución queda lejos… Y yo no tengo paciencia para ver cómo os pasáis otras tantas generaciones hasta daros cuenta. Aquí os quedáis, que os exploten a vosotr@s, que yo no soy una estrella del pop del que se pueda sacar partido económico después de muerto.

Mi trabajo es libre. Soy su productor y por tanto yo y sólo yo decido lo que hago con el bien que obtengo. Me impongo mis propios horarios y trabajo no por obligación, sino por necesidad y por sentirme útil.
Abro la tapa del piano, coloco las hojas pautadas en el atril y paso las manos por encima del teclado. Una idea me venía rondando la cabeza. Tarareo interiormente y al instante lo pretendo plasmar al piano. Unos arpegios ascendentes son lo primero que mis dedos ejecutan, pero no me convencen. Al menos he podido fijar una tonalidad, do menor. Vuelvo a cantar en mi cabeza, con los ojos cerrados, y me doy cuenta. Necesito densidad, un bajo es imprescindible, así que lo ejecuto con la izquierda y en la derecha toco los arpegios anteriores, ahora en forma de acordes desplegados.
Estoy cerca, pero le falta gancho. Repito para mí los sonidos y una melodía me asalta la cabeza. Con la izquierda toco los bajos y entre blanca y blanca salte tres octavas hasta la tesitura adecuada para el timbre de la melodía, y mientras la mano derecha toca los acordes apoyándose de un calculado giro de muñeca. Los dedos de ambas manos se entrelazan en un pequeño lío. Repito a ritmo lento la secuencia y todo termina sonando fluido. Es gracioso el danzar de los dedos, que al tocar tan cerca (con una mano sobre la otra) parecen esquivarse.
Pero sobre todo, suena como quiero, a réquiem.
Lo escribo, pues quiero que quede lo que compongo. Quizás a alguien esta música le pueda transmitir muchas cosas algún día.

Sigo escribiendo hasta que me canso, seguramente horas, no lo sé. La partitura crece y crece, rellenándose los pentagramas con puntos y rayas que aparentemente no dicen nada, pero esconden el sentimiento de frustración de un suicida.
Está incompleta, pero he escrito lo suficiente como para tener que practicarlo un rato. A la cuarta vez los dedos ya van solos, como si una inteligencia propia los guiara hasta las teclas correctas, y embargado por las sensaciones mi mente vuela, como tantas otras veces.

Ahora, después de once años de estudio, me doy cuenta de lo que aprendí de la música, y no me refiero a la teoría de la armonía, ni al contrapunto o a la técnica pianística. Me refiero a lo que la música me enseñó.
Recuerdo aquella clase de filosofía en la que la profesora daba la teoría de Nietzsche y explicaba que según el pensador la música es una forma de conocimiento mucho más importante que la ciencia. Y todo el mundo se reía. Y los que no se reían, lo veían como otra estupidez más a las que los filósofos que estudiamos les tenían acostumbrados. Para el examen, muchos memorizarían la teoría y la plantarían en el papel, sin haberse parado nunca a considerar lo que significaban esas palabras. Otros ni siquiera atendían, y la propia profesora parecía reírse.
Qué impotencia tan grande. ¿Cómo hacer comprender que la música, y no sólo ella, sino el arte, enseña a sentir, ¡enseña a vivir! A conocer lo que otra gente ya experimentó antes, a mirar el mundo con otros ojos, ¡a ser persona!
Pero, ¿cómo se lo explicas a quienes lo miden todo por los beneficios que le da? ¿Cómo explicarlos que su vida es otra cosa mucho menos vacía y fría y que no son máquinas al servicio de nadie?
¿Cómo le vas a decir a alguien que elija saber de música o saber de química si la música te hace libre y te mata de hambre y las ingenierías te aseguran un futuro cómodo pero esclavo? A no ser que realmente luches por hacer lo que quieras con tus conocimientos científicos y no lo que te impongan.
Nos falta tanto arte a las personas…

Con un poco de suerte alguien recuperará esta partitura, escuchará esta canción y sentirá lo que se siente al estar a punto de suicidarse. Con un poco de suerte, si, y esa persona escapará de los sonidos adulterados de la radio, pensados para venderlos y no para compartirlos, de fácil percepción pero vacíos por dentro, con una pegadiza melodía, pero la mayoría carentes de esencia, de sentimiento.
La música de la radio es el himno del sistema.
La vida, sin música, no tendría sentido, sería un error (y no lo digo sólo yo, lo dijo primero aquél loco pensador).

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9 Re: Salvad a Marco el Miér 29 Jun 2011 - 4:31

Centinela

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Persona Ilustre
VI
Suficiente composición por hoy. Voy a por agua. Me bebo la botella como me hubiera gustado vivir la vida; a veces a sorbos, degustando cada instante, a veces a tragos, llevado por la ser y las ganas de más. Ya sólo quedan unas gotas, igual que a mí unas horas, quizá minutos. Será cuando el corazón me lo marque.
Hay más botellas. Mi imaginación las identifica con otras vidas, las de las personas que me rodean. Esa agua, esa vida, ¿es bebida a conciencia como me acabo de beber la mía? ¿Se vaciarán sin sentido, para refrescar los gaznates de otra gente que bebe sin sed? ¿Llenarán las bañeras de algún magnate mientras se envenena su contenido con cloro para que no cree vida ni plantitas que puedan molestar a tal o cual señorín?
Ya, no es más que un símil estúpido, pero a mí me dice mucho.

Analicemos la vida humana.
Naces en el hospital de turno, en un maldito paridero de la seguridad social, rancio, que huele a los pobres agonizantes de la planta de arriba. El doctor o doctora trae al mundo su vida nº 3.048, la 253 este año, un tercio de ellas vinieron con cesaria. Un cachete en el culo. Zas. Ya estás llorando. Bienvenido al mundo. Un enfermero o enfermera que perdió el amor al oficio con el primer turno de guardia te lleva en volandas por la habitación, asido del tobillo, como si fueras un fardo después de haberte arrancado de los brazos de tu madre, el único reducto de amor en esa sala de colores apagados y humedades.
Lloras más fuerte, protestando por el trato dispensado por quien te zarandea, a lo cuál eres respondido con una mueca despectiva que parece decir, “¿quién te crees? Eres mi noveno llorica hoy, ¿te piensas muy importante? Da gracias de no ser un aborto.”
Acabas en la sala de maternidad en una urna y desde tu primer día ya te ponen un número. Ya eres un cifra. Tu familia te salva de ese infierno al poco tiempo y te refugian en tu casa, donde a fuerza de caricias y mimos te intentan enseñar a ser feliz.

Y entonces te educan, y todo es genial, porque aprendes de ellos mil cosas de sus vidas, ves comportamientos y los imitas, te vas haciendo persona.
Con lo que no contabas era con el sistema.
El idioma y la cultura que te enseñan para que puedas comunicarte serán utilizados por el poder para convencerte de que perteneces a una comunidad llamada nación. Un ente ficticio inventado por las mentes de antiguos poderosos, trazado por reyes a fuerza de la sangre de su pueblo mientras ellos se repartían las rentas de las conquistas hechas a fuego y espada, imponiendo su religión, lengua y costumbres allá adónde iban.
Y esa es la historia de las naciones en el nombre de las cuales hoy besas bandera, juras pleitesía y prometes “servir hasta morir”. Eres el objeto perfecto para el poder. Pronto irás al Barranco del Lobo a morir reprimiendo a un pueblo extranjero para que las compañías ferroviarias de la zona se puedan seguir forrando. Sí, el Barranco del Lobo sigue presente en Irak y muchos otros sitios. A esa gente le da igual si mueren diez como si mueren cientos mientras sigan teniendo las rentas al alza. Y el estado manda al ejército (un ejército hecho de obreros) a defender los intereses coloniales para que su país sea importante en la esfera internacional, escena de mil países dominados por ricos que mandan a sus “compatriotas” obreros a matarse entre sí para conseguir poder y gloria. Ese es su patriotismo. Y todo mediante un lavado de cerebro perfectamente pensado y efectuado desde la escuela hasta la jura de bandera de tal o cual país, no importa el nombre.
¿Qué diferencia hay entre Annual, Trafalgar, Waterloo, la Guerra Civil, Irak…?
Todo es lucha por el poder pensada por los ricos en coordinación con el estado o poderes que pretenden hacerse con el estado llevada a cabo por las clases medias y bajas que se dejarán la piel en inhóspitas tierras mientras el poder se queda en casa repartiéndose los beneficios de su sangre.
El que aún no lo quiera ver, pues que no lo vea.
Después de meterte en la cabeza desde la tele o vía familiar, social, mil y un pensamientos alienantes pensados para convertirte en un esclavo, vas a la escuela.

La escuela es fantástica. Aprenderás todo lo que necesitas para ser una persona útil. Si el sistema no tuvo la suficiente influencia en tu casa y no consiguieron adoctrinarte no te preocupes, ahora convivirás con chavales de tu edad que si estarán alienados y bien preparados para servir, dispuestos a convertirse en máquinas insensibles, y ahora que eres pequeño y tu personalidad no tiene las armas para defenderte de la atracción de la mayoría es cuando caerás. Entre la masa, los profesores y profesoras y la tele serás un@ más. Ya eres parte de la sociedad, ya tienes catorce años y figuras en el censo y la partida de bautismo de tu parroquia. Es hora de que recibas tu código de barras. Un “DNI” en el que pone que eres el ciudadano 03246015-A de este país o del otro o de los dos. Ahora eres un número. Una jodida cifra a la que el estado acudirá siempre que quiera controlarte; cruzar una frontera, registrarte como trabajador o trabajadora de tal empresa, estudiante de tal universidad, culpable de tal delito…

Por fin la adolescencia. Mi época. Más estudios pensados para que nunca seas una persona autosuficiente capaz de pensar y vivir por sí misma sino para que sirvas al dios sistema y dependas de él, de su “estado del bienestar” sin el cual no puedes vivir.
En la adolescencia uno afirma su personalidad. Es ahora cuando tienes una gran oportunidad de sobrevivir. La trampa está muy bien dispuesta. Drogas, alcohol, cultura del sexo sin amor, televisión, fútbol, nacionalismo, música comercial, un mundo de evasión en el que olvidar la realidad que te rodea.
Hay quienes no evadimos los problemas sino que los intentamos solucionar. Sí, somos los menos, pero el poder tiene todos los medios a su servicio: mass media, publicidad, educación… Competir con su capacidad de influencia es una locura. Una locura que alguien se ha atrevido a hacer. Algún día seremos los más. O no.

Sí, desde cierta edad te empiezas a plantear todo. Ell@s no quieren que pienses y harán todo lo posible por evitarlo; han creado una sociedad que penaliza al que piensa, un estilo de vida basado en el olvido y el hedonismo, en la obediencia y en la dependencia, pero aún queda una oportunidad de ser libre.

Pongamos que no lo consigues, no aprovechas la oportunidad. Después llega la madurez. La familia, la casa, los hijos, y sobre todo el trabajo. Un trabajo esclavista en el que sirves con un tercio del tiempo de tu vida a un señor o señora que se lleva tal porcentaje de tu trabajo. ¿Qué derecho tiene a ponerte horarios, a clasificarte, a quedarse con lo que produces y a traficar con ello? El derecho que le da el capital. Esa persona, ese capitalista, fundó el negocio por la iniciativa empresarial fomentada por este sistema (haz una empresa para explotar a la gente o entra en una para ser explotado) y ahora esa empresa le da capital, que es la fuerza que hace que agaches la cabeza y te subordines a su yugo, porque sin el capital vives en la miseria, y ya tienes una familia que alimentar…
Nuestro sistema de trabajo se mueve por el miedo a la miseria. Lo lógico es que se trabaje por necesidad, no por coerción de otra persona ni para servir a nadie.
Y así una vida entera atado a una hipoteca que no pagarás hasta la jubilación, un trabajo deshumanizante al que no verás ningún sentido jamás (porque ser esclavo no es lógico) y entre tanto y tanto algún espacio de ocio en el que te creerás libre, pero el sistema estará ahí esperando para organizar tus vacaciones mediante la publicidad y ordenarte lo que debes consumir.

Y llega la jubilación. Has criado a una camada de esclavos que ahora trabajan en tu lugar y tú ya no sirves.
Tendrás una pensión; recompensa por una vida de servidumbre, con la que sobrevivirás hasta el fin de tus días (si tienes suerte).
Nadie puede decir nada en contra del sistema; “¡hay pensiones de jubilación y viudedad!” “¡Hay que ver lo que hemos mejorado!” Ni que las prestaciones sociales te las regalaran; están pagadas con tu propio dinero…
¿Y qué es un viejo en una sociedad capitalista? ¿Qué es alguien que no puede trabajar en un sistema al que sólo les importamos los que salimos rentables?
Un anciano hoy en día no es nada. Es un inútil, un inservible, algo despreciable. La sociedad los mira de arriba abajo por la calle viendo lo patéticos que son sin poder andar rápido ni trabajar.
Te recluirán en una residencia lejos de tu tierra y de tu familia, una familia que no tiene tiempo para ti porque tiene que trabajar para algún explotador.
¿Este es trato para unas personas que nos han dado la vida? ¿Eso es una vida humana? ¿Una existencia estéril manipulada de cabo a rabo, con un destino escrito ya antes del nacimiento, condicionada por fuerzas externas escondidas detrás de una masa de gente deshumanizada que te rechazará si no vives según sus normas? ¿Eso vale una vida? ¿Esa mierda?
Pues la vida es mi única posesión. Es mía y la quiero compartir con mi gente, ¡nadie va a ser mi dueño!
Antes muerto que esclavo.

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10 Re: Salvad a Marco el Miér 29 Jun 2011 - 4:58

Centinela

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Persona Ilustre
VII

Tengo cada vuelta del minutero atravesada en mi subconsciente
y la intuición de que libertá es otra cosa:
Que nos han vendido unas cadenas con forma de alas
doradas de tordo,
que si las bates no vuelas,
porque te pesa su plomo.
Nos las dieron los cuervos:
para sacarnos los ojos…
Y ahora andamos ciegos.

Y a cambio de su aberración y de los quistes en el bolsillo…
Se llevaron lo que es nuestro.
Cada segundo que pasa de mi vida se lo fuman esos perros,
cuervos de oro de cadenas de plomo.

Antes de que me muera quiero desplegar mis plumas
desnudas entumecidas de tordo
y perecer intentando alzar vuelo rebelde,
volar lo que mis atrofiados miembros me dejen
y caer…caer…
y morir libre.


Me ha dado por leer. Empecé con un poquito de Momo, porque me gusta creer que existe gente que sólo con escuchar consigue que los que le rodean sean felices. En una sociedad como la nuestra alguien que sepa escuchar vale más de lo que cualquier rico podrá pagar nunca. Un acto tan simple y gratuito como escuchar, sin siquiera dar consejos, sin interrumpir, simplemente escuchar… Es increíble lo que una Momo te puede cambiar la vida.
Leo Momo porque me gusta creer que una niña armada de su bondad y la amistad de una tortuguita, “Casiopea”, es capaz de derrocar la tiranía encubierta de los hombres grises.
Leo Momo porque me siento más libre.
Y acabo leyendo mis poemas, porque me hacen recordar que yo he sentido amor, y de alguna manera así creo que mi corta existencia ha tenido sentido. Y quizás sea verdad.
Leo mi último poema, el de la verdad, el que habla de cegarse ante la evidencia, el que habla de lo que perdí o de lo que nunca gané, el que habla de los falsos pilares que sostuvieron mi vida y se vinieron abajo. ¿Por qué? Por buscar la verdad. Por odiar la mentira… Y las verdades a medias… Tengo los ojos húmedos.
Miro a la calle por última vez. ¿Qué les importo a esos ciudadanos? Seré una noticia más del telediario de mañana. ¡Oh! Qué gran orgullo…
Y después de mi muerte, ¿quedará alguien para decirles que la vida es otra cosa? ¿Qué será de este mundo, de esta tierra que acaricié con los dedos y me vio crecer?... De la castaña profundidad de mis ojos emerge una pequeña ola que avanza imparable por la mejilla sin encontrar resistencia.
Me embarga la pena. Me quema por dentro, y por fuera me abrazan las lágrimas.
Mirar una foto de mi familia o de mis amigos es la peor tortura que he sufrido en mi vida. Sollozo. No puedo mirarles a la cara sabiendo lo que voy a hacer, que voy a abandonarles así, sin despedirme, pero ellos deben entender que esto no es vivir, que la única forma de libertad que queda es la muerte…

La decisión ya está tomada. Esas sonrisas muerden mis entrañas pero les doy la espalda y cojo el vaso y las pastillas.
Qué pésimo. Voy a morir consumiendo una sustancia de una empresa que especula con la salud de la gente.
Mi última hipocresía.
Agua al vaso, pastillas al vaso (si no muero con doce no muero con ninguna)…
¿?
Juraría que el móvil estaba apagado.
- ¿Sí?
- ¿Marco?
- ¿Néstor?
- ¿Te vienes a ver al atleti?




Fin

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11 Re: Salvad a Marco el Mar 13 Sep 2011 - 3:58

Centinela

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Persona Ilustre
Por cierto, gente, si queréis leerlo del tirón mandadme un correo a edu_8992@hotmail.com y os envío el pdf del "Salvad a Marco", que fue en su día toda una manera de plasmar mi ideología y de expresar las cosas que me frustraban del mundo y de la sociedad.

Un saludo a todo el mundo.

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12 Re: Salvad a Marco el Mar 13 Sep 2011 - 7:42

solo una palabra: BESTIAL
esº....no se.....me identifico con la mayoria de las cosas, es una obra brillante

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13 Re: Salvad a Marco el Mar 13 Sep 2011 - 9:11

Centinela

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Persona Ilustre
Te lo has leído entero?

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14 Re: Salvad a Marco el Miér 14 Sep 2011 - 4:33

siii!!! y me ha gustado mucho ^^

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15 Re: Salvad a Marco el Vie 16 Sep 2011 - 23:22

angel mortun

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Señor destacable
Fantástico. Magnifico. La obra maestra del foro y creo que no me equivoco si digo que reúne el pensamiento e ideas de muchos de los que aquí participamos, Te felicito y te insisto en que es lo mejor del foro por ahora y en mucho tiempo

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16 Re: Salvad a Marco el Dom 18 Sep 2011 - 7:11

Centinela

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Persona Ilustre
Muchas gracias por los halagos, aunque la verdad es que nunca he sabido bien cómo actuar cuando alguien te da una enhorabuena, y menos unas tan entusiastas.
Lo único que se me ocurre es ofrecerte pasarte el pdf por correo si me das tu dirección.
Un saludo.

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